jueves, 5 de noviembre de 2015

La ex




De verdad disfruto mucho de tu compañía, Gastón- ella me miró a los ojos y yo pude ver reflejada la sinceridad de su enunciado.
–Y yo contigo, Natalia- me puse colorado, pero el bochorno de mi rostro se apaciguó con su voz melosa.
–Ya llevamos seis meses saliendo– me sonrió.
–sí, así es– asentí.
¿Por qué nunca me hablas de ellas? Yo te hablé de Ernesto- su carita hizo un puchero.
–No te puedo hablar de eso, Natalia–.
–¿Por qué no?– su rostro adquirió un tono más taciturno, mientras que el mozo nos echaba con la mirada, esperando a que nos largáramos para poder cerrar.
–Porque no, y se acabó– ella se enojó bastante. Desde que la conocí siempre fue algo sensible, pero yo soy de llevar bien estas relaciones.
 –Creeme Natalia, mejor si no te enteras– no dejaba de insistirme, porque la había consentido mucho desde que empezamos a salir. Ella es así, un rato está enojada y al instante se pone tierna, es una locura, pero no una locura enfermiza, patológica, como la que tuve que sufrir con la anterior.
Cuando íbamos saliendo del café, antes de pasar por la puerta, me tomó del brazo, me miro, y me asusté bastante, su semblante se había transformado totalmente. Empecé a temblar, no porque me intimidaba, sino porque parecía que no me dejaba opción, y tenía que narrarle un episodio de mi vida que no quería volver a abrir, que si fuera posible lo borraría por completo de mi subcosciente,  o entrar al menos a esa amnesia post-traumática. Pero las imágenes eran tan recientes y tan fuertes que no se me quitaron aún.
Nos sentamos en la mesa de nuevo, ella pidió dos capuccinos, el mecero nos miraba con cara de culo.
–Bueno Natalia, yo...–.
–¿Por qué temblás?– me interrumpió
–no te fijes en eso y escúchame, por favor, no le cuentes esto a nadie, en serio, a nadie… pero era verdad cua ndo te dije que tuve una sola novia aparte de ti– entonces ella soltó una carcajada, de esas que vienen con ruiditos de cerdo.
–¿Así que por eso no me querías contar?, ¿Te avergüenza haber tenido una sola novia aparte de mí? ¡Que gracioso!, tenés veinte años, grandote… pero no importa, ese detalle te vuelve más tierno.
–no me interrumpas, por favor, ¿Querías que te hablara de mi ex? No es porque me avergüence haber tenido sólo una, es que ella… ella tenía problemas– Natalia inclinó adorablemente su cabeza como un perrito que no entiende nada.
–¿Qué clase de problemas?–.
 –Problemas mentales– dije yo, entonces empecé a contarle todo:
–Fue cuando cumplí diecisiete años. La había conocido en una discoteca, y yo estaba como es casual, bailando con otros chicos que no se animan a acercarse a las del otro sexo, pero que bailan sin problemas entre ellos. Entonces, me salí del grupo con Ignacio, ya lo conoces a Ignacio, el de la otra noche ¿Recuerdas?. Y fue cuando la vi a ella, era alta, pero no tanto, no era un poste de luz ni un gnomo, medía como 1.75, más que aceptable para una chica. Su pelo era negro y liso, así como el tuyo, ya sabés cómo son mis gustos… bueno, era pálida, tanto que uno podría confundirla por un fantasma si se la cruzaba en las calles oscuras de la noche, era como esas banshees irlandesas, espectrales pero hermosas–. Natalia estaba por explotar. Me miró como celosa, entonces bajé el tono de los epítetos.
–Bueno… era linda, pero no tanto como tú. La vimos ahí en la discoteca, llevaba un vestido negro de esos que se sostienen solos, y acompañada por una rubia que nada tenía que ver. Ignacio y yo nos acercamos, él se quedó con la rubia pechugona, y yo elegí a Elizabeth, así se llama. Hablamos un buen rato, y… –Natalia interrumpió  la historia, y me arrinconó con sus preguntas.
–¿Lo hiciste con ella?–.
–¿Qué cosa? – Traté de hacer el tonto, pero no funcionó
–Que si tuvieron sexo, te pregunto. ¿Tuvieron sexo sí o no? – respiraba igual que una pava asmática con el agua hirviendo por dentro. Tuve que contestar.
–sí, como es narural– los ojos se le cerraron de rencor, y sus rasgos caucásicos por unos segundos se volvieron orientales.
