martes, 28 de noviembre de 2017

Búsqueda

En la mañana, un hombre despertó y decidió buscarse a sí mismo. Ese día emprendió el viaje.
Se dirigió primero a los caminos de tierra y recorrió los pasajes de su entorno cercano. Pronto pasó a las propiedades vecinas hasta llegar a las comunidades aledañas. Siguió así hasta chocar con lo que antes era el horizonte. Caminó por los prados y las llanuras, y en el espeso bosque se enredó entre las telarañas de su pensamiento, perseguido por su depredador la conciencia. Al zafarse, empezó a nadar por los ríos y lagos, entre peces y patos. No tardó en llegar al mar, donde nadó y se sumergió harto hasta tocar las profundidades. Pasando el océano se vio empujado por las corrientes de su inseguridad. Con cada brazada se enfrentó a tormentas de incertidumbre que no parecían tener fin. Llegó a otros continentes. Merodeó en los caminos de otras civilizaciones, de otros hombres como él, sus huellas aún permanecían frescas. Fue saltando hasta la punta de los Alpes y se deslizó por el Himalaya. Nadó nuevamente hasta llegar a su continente y jugó a ser trapecista en las cordilleras de los Andes de una punta a otra, y viceversa. El frío de la soledad congelaba. Desde allí se tiró al océano pacífico, se sumergió y volvió a emerger en el índico, tuvo que tomar mucho aire para semejante hazaña. Se paseó por las antiguas y las más recientes rutas de la seda, y tomó todos los caminos que llevan a Roma, y se le antojó entonces tomar el sol de los desiertos y nadó de espaldas por el mar negro para ahorrar camino. De los desiertos de arena pasó a los de hielo, pero el cambio de temperatura no le sentó del todo bien. Se dirigió una vez más a las praderas y adhesas y así comprobar si se había olvidado de revisar algún rincón. Indagó cada hueco, cada caverna y cavidad subterránea, se esparció entre las malezas y la espesa hierba, metió su cabeza en huecos de tarántulas, y troncos ahuecados, revisó las entrañas de todos los animales habidos y por haber. Se introdujo en el hocico de un cerdo hasta llegar a su estómago.En los ríos, mares y océanos ya recorridos una veintena de veces, descendió lo más que pudo a las profundidades hasta que la presión de la angustia empezaba a aplastarlo. En las playas  y desiertos levantó cada grano de arena, hasta que su desesperación llegó a tal grado que empezó a manosear las caderas de los átomos. Cansado de buscar en la tierra y el agua, en lo más alto de la cordillera amputó las alas de un cóndor andino y se las puso para sí. Circuló todo los cielos, hasta que las nubes del mundo se evaporaron y las alas del cóndor se desplumaron. Estrelló en el amazonas, y desde el piso contempló el universo, empecinado a continuar allí su búsqueda, pero su cuerpo lo aferraba a la gravedad de este planeta, y como si se tratase de un cáscara de banana, desgarró su cuerpo, lo partió en varios tirones, y se soltó al espacio.
Cansado ya de divagar en círculos por el sistema solar, descendió hasta su maltrecho recipiente, y sólo bastó con atarse unas cuerdas para quedar casi como nuevo. Exhausto ya de tanta búsqueda volvió a su hogar, pero antes de entrar palpó infructuosamente los bolsillos de su ropa, con la esperanza de encontrarse algo ahí, pero todo resultó en vano. Cuando entró a su casa cayó en la cuenta de que ya se había perdido, justo en el momento en que dio el primer paso para iniciar el viaje.

domingo, 15 de octubre de 2017

Proxeneta de la poesía



Vendo palabras sucias,
pero más que eso, vendo ideas prohibidas.
Versos y frases se envisten
de sus ropajes más provocativos:
los tacones de anáfora; las medias tejidas
con telas de hipérbole.
Las faldas y las bragas, hacen la personificación;
y el escote contrastado
oxímoron cuando se maquillan con la metáfora.

Esta noche las estrofas salen de putas.
salen a la calle a venderse y nadie las quiere,
nadie compra a estos versos
por miedo a contagiarse.
Contrae el pensamiento de los rebeldes
en el coito, haciendo trío con los sonetos,
triángulo amoroso de infidelidades y celos.

