Se retuerce, se despereza, hace su cola hacia atrás en forma
convexa con sus patas, estiradas hacia adelante, y tiembla de placer. -Ya es
hora de la cena, se dice -prr, prr- entonces se dirige hacia Alejandra, su
dueña y empieza a frotarse contra su pierna, empujándola brutalmente con su
prominente fuerza de felino hambriento y la mira a los ojos. Trata de
penetrarla con ese hipnotismo gatuno, pero sólo logra conmoverla y no transmite
ese sentimiento que quería provocar, el de su estómago vacío y sus ansias por
devorar un plato de comida balanceada.
Entonces, a una corrida vertiginosa, sin
hacer ruido con sus patitas suaves, se acerca a Mateo y a su hermana Luz, que
se encuentran en una partida a muerte de ta te tí. Toma distancia para saltar,
y abruptamente (pero con delicadeza) se sube en el regazo de mateo -¡Silvestre!-
le muerde la mano y recibe un golpe en la cabeza, y se le queda mirando como si
dijera maldito humano.
Luz ingeniosa y con maña, se siente
altiva, al ver que la jugada estratégica le daría la victoria, y la corona como
triunfante reina del juego de tres en línea. Mateo estaba rodeado de las x,
acorralado por la astucia de su hermana. Resignado, dispuesto a aceptar la
derrota, inclinando la cabeza asumiendo que su hermana fue más lista que él, le
muestra sus respetos, y cuando Luz con trazo firme, lento pero decisivo, se
dispone a trazar las rayas, primero una, luego la otra, y silvestre salta a la
mesa y corre la mano de Luz, arruinando así completamente el juego. -¡Mama!- Grita
la pequeña frustrada por el maquiavélico acto de la mascota desquiciada por el
hambre.
-Ya son las 22:00- anuncia la madre -De
seguro debe querer su comida - el pequeño salta de alegría, enrolla la cola y
luego la estira como una antena parabólica -¡Miau, miau! - se exalta de alegría
gatuna, el iris de sus ojos se oscurece por sus pupilas que se expanden como
extasiado y afectado por una droga. Saca la lengua, se relame la nariz una y
otra vez, expectante de ver la bolsa de comida que tanto lo agasaja, y
abruptamente entra él…
Reconoce ese olor, y ese ruido -¡Ya llegué- de pronto sus orejas se
encojen hacía atrás, muestra sus dientes y lanza un bufido -¡Grfff!
Recuerda su dura infancia cuando lo separaron de su progenitora y
lo metieron en una bolsa junto con sus hermanos, para tirarlos a un contenedor
de basura. Él era el más feo de todos, de un color negro con unas manchas
marrones en el lomo, y el pelaje sucio y pegajoso, distinguido por su peor
defecto, una oreja como si tuviera cortada o mordida. Pero algo vieron en él,
que unos niños decidieron llevárselo a una casa reconfortante.
Aunque la separación de sus hermanos fue difícil, ya cumplió
cuatro años (treinta y tres, para él) de estar con la familia. Y todo fue
felicidad y alegría, hasta que irrumpió en la casa aquel desconocido. Un humano
que Alejandra había llevado una noche y que desde el primer momento le cayó mal, por lo que cuando
intentó acariciarle, con sus garras le dio un zarpazo letal, que si le hubiera
agarrado el ojo, usaría un parche el resto de su miserable existencia humana.
-¡Ya llegué!, el olor a alcohol lo delataba a la perfección,
aunque no sabía de qué sustancia se trataba, pero él lo conocía muy bien, ya después
de un año cuando ya se había instalado e invadido su espacio. -¡salí de acá,
animal de mierda! – su voz se distorsionaba
por el efecto de la bebida. El animal permanecía impertérrito y fijo. ¡Hola
niños, hola!, ellos ocultan la cabeza sin saludar, y ya no juegan al ta te ti,
esta vez dibujan para ver quién es mejor, compitiendo como es costumbre de
hermanos, pero sus dibujos quedan a medias, sin completar y sus proyectos artísticos
se paralizan cuando él entra a la casa. Le sacude el cabello a Mateo, pero el
momento cuando se acerca a la dueña de Silvestre es cuando todo el horror se desata.
El valiente cuadrúpedo de oreja imperfecta lanza un bufido aun más
fuerte, que hace que todos adviertan la atención hacia él, pero de todas formas
el intruso impertinente se acerca a Alejandra y le dice al oído –Te dije mil y
una veces que te deshagas de ese animal asqueroso- entonces baja aun más el
tono de voz, conciliando un registro amenazante - ¿Cuántas veces te lo dije,
eh?, ¿eh? – Los niños corren a la habitación, Alejandra no deja de mirar los
platos que está lavando, entonces aquel hombre invasor le agarra del pelo y le
tira al piso.
El felino se escabulle rápido, su respiración se agita, sus pupilas disminuyen convirtiéndose en un punto… se
oculta dentro del mostrador con puerta entreabierta, y por el resquicio escucha
y ve los platos rompiéndose, y los gritos de la pobre Alejandra y los insultos
de aquel hombre bestial - ¡¿Cuántas veces te lo dije, eh?! – mientras los platos
vuelan, y con sus ojos bien abiertos a través de la puerta del mostrador, se
abre un panorama de platos rebotando y Alejandra tirada en el piso de la baldosa
de colores blanco y negro.
-¡¿Cuántas veces te lo dije?! ¡Respondeme! – cuando los platos se
acaban, se ve retorcerse a la mujer que lo había recogido de la basura, encogiéndose
como una bolita por las patadas recibidas.
Silvestre empieza a cuestionarse su valentía, y se siente un
malagradecido por no hacer nada ante aquel hombre tirano.
-¿Por qué estoy aquí oculto? Escuchando como lastiman a mi humana,
aquel ser despreciable que la lleva maltratando 25 años, y yo aquí ocultándome
como un cobarde sin hacer nada para defenderla. Me han alimentado, cuidado,
dado caricias, y yo no soy un claro ejemplar de ese ridículo estereotipo que
considera egoísta a mi especie, no…-
Y allí, emerge del mostrador y le salta en la cara a aquel ebrio violento, sus arañazos
certeros y fatales le arrancan el rostro, mientras se desprende de las puntas
de su piel como si fueran un juguete. No parece soltarlo, el pobre infeliz, desesperado,
trata de huir, despegarse de aquel mortífero animal de la cara, pero choca
contra las paredes y los cuadros se caen al piso haciéndose pedazos. Choca
contra el librero, y los libros se esparcen por el suelo, chorros de sangre
brotan por doquier, pero aun así no logra quitárselo de encima. Entonces
Alejandra, su dueña, se lo saca de encima
El pobre gato no logra controlarse. Aun asustado, se agita hacia
todas direcciones hasta que es calmado por el consuelo de su dueña.
Gradualmente el espanto se desvanece y logra ser domado por el amor de su
humana tan querida -¡No Julian, no! – silvestre parece sonreír, feliz de haber
protegido a su ser amado y prometido, tanto que ni pareció haber sentido que le
acaban de clavar un cuchillo en el cuello.
Reposa tranquilo mientras las lágrimas de Alejandra le caen como
gotas de lluvia. Aquel hombre ebrio y abusador, cierra la puerta, se va… al
final Silvestre no podrá cenar hoy.
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