Yo seguí con la historia,  y empecé a sudar el doble. –Pasaron unas dos semanas y todo parecía estar normal, hasta que un día empezaron las clases y yo inicié el primer año de universidad. Entonces dejé de tener tanto tiempo libre como antes. Primero sólo eran llamadas que recibía de ella, pero la cosa cambió cuando un día después de clases encontré 340 mensajes en el whatsapp, 211 mensajes de Facebook, y 110 llamadas perdidas, todas de ella–.
¡Oh, por favor!–gritó Natalia como entretenida –Continua–.
–yo le había preguntado qué estaba pasando, por qué tantos mensajes y llamadas para hablarme. Le pregunté si estaba bien o le pasó algo a algún familiar. Sólo me dijo que me extrañaba.
Pasaron los días y parecía estar empeorando, la veía dos o tres veces por mes, pero parecía normal, yo no notaba nada malo en ella, pero cuando me escribía parecía otra persona.  Un día me envió una foto de un tatuaje con mi nombre.
Eso tampoco fue nada grave, aunque le dije que debíamos terminar la relación porque todo era muy enfermizo y estaba confundido. Sólo recibí puteadas y amenazas de suicidio.
Sus artimañas funcionaron por 31 días hasta que me cansé y definitivamente terminé con ella.
Al otro día me la encontré al salir de la facultad, y yo salía con una compañera porque tenía que imprimir unas hojas, entonces fue cuando a la salida me topé con Elizabeth, y me saludó normalmente, me dijo que lamentaba todo, y que si quería, que siguiéramos siendo amigos. Fue tan amable y convincente, que no pude decirle no.
Esa misma noche recibo un mensaje suyo, ¿Quién es esa puta?. Empezó a decir una lista interminable de insultos hasta que la bloqueé.
Elizabeth sólo se reía de estas anécdotas- ¡Que loca! Ahora entiendo porque no me querías contar de ella–.
–Sí, pero no termina acá.
Pasaron varios días, ya tenía por resuelto el problema de la loca de Elizabeth, pero mientras revisaba cosas del correo, encontré una carta anónima, la abrí, y era mi nombre tatuado en un pedazo de piel–. Natalia se llevo la mano a la boca, no sé si por impresión o asco.
–No sabía qué hacer con eso, así que fui  con la policía, les conté todo, y  fueron a buscar a Elizabeth.  La rubia tetona le había dicho a Ignacio, que me había dicho a mí luego, que a Elizabeth la metieron en un psiquiátrico, para tratar adecuadamente su bipolaridad.
–Eso explica todo– agregó Natalia.
–Lamentablemente no termina ahí. Pasaron algunos meses y ya me había olvidado de todo, hasta que una noche escucho ladrar a Leny, yo te había contado de él, el chihuahua que fue mi última mascota– en este punto del relato no pude evitar soltar algunas lágrimas,
 –Nunca te conté cómo murió Leny.
Una noche escuchaba los ladridos del perro, pero como siempre hacía lo mismo no le di importancia. Al amanecer, me desperté muy cansado, me levanté con los ojos cerrados y caminé hasta la puerta, donde sentí algo pegajoso en el piso, hice lo posible para abrir los ojos, y tardé un momento para darme cuenta de que lo que estaba pisando era sangre. Abrí rápido la puerta, y ahí estaba Leny, clavado con clavos en la pared, como si  fuera el cristo canino crucificado, y al lado de él, en la pared, había un mensaje en sangre que decía ‘’Aun te amo, el tratamiento no pudo curar la locura que siento por ti’’–.
Miré a Natalia, y parecía tener los ojos llorosos. El tono humorístico de la anécdota se había perdido, y me parecía que hacía rato nos estaban pidiendo que salieramos.
–Mejor es que nos vayamos, ya es un poco tarde–.
Salimos del café, y cuando dimos unos pasos me tropecé con una chica, a la que no pude distinguir la cara. Mi billetera cayó y aquella mujer la levantó. Yo aun sin poder ver su cara, sólo pude ver su mano tendiéndose cortezmente para entregarme la billetera, y su brazo izquierdo marcado por una cicatriz muy fea.
–Gracias– le dije. Caminamos por la verada con Natalia, me detuve un rato, y escuché pasos detrás de mí –¡Corre!- le dije a Natalia, y ella sólo hizo caso.
Después de haber corrido tres cuadras, ella, exaltada me preguntó si era un ladrón o alguien que nos estaba siguiendo, yo no respondí.
–Sube al coche, ve rápido a tu casa y asegura bien la puerta, y si sientes que alguien te sigue llama a la policía lo antes posible–. No bromees conmigo creo que fue lo que dijo a través de la ventanilla del taxi, cuando ya le había cerrado la puerta para que se largara.

