De verdad disfruto mucho de tu compañía, Gastón- ella me miró a los ojos y yo pude ver reflejada la sinceridad de su enunciado.–Y yo contigo, Natalia- me puse colorado, pero el bochorno de mi rostro se apaciguó con su voz melosa.
–Ya llevamos seis meses saliendo– me sonrió.
–sí, así es– asentí.
¿Por qué nunca me hablas de
ellas? Yo te hablé de Ernesto- su carita hizo un puchero.
–No te puedo hablar de eso, Natalia–.
–¿Por qué no?– su rostro adquirió un tono más taciturno, mientras que el mozo nos echaba con la mirada, esperando a que nos largáramos para poder cerrar.
–Porque no, y se acabó– ella se enojó bastante. Desde que la conocí siempre fue algo sensible, pero yo soy de llevar bien estas relaciones.
–Creeme Natalia, mejor si no te enteras– no dejaba de insistirme, porque la había consentido mucho desde que empezamos a salir. Ella es así, un rato está enojada y al instante se pone tierna, es una locura, pero no una locura enfermiza, patológica, como la que tuve que sufrir con la anterior.
–No te puedo hablar de eso, Natalia–.
–¿Por qué no?– su rostro adquirió un tono más taciturno, mientras que el mozo nos echaba con la mirada, esperando a que nos largáramos para poder cerrar.
–Porque no, y se acabó– ella se enojó bastante. Desde que la conocí siempre fue algo sensible, pero yo soy de llevar bien estas relaciones.
–Creeme Natalia, mejor si no te enteras– no dejaba de insistirme, porque la había consentido mucho desde que empezamos a salir. Ella es así, un rato está enojada y al instante se pone tierna, es una locura, pero no una locura enfermiza, patológica, como la que tuve que sufrir con la anterior.
Cuando íbamos saliendo del café, antes de pasar por la
puerta, me tomó del brazo, me miro, y me asusté bastante, su semblante se había transformado totalmente. Empecé a
temblar, no porque me intimidaba, sino porque parecía que no me dejaba opción, y
tenía que narrarle un episodio de mi vida que no quería volver a abrir, que si fuera posible lo borraría por completo de mi subcosciente, o entrar al menos a esa amnesia post-traumática. Pero las imágenes eran tan recientes y tan fuertes que no se me quitaron aún.
Nos sentamos en la mesa de nuevo, ella pidió dos capuccinos, el mecero nos miraba con cara de culo.
–Bueno Natalia, yo...–.
–¿Por qué temblás?– me interrumpió
–no te fijes en eso y escúchame, por favor, no le cuentes esto a nadie, en serio, a nadie… pero era verdad cua ndo te dije que tuve una sola novia aparte de ti– entonces ella soltó una carcajada, de esas que vienen con ruiditos de cerdo.
–¿Así que por eso no me querías contar?, ¿Te avergüenza haber tenido una sola novia aparte de mí? ¡Que gracioso!, tenés veinte años, grandote… pero no importa, ese detalle te vuelve más tierno.
–no me interrumpas, por favor, ¿Querías que te hablara de mi ex? No es porque me avergüence haber tenido sólo una, es que ella… ella tenía problemas– Natalia inclinó adorablemente su cabeza como un perrito que no entiende nada.
–¿Qué clase de problemas?–.
–Problemas mentales– dije yo, entonces empecé a contarle todo:
–Bueno Natalia, yo...–.
–¿Por qué temblás?– me interrumpió
–no te fijes en eso y escúchame, por favor, no le cuentes esto a nadie, en serio, a nadie… pero era verdad cua ndo te dije que tuve una sola novia aparte de ti– entonces ella soltó una carcajada, de esas que vienen con ruiditos de cerdo.
–¿Así que por eso no me querías contar?, ¿Te avergüenza haber tenido una sola novia aparte de mí? ¡Que gracioso!, tenés veinte años, grandote… pero no importa, ese detalle te vuelve más tierno.
–no me interrumpas, por favor, ¿Querías que te hablara de mi ex? No es porque me avergüence haber tenido sólo una, es que ella… ella tenía problemas– Natalia inclinó adorablemente su cabeza como un perrito que no entiende nada.
–¿Qué clase de problemas?–.