Moldeadas en los antros más bajos
inconciliables en la imaginación
del mas degenerado.
La lujuria propagándose, en el aire,
el olor a perfume de sus hojas usadas,
manoseadas por el lector, 
el ser más pervertido.
¡oh! Impetuoso lector, 
depravado tú que te deleitas 
de las meretrices más libertinas:
tus amantes incondicionales, letra por letra,
coma por coma, hasta el punto,
el punto y la coma y el punto final.


Tu cuerpo ya no obedece,
tu voluntad, a merced de las cortesanas
que en tu cuerpo practican la rima,
Sus lenguas te enseñan las maravillas del
lenguaje poético; 
terceto a sexteto, la  lira,
soneto y décima;
el romance en la esquina, mira a los transeúntes de soslayo,
provoca,
y no se anima nadie,
nadie doma a la fiera salvaje.
Y con el verso libre todo se vale:
manos, pies, codos, sudor y pelaje.
Y en su laberinto de líneas dispares,
que sus espacios te sirvan
de cobija para las noches encendidas.
Prepara un lugar en sus recodos,
para que cuando llegues al amanecer
Te encuentres enredado
entre sus epítetos.

Aquí se enfilan las despechadas,
sus gracias las hacen malditas, su sudor,
Sólo es absorbido por los más valientes
lectores, criaturas decadentes;
pero son los poetas, sólo ellos conocen la verdadera virtud
de los desvirtuados, 
los licenciosos, poetas que no descansan
por la anhelada destrucción,
se entregan a la más bestial de todas,
la poesía.

Proxeneta falso... falso,
¿acaso intentas vender a tus dueñas?
 iluso que cree estar
ofreciendo un producto, un producto
que ya lo ha consumido hace tiempo.
Proxeneta fracasado, no puedes controlar,
A las que te controlan. 
Tus palabras,
tus versos, tus estrofas, tus rimas,
esas perras en celo te han manipulado,
¡oh! poeta, insensato, torpe...
en tu mente se borran los tan anhelados sueños de infancia,
pues en tus manos tienes a la vigilia,
sostienes con impúdica fuerza a tu amada maldita
la poesía.

domingo, 8 de octubre de 2017

Trilogía de la brevedad


La promesa


—Prometéme que te vas a quedar conmigo.
—Te lo prometo.
—Promtéme que te vas a quedar en mis brazos.
—Te lo prometo.
—Prometéme que no me vas a gritar cuando lo haga, que no vas a cerrar los ojos, que no vas a soltar ni una sola lágrima.
—Te prometo todo lo que quieras.
Ambos se abrazaron con una fuerza nerviosa y apretaron sus cuerpos, arrimados en la fiebre antes de la penetración.
Sin más preámbulo, ella agarró el cuchillo y penetró su vientre, retorció el metal y lo hundió aún más, hizo un movimiento hacia arriba y la sangre salpicó toda su ropa, desde su escote hasta sus zapatos. Él se había quedado con ella, sin duda. Se había quedado en sus brazos, no cerró los ojos, no soltó ni una sola lágrima.Solamente cayó en el piso sostenido por los brazos de ella, sin decir una sola palabra más: había mantenido sus promesas.


Conjeturas


No entiendo como la gente puede vivir tan tranquila, o qué tácticas usan jugando a la ''mancha escondida'' con la muerte. A veces pienso que sería mejor no cruzar la calle, porque no puedo evitar imaginar que me pase un camión cisterna por encima; no sacar la basura por miedo a torcerme un tobillo en las escaleras y romperme el cuello en la caída; que es mejor no cocinar hoy para no quemarme vivo, y quedar como una túnica de yagas y carne chamuscada con olor a guiso; no ducharme, porque tal vez la luz del baño haga cortocircuito y termine calcinado de nuevo, pero ahora tendido en los azulejos, con las testículos al aire y cara de boludo electrocutado; de que sería mejor no salir a pasear por el parque, o salir a comprar el pan de la esquina para terminar muriendo desmembrado por una manada de jaguares, y desvanecerme viendo como se alejan con algunas de mis piernas o brazos entre sus hocicos; o lo peor: masturbarme hasta que el semen quede obstruido en el conducto eyaculatorio y me exploten los huevos. Tengo miedo de todo eso, y mucho más: pero definitivamente lo que más miedo me da, es pensar que ni siquiera nací todavía.