Estuve asustado por varios meses, pero ya estaba empezando a calmarme. El lunes no tenía clases, y me quedé en casa hasta tarde mirando series en Netflix. Como a las once de la mañana alguien tocó timbre. Abrí la puerta. –¡Alejate de mí, enferma!–.
 Antes de que Gastón pudiera cerrar la puerta, ella lo detuvo. Él quedó petrificado, mientras Elizabeth sonreía, tengo un regalo para ti, le dijo. De una bolsa sacó la cara cimétricamente cortada de Natalia, y delicadamente se la puso como una máscara.
La vista de Gastón se nublaba, y sentía que estaba cayendo al piso. Entonces pudo distinguir un movimiento en los labios de aquella máscara, y una pregunta empezó a sonar en su cabeza como una voz lejana, una y otra vez–¿Ahora si soy bonita para ti?–.

Juguetes en el ático


La pequeña Mary jugaba en su pieza
Más su prima Rebeca la visitó con presteza
No se trataba de una visita inoportuna
Ya que Mary no se encontraba en su cuna.

-Hola querida prima.
La saludó con una muñeca de arcilla 
Mientras Rebeca se sienta en la silla
Porque ella a jugar no se anima.

Un aire sombrío invade todo el lugar
Rebeca entonces empieza a temblar
No sabe lo que está sucediendo
Pero cree sensato salir corriendo.

Por un momento sintió que iba a terminar muerta
Mary en cambio seguía jugando
Sin duda algo extraño estaba pasando
Pero de pronto se cierra la puerta.

Gritos de espanto se escuchan por toda la casa
La gente concurre para ver qué es lo que pasa
El tío Harold la puerta intenta tumbarla
Aunque una fuerza sobrenatural parece bloquearla.

Por un momento los gritos cesaron
Por fin la puerta se abrió y todos entraron
La familia completa no entendía por qué tanto alboroto
Incluso el tío Harold se encontraba algo absorto.





La familia miraba a Mary que estaba en el rincón
Pero solo estaba ella por alguna razón
Era Mary jugando con una nueva muñeca
Una era la de arcilla y la otra era Rebeca.


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Gato jugando gato


Se retuerce, se despereza, hace su cola hacia atrás en forma convexa con sus patas, estiradas hacia adelante, y tiembla de placer. -Ya es hora de la cena, se dice -prr, prr- entonces se dirige hacia Alejandra, su dueña y empieza a frotarse contra su pierna, empujándola brutalmente con su prominente fuerza de felino hambriento y la mira a los ojos. Trata de penetrarla con ese hipnotismo gatuno, pero sólo logra conmoverla y no transmite ese sentimiento que quería provocar, el de su estómago vacío y sus ansias por devorar un plato de comida balanceada.
Entonces, a una corrida vertiginosa, sin hacer ruido con sus patitas suaves, se acerca a Mateo y a su hermana Luz, que se encuentran en una partida a muerte de ta te tí. Toma distancia para saltar, y abruptamente (pero con delicadeza) se sube en el regazo de mateo -¡Silvestre!- le muerde la mano y recibe un golpe en la cabeza, y se le queda mirando como si dijera maldito humano. 
Luz ingeniosa y con maña, se siente altiva, al ver que la jugada estratégica le daría la victoria, y la corona como triunfante reina del juego de tres en línea. Mateo estaba rodeado de las x, acorralado por la astucia de su hermana. Resignado, dispuesto a aceptar la derrota, inclinando la cabeza asumiendo que su hermana fue más lista que él, le muestra sus respetos, y cuando Luz con trazo firme, lento pero decisivo, se dispone a trazar las rayas, primero una, luego la otra, y silvestre salta a la mesa y corre la mano de Luz, arruinando así completamente el juego. -¡Mama!- Grita la pequeña frustrada por el maquiavélico acto de la mascota desquiciada por el hambre.
-Ya son las 22:00- anuncia la madre -De seguro debe querer su comida - el pequeño salta de alegría, enrolla la cola y luego la estira como una antena parabólica -¡Miau, miau! - se exalta de alegría gatuna, el iris de sus ojos se oscurece por sus pupilas que se expanden como extasiado y afectado por una droga. Saca la lengua, se relame la nariz una y otra vez, expectante de ver la bolsa de comida que tanto lo agasaja, y abruptamente entra él…
Reconoce ese olor, y ese ruido -¡Ya llegué- de pronto sus orejas se encojen hacía atrás, muestra sus dientes y lanza un bufido -¡Grfff!