–Problemas mentales– dije yo, entonces empecé a contarle todo:
–Fue cuando cumplí diecisiete años. La había conocido en una discoteca, y yo estaba como es casual, bailando con otros chicos que no se animan a acercarse a las del otro sexo, pero que bailan sin problemas entre ellos. Entonces, me salí del
grupo con Ignacio, ya lo conoces a Ignacio, el de la otra noche ¿Recuerdas?. Y fue cuando la vi a ella, era alta, pero no tanto, no era un poste de luz ni un gnomo, medía como 1.75, más que aceptable para una chica. Su pelo
era negro y liso, así como el tuyo, ya sabés cómo son mis gustos… bueno, era
pálida, tanto que uno podría confundirla por un fantasma si se la cruzaba en las calles oscuras de la noche, era como esas banshees irlandesas, espectrales pero hermosas–. Natalia estaba por explotar. Me miró como celosa, entonces bajé el tono de los epítetos.
–Bueno… era linda, pero no tanto como tú. La vimos ahí en la discoteca, llevaba un vestido negro de esos que se sostienen solos, y acompañada por una rubia que nada tenía que ver. Ignacio y yo nos acercamos, él se quedó con la rubia pechugona, y yo elegí a Elizabeth, así se llama. Hablamos un buen rato, y… –Natalia interrumpió la historia, y me arrinconó con sus preguntas.
–Bueno… era linda, pero no tanto como tú. La vimos ahí en la discoteca, llevaba un vestido negro de esos que se sostienen solos, y acompañada por una rubia que nada tenía que ver. Ignacio y yo nos acercamos, él se quedó con la rubia pechugona, y yo elegí a Elizabeth, así se llama. Hablamos un buen rato, y… –Natalia interrumpió la historia, y me arrinconó con sus preguntas.
–¿Lo hiciste con ella?–.
–¿Qué cosa? – Traté de hacer el tonto, pero no funcionó
–Que si tuvieron sexo, te pregunto. ¿Tuvieron sexo sí o no? – respiraba igual que una pava asmática con el agua hirviendo por dentro. Tuve que contestar.
–sí, como es narural– los ojos se le cerraron de rencor, y sus rasgos caucásicos por unos segundos se volvieron orientales.
–¿Qué cosa? – Traté de hacer el tonto, pero no funcionó
–Que si tuvieron sexo, te pregunto. ¿Tuvieron sexo sí o no? – respiraba igual que una pava asmática con el agua hirviendo por dentro. Tuve que contestar.
–sí, como es narural– los ojos se le cerraron de rencor, y sus rasgos caucásicos por unos segundos se volvieron orientales.
Yo seguí con la historia, y empecé a sudar el doble. –Pasaron
unas dos semanas y todo parecía estar normal, hasta que un día empezaron las
clases y yo inicié el primer año de universidad. Entonces dejé de tener tanto tiempo libre como antes. Primero sólo eran llamadas que recibía de ella, pero la cosa cambió cuando un día después de clases encontré 340 mensajes en el whatsapp, 211 mensajes de Facebook, y 110 llamadas perdidas,
todas de ella–.
¡Oh, por favor!–gritó Natalia como entretenida –Continua–.
–yo le había preguntado qué estaba pasando, por qué tantos mensajes y llamadas para hablarme. Le pregunté si estaba bien o le pasó algo a algún familiar. Sólo me dijo que me extrañaba.
¡Oh, por favor!–gritó Natalia como entretenida –Continua–.
–yo le había preguntado qué estaba pasando, por qué tantos mensajes y llamadas para hablarme. Le pregunté si estaba bien o le pasó algo a algún familiar. Sólo me dijo que me extrañaba.
Pasaron los días y parecía estar empeorando, la
veía dos o tres veces por mes, pero parecía normal, yo no notaba nada malo en
ella, pero cuando me escribía parecía otra persona. Un día me envió una foto de un tatuaje con mi
nombre.
Eso tampoco fue nada grave, aunque le dije que debíamos
terminar la relación porque todo era muy enfermizo y estaba confundido. Sólo
recibí puteadas y amenazas de suicidio.
Sus artimañas funcionaron por 31 días hasta que me cansé y
definitivamente terminé con ella.
Al otro día me la encontré al salir de la facultad, y yo salía con una compañera porque tenía que imprimir
unas hojas, entonces fue cuando a la salida me topé con
Elizabeth, y me saludó normalmente, me dijo que lamentaba todo, y que si
quería, que siguiéramos siendo amigos. Fue tan amable y convincente, que no
pude decirle no.
Esa misma noche recibo un mensaje suyo, ¿Quién es esa puta?.
Empezó a decir una lista interminable de insultos hasta que la bloqueé.
Elizabeth sólo se reía de estas anécdotas- ¡Que loca!