El vagabundo



Su ropa se desvanecía por el frío viento, hasta que cada partícula, cada átomo deterioraba sus tejidos, y las tiras de su pantalón que se desplazaban con los moribundos pasos que palpaban el rasposo suelo, sólo se podrían comparar al deterioro de su alma.

No hay droga, vicio, ni amorío trágico que deplore tanto a un hombre. Y al igual que el sol bañando su incipiente rostro, con el pelo florecido en su mandíbula, como un vergel abandonado, se asoma por igual de entre su bolsillo una sombra. Acaso es un arma con la cual purgarás la indiferencia del mundo, o tu pasaporte sin retorno por el río Estigia. Tan solo se trata de un mugriento papel, tan sucio como la mano de la que se aferra. Una hoja sucia y amarillenta que narra la historia de un joven que quedó en la inmundicia, tras su mediocre intento de haber querido ser poeta.

Herencias empíricas


—Hay que ser realistas— le dijo un padre a su hijo, cuando este le había pedido un caballo para su cumpleaños.
—¿Qué es la realidad?—replicó el niño.
El padre dudó por un momento y luego contestó:
—Lo que podemos ver.
Su hijo señaló a un perro al otro extremo de la calle que vagaba casi arrastrándose, y pregunta lo siguiente:
—¿Si yo miro hacia otro lado ese perro dejará de sufrir?
El padre se sobresalta y le responde:
—¿Cuál perro?



lunes, 2 de octubre de 2017

Sobre la irracionalidad del pensamiento fatalista explicado desde la ley de causa y efecto



La preocupación de la muerte invade la mente del hombre fatalista, o mal nihilista, cuando este se da cuenta de lo insignificante que es su existencia a comparación de la existencia del universo. Tal cosa es como para morirse de risa, mas todos hemos sido lo suficientemente egocéntricos como para deprimirnos por tal asunto. Si lo miramos desde el orden de las causas y las consecuencias, somos tan ingenuos como para medir nuestras causalidades con las de una super-entidad, cuando nosotros somos menos que micro-entidades. Si bien es cierto que cada movimiento por más ínfimo o insignificante de un planeta puede generar las más ingentes repercusiones, y en eso es cierto que nuestra existencia puede llegar a influenciar al universo, no podemos verlo así desde nuestras preocupaciones mortales. La primer causa que da lugar a la existencia del universo aún permanece desconocida, mientras que nuestros ojos son demasiado miopes para ver la causa final, por lo que reducimos la cuestión al nivel de nuestro astros. Su primer causa fue hace miles de millones de años, y su última consecuencia tal vez aún tarde en llegar, y aún así, aunque hayamos reducido la comparación de causalidades a una insignificante parte de la existencia universal, las series de causas y efectos siguen siendo abismales en número.

Finalmente quedan sólo nuestros registros de causalidad, que en promedio abarcan de 1 a 100 años ¿No es ingenuo entonces querer comparar nuestras causas y efectos con las del universo? Y pese a eso, en apenas ese centenar los acontecimientos que nos mueven son tantos que no pueden estimarse ni calcularse.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Tres minicuentos improvisados



Uno

La mamá canta algunas canciones de cuna, y él como ritual de todas las noches, preocupado de que los monstruos existan, le hace la misma pregunta a su madre:
—¿De verdad existen los humanos?
—No mi niño—le contesta ella con dulzura— te prometo que no hay nadie encima de la cama.


Dos

El hombre está en la tienda como siempre, limpiando el mostrador y acomodando los productos, entonces entra un joven desalineado y se dirige al vendedor:
—¿Tiene algo para la depresión?
—Sí, aquí tiene.
El cliente se va contento, mientras el hombre sigue acomodando algunas cajas, hasta que se da cuenta de que el sujeto de hace un momento se había ido sin su caja de municiones.