Recuerda su dura infancia cuando lo separaron de su progenitora y lo metieron en una bolsa junto con sus hermanos, para tirarlos a un contenedor de basura. Él era el más feo de todos, de un color negro con unas manchas marrones en el lomo, y el pelaje sucio y pegajoso, distinguido por su peor defecto, una oreja como si tuviera cortada o mordida. Pero algo vieron en él, que unos niños decidieron llevárselo a una casa reconfortante.
Aunque la separación de sus hermanos fue difícil, ya cumplió cuatro años (treinta y tres, para él) de estar con la familia. Y todo fue felicidad y alegría, hasta que irrumpió en la casa aquel desconocido. Un humano que Alejandra había llevado una noche y que desde el  primer momento le cayó mal, por lo que cuando intentó acariciarle, con sus garras le dio un zarpazo letal, que si le hubiera agarrado el ojo, usaría un parche el resto de su miserable existencia humana.
-¡Ya llegué!, el olor a alcohol lo delataba a la perfección, aunque no sabía de qué sustancia se trataba, pero él lo conocía muy bien, ya después de un año cuando ya se había instalado e invadido su espacio. -¡salí de acá, animal de mierda! – su voz se distorsionaba  por el efecto de la bebida. El animal permanecía impertérrito y fijo. ¡Hola niños, hola!, ellos ocultan la cabeza sin saludar, y ya no juegan al ta te ti, esta vez dibujan para ver quién es mejor, compitiendo como es costumbre de hermanos, pero sus dibujos quedan a medias, sin completar y sus proyectos artísticos se paralizan cuando él entra a la casa. Le sacude el cabello a Mateo, pero el momento cuando se acerca a la dueña de Silvestre es cuando todo el horror se desata.
El valiente cuadrúpedo de oreja imperfecta lanza un bufido aun más fuerte, que hace que todos adviertan la atención hacia él, pero de todas formas el intruso impertinente se acerca a Alejandra y le dice al oído –Te dije mil y una veces que te deshagas de ese animal asqueroso- entonces baja aun más el tono de voz, conciliando un registro amenazante - ¿Cuántas veces te lo dije, eh?, ¿eh? – Los niños corren a la habitación, Alejandra no deja de mirar los platos que está lavando, entonces aquel hombre invasor le agarra del pelo y le tira al piso.
El felino se escabulle rápido, su respiración se agita, sus pupilas  disminuyen convirtiéndose en un punto… se oculta dentro del mostrador con puerta entreabierta, y por el resquicio escucha y ve los platos rompiéndose, y los gritos de la pobre Alejandra y los insultos de aquel hombre bestial - ¡¿Cuántas veces te lo dije, eh?! – mientras los platos vuelan, y con sus ojos bien abiertos a través de la puerta del mostrador, se abre un panorama de platos rebotando y Alejandra tirada en el piso de la baldosa de colores blanco y negro.
-¡¿Cuántas veces te lo dije?! ¡Respondeme! – cuando los platos se acaban, se ve retorcerse a la mujer que lo había recogido de la basura, encogiéndose como una bolita por las patadas recibidas.
Silvestre empieza a cuestionarse su valentía, y se siente un malagradecido por no hacer nada ante aquel hombre tirano.
-¿Por qué estoy aquí oculto? Escuchando como lastiman a mi humana, aquel ser despreciable que la lleva maltratando 25 años, y yo aquí ocultándome como un cobarde sin hacer nada para defenderla. Me han alimentado, cuidado, dado caricias, y yo no soy un claro ejemplar de ese ridículo estereotipo que considera egoísta a mi especie, no…-
Y allí, emerge del mostrador y le salta  en la cara a aquel ebrio violento, sus arañazos certeros y fatales le arrancan el rostro, mientras se desprende de las puntas de su piel como si fueran un juguete. No parece soltarlo, el pobre infeliz, desesperado, trata de huir, despegarse de aquel mortífero animal de la cara, pero choca contra las paredes y los cuadros se caen al piso haciéndose pedazos. Choca contra el librero, y los libros se esparcen por el suelo, chorros de sangre brotan por doquier, pero aun así no logra quitárselo de encima. Entonces Alejandra, su dueña, se lo saca de encima
El pobre gato no logra controlarse. Aun asustado, se agita hacia todas direcciones hasta que es calmado por el consuelo de su dueña. Gradualmente el espanto se desvanece y logra ser domado por el amor de su humana tan querida -¡No Julian, no! – silvestre parece sonreír, feliz de haber protegido a su ser amado y prometido, tanto que ni pareció haber sentido que le acaban de clavar un cuchillo en el cuello.