Ahora entiendo porque no me querías contar de ella–.
–Sí, pero no termina acá.
–Sí, pero no termina acá.
Pasaron varios días, ya tenía por resuelto el problema de
la loca de Elizabeth, pero mientras revisaba cosas del correo, encontré una carta anónima, la abrí, y era mi nombre tatuado en un pedazo de piel–. Natalia se llevo la mano a la boca, no sé si por impresión o asco.
–No sabía qué hacer con eso, así que fui con la policía, les conté todo, y fueron a buscar a Elizabeth. La rubia tetona le había dicho a Ignacio, que
me había dicho a mí luego, que a Elizabeth la metieron en un psiquiátrico, para tratar adecuadamente su bipolaridad.
–Eso explica todo– agregó Natalia.
–Eso explica todo– agregó Natalia.
–Lamentablemente no termina ahí. Pasaron algunos meses y ya
me había olvidado de todo, hasta que una noche escucho ladrar a Leny,
yo te había contado de él, el chihuahua que fue mi última mascota– en este punto
del relato no pude evitar soltar algunas lágrimas,
–Nunca te conté cómo murió Leny.
–Nunca te conté cómo murió Leny.
Una noche escuchaba los ladridos del perro, pero como siempre
hacía lo mismo no le di importancia. Al amanecer, me desperté muy cansado, me
levanté con los ojos cerrados y caminé hasta la puerta,
donde sentí algo pegajoso en el piso, hice lo posible para abrir los ojos, y tardé un momento para darme cuenta de que lo que estaba pisando
era sangre. Abrí rápido la puerta, y ahí estaba Leny, clavado con clavos en la
pared, como si fuera el cristo canino crucificado, y al lado de él, en la pared, había un
mensaje en sangre que decía ‘’Aun te amo, el tratamiento no pudo curar la locura que siento por ti’’–.
Miré a Natalia, y parecía tener los ojos llorosos. El tono humorístico
de la anécdota se había perdido, y me parecía que hacía rato nos estaban pidiendo que salieramos.
–Mejor es que nos vayamos, ya es un poco tarde–.
–Mejor es que nos vayamos, ya es un poco tarde–.
Salimos del café, y cuando dimos unos pasos me tropecé con
una chica, a la que no pude distinguir la cara. Mi billetera cayó y aquella mujer la levantó. Yo aun sin poder ver
su cara, sólo pude ver su mano tendiéndose cortezmente para entregarme la billetera, y su brazo izquierdo marcado por una cicatriz muy fea.
–Gracias– le dije. Caminamos por la verada con Natalia, me detuve un rato, y escuché pasos detrás de mí –¡Corre!- le dije a Natalia, y ella sólo hizo caso.
–Gracias– le dije. Caminamos por la verada con Natalia, me detuve un rato, y escuché pasos detrás de mí –¡Corre!- le dije a Natalia, y ella sólo hizo caso.
Después de haber corrido tres cuadras, ella, exaltada me
preguntó si era un ladrón o alguien que nos estaba siguiendo, yo no respondí.
–Sube al coche, ve rápido a tu casa y asegura bien la puerta, y si sientes que alguien te sigue llama a la policía lo antes posible–. No bromees conmigo creo que fue lo que dijo a través de la ventanilla del taxi, cuando ya le había cerrado la puerta para que se largara.
–Sube al coche, ve rápido a tu casa y asegura bien la puerta, y si sientes que alguien te sigue llama a la policía lo antes posible–. No bromees conmigo creo que fue lo que dijo a través de la ventanilla del taxi, cuando ya le había cerrado la puerta para que se largara.
Estuve asustado por varios meses, pero ya estaba empezando a calmarme. El
lunes no tenía clases, y me quedé en casa hasta tarde mirando series en Netflix. Como a las once de la mañana alguien tocó timbre. Abrí la
puerta. –¡Alejate de mí, enferma!–.
Antes de que Gastón pudiera cerrar la puerta, ella lo detuvo. Él quedó petrificado, mientras Elizabeth sonreía, tengo un regalo para ti, le dijo. De una bolsa sacó la cara cimétricamente cortada de Natalia, y delicadamente se la puso como una máscara.
Antes de que Gastón pudiera cerrar la puerta, ella lo detuvo. Él quedó petrificado, mientras Elizabeth sonreía, tengo un regalo para ti, le dijo. De una bolsa sacó la cara cimétricamente cortada de Natalia, y delicadamente se la puso como una máscara.
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