Tres

Natalia siempre quiso a sus padres, a pesar de que nunca le tuvieron mucha estima. Siendo la menor de las cuatro hermanas, solían compararla con las mayores y le decían que nunca llegaría a ser tan buena como ellas. Eso desalentaba a Natalia, pero nunca perdió el cariño que les tenía, incluso cuando su padre la golpeaba, y su madre sólo se quedaba mirando, cuando no ignorando. Desde los seis años que ella gusta de ir a escondidas a la habitación de sus padres. Hace unos días, ahora con veintiún años ha retomado esa costumbre. Lleva observándolos por una semana, tal es el amor que siente que le corren lágrimas de ternura con sólo verlos dormir, pero ya lleva cinco días haciéndolo y cree conveniente terminar con el asunto, el olor podría ser advertido por los vecinos. Busca la pala en la cochera, pero cuando entra a la habitación y los ve nuevamente, su corazón se llena de ternura, unos días más y ya, se dice.

domingo, 2 de abril de 2017

Antología musical íntima (para acompañar la lectura)

Las composiciones, canciones y melodías se irán agregando progresivamente hasta convertirse en un repertorio exhaustivo y opulento en belleza hecha sonido.



En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad.

Arthur Schopenhauer.

Ludwig van Beethoven

El receptáculo

I


Hay pocas cosas que odie más que el calor formoseño, como empezar a contar una historia con descripciones del clima, por ejemplo. Retórica que no me lo permitiría de no ser porque este calor del que hablo ahora no se trata de un pequeño regocijo estival de verano, sino del sofocante grito de un planeta convaleciente (¿se me permite usar palabras tan rebuscadas cuando solamente estoy hablando conmigo mismo?), que da sus primeros síntomas de una enfermedad pervertida como la que somos nosotros. Este bochorno, que tanto odio me despierta, capaz de exaltar al peor demonio que tenemos muy en el fondo pero comprometido a nuestro ser, yace al acecho del desequilibrio para poder tomar las riendas, como decía ese poema de Baudelaire sobre los ángeles. 

Así me siento yo, todos los días de verano en las que por tal o cual situación tengo que salir de casa, con mi demonio interior a punto de reverberar, hostigado en este calor enfermizo, húmedo y hectoplásmico. Si tan solo alguien pudiera escuchar a mis demonios...

Ese día no fue excepción en la parada del  Dean Funes, esperando el 95, a la hora en la que la chipa ya se empieza a vender fría.

Estuve esperando entre cuarenta y cinco minutos y una hora. El ansiado bondi se hacía esperar, y ahora me pregunto ¿y yo como ayudo al medio ambiente si decido usar tal o cual adjetivo, o no? ¿El colectivo va a dejar de contaminar menos si le llamo colectivo o un ansioso bondi? La ansiedad se me trepa por una pierna igual que yo al dar un primer paso adentro del colectivo; igual que la sube que tengo que pasar por una máquina que me saluda todos los días diciéndome "saldo negativo". Con pasos lentos pero llenos de ansiedad (ansiedad por quitarme esa remera chorreada en sudor, ansiedad por desprenderme de esta ropa pegada a mi cuerpo, y poder darme un baño para purgarme de tanta cosa que se le pega a uno al exponerse al etéreo aire urbano) y la viejita, un pie, luego el bastón, luego el otro pie, luego el mismo ejercicio en el siguiente peldaño, y el colectivo arranca conmigo apenas subido con medio cuerpo afuera y la señora que se balancea y casi cae encima mío, y la cara de orto del chofer que nos dice implícitamente que nosotros tenemos la culpa por ser tan lentos; y luego la manada de señoras con sus crías pegadas a manos, pies, tobillos, cadera, como monitos carayás aferrados a las tetas su madre. Así se siente viajar en la capital de nuestra hermosa Formosa.