Reposa tranquilo mientras las lágrimas de Alejandra le caen como gotas de lluvia. Aquel hombre ebrio y abusador, cierra la puerta, se va… al final Silvestre no podrá cenar hoy.

martes, 3 de noviembre de 2015

Una historia de amor



Nos conocimos por internet, aquel rostro que nunca divisé, me había enloquecido, me la imaginaba tan perfecta (debía de serlo), el destino nos había juntado y era algo más que evidente por esa esencia que poseía ella que tanto me embriagaba.
Un día navegando por la web, recibí un mensaje en facebook de una chica, que decía: ''la vida no es más que ilusoria. Ya estoy cansada, más que cansada, lo siento... sé que no me conoces, pero necesitaba escribirle a alguien''. Yo intercedí de inmediato a ese mensaje, me causó intriga, quería saber por qué aquella alma hablaba de ese modo tan sombrío -¿Que te ha pasado? ¿Por qué dices que la vida es ilusoria? - me dejó en visto.
Pasaron varias semanas, pero no la había olvidado, entré a su perfil, pero no tenía ninguna foto de ella, sólo fotos de bosques y árboles, <<y pájaros que volaban hacia el espacio celeste del cielo, que con gracia agitan las alas fervorosamente, mientras la ruptura provocada por la agitación de sus extremidades se abalanza hacia el viento en contra con el cual realiza una agraciada danza del destino instintivo de las aves>>, y en ese instante me volvió a contestar. -Porque lo es, no somos más que bichos insignificantes que fluctúan en la rivera del azar. Mierda, todo es mierda.
Empecé a sentir empatía por aquella pesimista. Le pregunté su nombre, Alesia, así se llama, quedé petrificado con aquel nombre. ¡Oh Alesia! ¿Por qué me has fallado?.
Las charlas con ella se volvieron consuetudinarias, no podía estar un sólo día sin hablarle, llegué a enamorarme de su forma de ser, y un día me propuso que nos veamos por video y así fue.
-Así que tú eres el chico guapo que me ha estado aguantando todo este tiempo- eso fue lo primero que dijo, yo no supe que responder, no pude hacer más que sonrojarme, aun así notaba que estaba bajo un manto de oscuridad atrás de la cámara, ¿acaso es fea? pensé. Pero no, una criatura así solo puede estar provista de la más virtuosa de todas las fisonomías -¿Tú me entiendes verdad? Yo sé que tú me entiendes - empecé a escuchar llantos, aún no podía distinguir nada, -¿Por qué no te dejas ver? - Al fin pude decir algo -Porque mi aspecto es irrelevante, mi niño - yo me sonrojaba cada vez más y ella, ella... empezó a reirse a carcajadas, pero de todas formas era una risa preciosa que aun hasta ahora puedo recordar cómo era.
Después de estar conversando por cuatro horas, sentía que iba a morirme, que necesitaba hacer algo, seguir mi instinto, porque no arriesgarse era un pecado, porque mi impulso me llevaba hacia aquella puerta prohibida, donde necesitaba tumbarla y echar al piso para poder verla a ella, al lado de una ventana, iluminada por la luz de la luna, entonces, era el momento preciso para poder caer tendido, a merced de la muerte - Te amo -  me saltó la pestaña de fin de llamada.
¿Por qué soy tan idiota?, había caído en una trampa mortal, y ahora sólo soy marioneta de una desconocida que resulta que me ha capturado y es dueña de mis sentimientos, ya no hay vuelta atrás ¡Maldición!
Al día siguiente me escribió como si nada hubiera pasado, yo le seguí el juego, hasta que volví a cometer la imprudencia de decirle que la amaba -No seas idiota, yo no soy nadie, no puedes amarme- Claro que sí puedo, y lo hago, y creo que esa obsesión me está poseyendo -
Como era natural en las cosas de la vida, yo no fui correspondido, ni ahora, ni antes de esta historia desgraciada. -Yo no puedo estar con nadie, mi único amante es la muerte- eso me dijo ella. -Quiero casarme con la muerte - como si mi personalidad hubiera dado vuelta 360 grados, como si mi frustración hubiera tomado lugar en vez de mi sentido común y mi verdadera personalidad, le dije que era una niña tonta, ella sólo se burló. Ya no volví a hablarle en meses.
Había entrado en depresión, dejé de ir al colegio y ya no salía de mi habitación, a mis padres les daba igual, yo cada vez me sumía aun más en la desgracia por el hecho de que me faltaba el ser que amaba y que yo había injuriado, y que por un estúpido orgullo no le volví a hablar, pero fui débil y caí en la tentación.
-Te amo, te amo, fui un necio, por favor, ¡perdóname!- ella sólo mostró indiferencia -Necesito que nos volvamos a ver por video - Todo lo que quieras, haré todo lo que quieras- yo ya estaba perdido.
-¿Me amas?- ella empezó a interrogarme -sí ¡te amo! - ¿Morirías por mí? – en definitiva no tuve ni una sola duda al contestar esa pregunta.
Acordamos encontrarnos fuera de la ciudad, en un lugar que era conocido como ''El árbol de los enamorados'', donde los jóvenes iban a declararseles  por primera vez a sus futuras esposas, en una pequeña elevación cuyo centro se encuentra un viejo árbol de cerezo.
Ya no tengo pensado seguir viviendo sin ella, me resulta algo inconcebible, todo este tiempo me has contagiado tu visión, y ahora yo también padezco la terrible verdad de la que es complementar este mundo hastiado e insustancial, donde nada tiene valor ya, pero me has fallado, oh Alesia, porque ya han pasado dos horas y aun no vienes, te habrás olvidado de que hoy teníamos que encontrarnos, ¿o has faltado adrede? En todo caso, ¿por qué me haces esto? Ya nos conocemos hace dos años, y siento que no he hablado contigo ni un sólo día de este tiempo transcurrido, ya no puedo seguir con todo este peso que me agobia, Alesia, por favor, ven... el llanto no apacigua la sed que tengo de querer saciarme con tu persona, de tus facciones delicadas. El soplo suave de esta madrugada me desasosiega con un frío abrazo gélido que me evidencia tu falta, y aun así te espero. ¿Por qué? sólo me pregunto si al final quisiste realmente esto, o si realmente la muerte nunca fue tu amante, ni yo siquiera una nimia sombra de ella, porque al final sólo me he ofuscado a mí mismo y el disonante sonido vacío me restablece de aquello que tanto en babia me tiene, y de  nuevo los recuerdos de todas esas horas de charlas acerca de tu triste experiencia siendo abusada por tu padre, y también humillada por la  humanidad, dada ''según creo yo'' por la envidia que te tienen.
Pero aún no apareces, y estoy empezando a dudar de si realmente vendrás, o tendré que hacerlo yo solo, pero es que no puedo seguir esta comedia ridícula donde sólo un papel solitario se interprete, sin un acompañante siquiera, ¡Ahora si Alesia!, y al final te veo a ti colgado que tanto amabas la vida como cualquier ser que vive de la ignorancia, y resulta que los papeles están cambiados. ¿¡Pero qué acabo de hacer!? ha sido causa mía, y soy evidencia de mi propio crimen, y al final quiero seguir viviendo, fui tan ilusa todo este tiempo y contagié de mi insensatez a un inocente, ¡soy yo la que debería estar colgada ahí, ¡oh Dios! y lo peor de todo es que no siento remordimiento, porque al final después de todo si quiero vivir, aunque sea una pena verlo ahí colgado de ese cerezo, y que nunca haya podido ver mi cara, siendo que se moría de ganas por verme.
Supongo que uno aprende de este tipo de experiencias...


Fecha de caducidad


Ya hace semanas que siento ese olor que se emana de Julio, tenés que tomar un baño, le dije, pero él me contestaba que se bañaba más de tres veces por día, casi obsesivamente, porque él también sentía ese olor raro que se despegaba de su cuerpo. Pasaron unas semanas y Julio seguía viniendo al Call Center, parecía que nadie más notaba ese aroma nauseabundo aparte de nosotros dos.

A la salida del trabajo me invitó para ir al super y comprar el almuerzo durante el receso de mediodía. Era verano y el sol calentaba las cosas, las descomponía. Si dejabas una manzana al sol por quince minutos esta se arruinaba y no tardaban en llegar las moscas. A Julio tampoco le favorecía el verano, su camisa era un desastre, y las moscas hacían maniobras aéreas cerca de su cabeza. Al entrar al supermercado pasamos por el sector de frigoríficos y me puse a ver las ofertas de queso crema que había en las góndolas. Mientras revisábamos la fecha de vencimiento de los productos, se me acercó más y me dijo:

–Gabriel, me parece que me estoy pudriendo.

–Sí, me parece– le contesté como siguiéndole un chiste, sin darme cuenta de que lo decía seriamente.

–La piel se me está cayendo, ¡Mirá! – me mostró su mano peluda casi apoyándola en mi cara. Pude sentir algunos pelos rozándome los labios, pero yo no vi nada.

–No veo nada.

–¡Mirá bien!, ¡Acá, y acá!– Apuntó otras partes del cuerpo, levantando su camisa y dejando al descubierto otra camisa pero hecha de su propio pelo sudoroso. Aparte de eso, no parecía haber nada fuera de lo normal.

–No veo nada, Julio–. Tiró el canasto de compra y los embutidos a la heladera, y se retiró tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar. A medida que Julio se alejaba el olor se iba con él. Miré de nuevo el pote de queso crema, iba a caducar dentro de un mes.

Me empecé a preocupar cuando lo dejé de ver por el trabajo. Ya llevaba tres días sin aparecer y corrían amenazas de despido, así que decidí llamar para ver cómo estaba. Le conté que el idiota de Marcos Muñoz andaba difundiendo las noticias de un presunto despido, y él me contó que fue al médico para hacerse un chequeo general. El dermatólogo le dijo que no tenía ningún problema de glándulas ni nada por el estilo, que ni siquiera se sentía un olor desagradable además de la transpiración que es común por estas fechas, y que su epidermis estaba perfecta, hasta podría conseguir trabajo como modelo de cremas para el cuerpo, si se depilaba y bajaba unos kilos. No había rasgos de un despelechamiento ni ninguna marca de que su piel se estuviera cayendo, y que la causa podía ser psicológica, mucho estrés, le dijo. Y ciertamente nuestro trabajo era estresante.

Un día me llama por teléfono Fernanda, su hermana, y me dice que no sabe qué hacer. No quiere llamar a los servicios de emergencia por el escándalo que se arma, y Julio no deja de gritar que se lo están comiendo vivo, y no le quiere abrir la puerta a nadie. Lo único que se entiende de los alaridos además de eso, es que quiere verme a mí.

–Y por eso te estoy llamando– me dice Fernanda.

–Aguarde unos minutos, enseguida se lo comunico al móvil de emergencia–. le digo sin querer.

–¡No! te quiere ver a vos.

–¡Ya sé!–. le contesto algo tenso a través del celular. Yo la verdad estaba muy acostumbrado a ese tipo de llamadas, pero nunca me habían requerido a mí personalmente.

Llegué lo más rápido que pude y encuentro a Fernanda, y también a la policía y a los bomberos que de una u otra forma inevitablemente tuvieron que venir, y atrás de la puerta del dormitorio los gritos que no parecían tener intención de parar.

–¡Me están comiendo! ¡Quitame estos bichos de encima!, ¿Dónde mierda estás, Gabriel? ¡ayudenmé!– Entré rápido, y Julio estaba tirado en el piso, retorciéndose desnudo y agitándose como un bicho poseído, rascándose hasta sacarse sangre. Me recordó un poco a una imagen que había visto de pequeño, de una rata siendo devorada por un ejército de hormigas, y pensé que era algo parecido.

–¡Quitame estos gusanos de mierda de encima! Me están saliendo de todas partes ¡están saliendo hasta de mi culo!– Julio se puso en cuatro y separó sus nalgas con las respectivas manos para mostrarme el interior de su ser, pero yo solamente veía más pelo saliéndose como un monte negro quemado por algún incendio. La policía aprovechó la escena para entrar y agarrarlo. Un tal doctor Cotardo apareció de entre la multitud de policías y vecinos, y dijo que se lo iban a llevar para revisarlo. Primero lo durmieron con alguna droga, y después se lo llevaron igual que a un bebé que se niega a dormir la siesta.

No volví a saber de él hasta el siguiente mes, cuando lo vi de nuevo contestando y haciendo llamadas en el trabajo, que por milagro conservó gracias a algunas cláusulas del contrato que lo respaldaba en casos como estos. Pero Julio entró de nuevo, y la peste se acrecentó, más que antes. En el almuerzo se me acercó, quisimos compartir la comida pero ninguno de los dos quería comer, el apetito desaparecía cada vez que lo sentía cerca. Hablamos de cosas casuales, hasta que entramos al tema de lo que tuvo que pasar en ese mes que lo internaron.

–Estos médicos chantas le quieren hacer creer a uno que está loco– después de hablar me invitó a una cena familiar para celebrar el regreso y su ''recuperación'', y acepté sin más.

Fernanda me abrió la puerta de la entrada pero ahora con más entusiasmo que la última vez. Encontré dos viejos sentados en el living, aparentemente los padres de Julio, y por alguna razón también a Marcos Muñoz de la oficina, ocupando un sofá individual. Fernanda me invitó a pasar, y entonces apareció Julio, que me saludó más animado de lo habitual.

La picada estaba en la mesa mientras se preparaba la carne. Se discutía sobre la nueva relación que se estaba gestando entre Muñoz y la hermana de Julio, entre otros temas.

Ese olor de nuevo, pensé.

–¿Alguien más siente ese olor?– acertó la nariz aguda de la vieja, y se dirigió a la cocina para ver si el hedor se originaba de ahí.

Me levanté y fui directo al baño. Golpeé la puerta y parecía estar ocupado.

–¿Julio, sos vos? – pregunté para ver si recibía alguna respuesta del otro lado. Al no recibir señales abrí la puerta, y el aroma podrido infestó todo el living y la casa entera. El cuerpo descompuesto todavía sentado en el inodoro se volvía aperitivo para la masa de gusanos. La viejita, madre de ese pedazo de porquería maloliente, no aguantó el asco y vomitó los pedacitos de queso y mortadela de la picada. Los demás nos quedamos viendo el espectáculo de las burbujas de pus reventándose como pompas de jabón. Yo miraba la piel de la cara derretida de Julio, que se iba deshaciendo al igual que pedazos de tela vieja, y la dentadura sobresalía, marcándose como una sonrisa de satisfacción que expresaba ''les dije que me estaba pudriendo''. El cuerpo aun no terminaba de descomponerse, y el poco cabello que quedaba se caía por mechones, hasta la ropa se iba deteriorando. Al final todo el cuerpo había pasado de ser una masa sólida y consistente a un líquido espeso, amarillento y verdoso, una materia emblandecida que estaba siendo absorbida por las cañerías del baño.

Yo giré mi cabeza para mirar a los demás, a Marcos Muñoz y al viejo que no sabían cómo reaccionar, y a la viejita que seguía retornando los pedazos de fiambre. Fernanda estaba tirada en el piso con la boca tapada. Yo fui derecho al inodoro, y miré su contenido. Ahí adentro estaba lo poco que quedaba de Julio.

–Parece que al final sí se estaba pudriendo – dije, y tiré de la cadena.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Historia de cómo el conejo se comió al lobo



En un bosque cualquiera, donde los árboles abundan y los animales habitan en ellos, donde un pequeño río corre debajo de un precipicio, y que abajo, al lado del río, se halla un viejo aserradero que funciona con la corriente natural del agua.
En ese bosque, la naturaleza incomprensiva que actúa de forma fría, deja a merced a animales indefensos de aquellos que no lo son, con la imagen de un pequeño conejo blanco de mullido y redondo rabo, perseguido por su cazador, el lobo de mirada penetrante y decidida a atrapar a su presa, con las garras gastadas por la vida de animal salvaje, y el pelaje hirsuto y sucio, que se encuentra en este estado por la constante batalla por sobrevivir.
En la persecución prolongada por todo el bosque, el pequeño conejo hace lo posible por escapar, pero el lobo es rápido y tiene hambre. Ambos corren por toda la vegetación, el conejo se escabulle por debajo de los troncos con presteza, a cubierto de las garras de su atacante. El lobo es sanguinario, pero el conejo astuto, y quiere seguir viviendo -ya que su familia de cincuenta conejitos esperan en casa- El feroz canis lupus  lanza  una mordida donde el conejo se hallaba, pero el desdichado lobo se golpea fuertemente la cabeza y queda mareado , entonces el otro aprovecha y pasa por debajo entre las patas  caninas. El lobo intenta un nuevo ataque y en vez de agarrar su comida, vuelve a agarrase la cabeza contra un árbol.
Y así, en su intento por atrapar a la veloz criaturita blanca, el lobo se golpea una y otra vez, pero ahora el roedor está contra la espada y la pared, en el precipicio. Parece que llegó el fin de ese pequeño animal, entonces el conejo le pregunta al lobo mareado y ya casi fuera de batalla:
-¿Por qué me quieres comer cuando hay otros tantos animales en el bosque que puedes atrapar? preguntó el acorralado orejudo de pálido semblante, como último recurso. Y el cuadrúpedo de pelaje negro contesta - Porque eres el más inofensivo de todos, al que más fácil podré asesinar y luego comer.
-Pero si ya llevas una hora persiguiéndome, estás herido y con la pata aparentemente rota ¿por qué crees que soy inofensivo? preguntó el conejo.-Porque eres pequeño, de un aspecto tierno, tu piel tan suave y tu cola con textura de algodón demuestran que eres inofensivo, un ser débil y por eso he decidido cazarte - expresó el lobo.
Entonces el roedor mueve las orejas y los bigotes como símbolo de burla y dice - Es muy irónico que un ser tan inofensivo y tierno te haya causado tanto daño ¿no crees? - El lobo mostrando los dientes encolerizado, le gruñe lo siguiente - !Eso ya no importa! ahora estás atrapado, eres mío, espero que hayas disfrutado de tu vida silvestre.
Entonces nuestro amigo de orejas largas le suplica que de vuelta y que busque para comer mañana.
Con súplicas, el conejo intenta persuadirlo inútilmente. - No puedes comerme, has cometido un error grave, yo tengo una coneja y cincuenta conejitos esperándome en casa, yo también tengo motivos para vivir, y no dejaré que me mates tan fácil.
El lobo, cansado del coloquio y las burlas, se lanza hacia él, pero nuevamente falla, ya que con velocidad el conejo se había hecho a un lado dejando caer al vencido contrincante al precipicio e impactándose contra el río, mientras con sus ojos rosados, observaba como el cuerpo del lobo se dirigía inevitablemente al aserradero, cuyas cierras inevitablemente partieron su cuerpo a la mitad.
El cuerpo mutilado siguió el curso de todo el aserradero, hasta llegar a tierra. El conejo vencedor, se acercó al cuerpo partido del lobo y curiosamente, yendo en contra de la naturaleza, probó de su carne, y con mirada de satisfacción, había sentido el sabor exquisito que tanto gusto le provocó. 
Esa misma tarde llevo a su familia a almorzar a orillas del río cerca del aserradero, !Y qué festín se dieron! todos los conejitos quedaron satisfechos de haber comido tanto en su vida.





FIN

Prólogo: Bienvenido a mi distorsionada imaginación


Querido lector que acabas de tener el infortunio de entrar a este apartado:

Quisiera iniciar todo el caos con una breve reflexión. ''Muchas veces me he considerado a mi mismo como un misántropo, pero me he dado cuenta que nada más alejado de la realidad. Es más,  hasta diría que soy partidario de la humanidad, ¿Como?, es simple. Todos somos participes de la locura, la perversión, el deseo de ver sufrir al prójimo, sólo que muchos no lo admitimos. Quizás esto no sea algo voluntario, ni tampoco hecho adrede, se trata de nuestro instinto. El hombre es un ser cruel por naturaleza, frío y egoísta, pero paradigmáticamente también un ser indulgente y afable. 

La locura es una de las particularidades más admirables del homo-sapiens, y es una característica muy ambigua y confusa, ya que es difícil descifrar cuando uno está loco. El hecho es que todos tenemos un poco de locura en nuestra naturaleza. Eso es lo admirable de nuestra especie, vivimos creyendo que somos normales, cuando en realidad la normalidad existente es la locura latente de la que estamos provistos, y de la que gozamos y sufrimos todos los días''. Los griegos decían que lo que hace al hombre es el logos (la razón), otros filósofos dicen que es el espíritu. Yo digo que el hombre se caracteriza por su locura, aunque a rasgos mayores esto sería el símbolo, del que habla Cassirer, por otra parte yo creo que lo verdadero que hace al hombre es demencia.

solo hay que verlo desde este punto: El hombre descubre su razonamiento por la locura, en el sentido de que su necesidad de supervivencia lo lleva a recurrir a medios, pero es esa locura por el vivir, lo que lo hace llevar a tales extremos, y el salvajismo de la naturaleza desde los primeros años de la tierra, hasta la época contemporánea.

La locura no es algo de connotación negativa en todos los casos. Uno debe vivir, amar, y sufrir con locura.

¿A que se debe toda esta oratería ridícula en las que les hice perder el tiempo? No es más que mi visión de los eventos internos propios de mi ser, que se ve manifestado en los escritos que leerán a continuación, ya que estos cuentos, poemas y miscelaneos están plagados de esta visión, y no es más que una forma de darles la bienvenida a mi trastornada imaginación.