No era una sorpresa aquel tumulto compactado en hileras deshechas y caóticas de gente sudada sino más bien cosa de todos los días. Al meter nuevamente la sube en su respectivo bolsillo empiezo mi ritual de tocarme los bolsillos para el cheking automático: las llaves, si; la tarjeta, si; la billetera, si;… y el celular, ¡¿El celular?! Está en el otro bolsillo, pero el parón en el corazón de dos nanosegundos, como de costumbre, a veces resulta difícil de reprimir. Mi smartphone estaba en el bolsillo de la derecha. Smarthphone, qué sucios suenan los neologismos hoy en día. ¿Pero por qué? Cómo es que Verne pudo hablar de submarinos, televisores, satélites (hasta internet), y sus páginas se llenaban de esa magia con las que fantaseaban científicos y amantes de la literatura por igual; y ahora, al mencionar Smartphone, ipad, wifi, todo suena tan sucio, tan manoseado… ¿será porque estos artilugios ya se vaciaron de la magia visionaria de los soñadores del siglo diecinueve? ¿Será posible mencionar Smartphone sin que se asocie directamente con la imbecilidad humana? ¿y si mejor les llamáramos stupidphone, o idiotphone, o iDIOT? 

Entonces me sumergí en aquel gentío para cobijarme en el lugar que más me convenía. Son más de cinco kilómetros del centro a casa, cinco kilómetros de pura prueba física y mental. Observo los cuadros de la belleza postmoderna, la fragancia del sudor de un obrero con problemas de glándulas, y el perfume añejo de la duquesa sentada al frente con su Stupidphone en el oído derecho, y el dedo a modo de corcho antiruido en el izquierdo, mientras todos los químicos se combinan en el aire creando una mezcla macabra que produce mareos. En esos momentos miro a mi alrededor, y veo a la humanidad reflejada en unas pocas personas confinadas en un túpper con ruedas, al mismo tiempo que el colectivo da sus primeras marchas, aferrándome todo lo que a mis transpiradas manos les es posible. Qué retrato... Cuánto pagaría Goya por estar en mi lugar, aunque algo esté desacomodado en todo esto, y no hablo de la grotesca pluralidad que sólo la estrechez de los espacios públicos pueden ofrecer. Por alguna razón me siento mas incómodo de lo habitual. Ha habido días peores, suelo pensar. Días en los que ni siquiera se me permite respirar, aunque sea una fragancia impura de vahídos estremecedores y aflojadores de intestinos.

Ya doblamos por la Lelong. Dentro de mí se reproduce una melodía de Chopin (¿o es de un sountrack de Thomas Newman?) inútilmente, peleándose en vano para acallar las repetitivas bases del perreo intens. El pobre y anticuado Chopin (¿o será Liszt?) muere en mi cabeza, y el tun tun tun turun me destroza los nervios. Me encuentro en la parte de atrás, parado en la fila seis, mientras que un hombre se propone incordiar al mundo con ese chistido salido de su boca, como una sinfonía del infierno. Cada chistido con en el que intenta quitarse un pedazo de chipa incrustado entre sus dientes es como si me cortaran la médula espinal con un serrucho. ¿Cómo hago para demostrarle desagrado? ¿Lo miro fijo con cara de mala leche? ¿o empiezo a imitar su chistido de forma más ruidosa?. No, nunca pude manifestar molestia a los demás, al menos no estando cuerdo.

¿Qué era aquello que me daba nauseas?, no era el perfume de la colonia de la gente mezclado con el hedor de la cabeza sucia de los chicos que salían de la escuela, con la mugre húmeda de las calles, pero no… No se trataba de una cuestión de olfato, sino de un sentido más agudo y desconocido. Una intuición inquietante de aquello que no podemos definir con palabras, de lo que sabemos es inminente pero que aún así nos resistimos a que llegue. De pronto me sentí como desnudo y el vértigo me atacó.




II




Permítanme sosegarme un momento, es esa estúpida ansiedad que me ataca, sólo recordar aquella experiencia, hace que mi ritmo cardíaco aumente con monstruosidad. Aún no he aprendido a respirar, parece algo tan fácil, pero en momentos así a mi se me complica.

Discúlpenme estas digresiones, ahora prosigo.

El vértigo se apoderó de mí al momento en que las puertas del colectivo se abrieron y volvió a entrar una manada; no se le puede decir grupo a aquel gentío, pues se asimilaba más a un ganado de vacas tratando de entrar al corral. Pero la sensación no parecía ofuscarse, sino al contrario. ¿Qué era aquello que tanto me incomodaba? Mi ropa parecía haberse desintegrado por completo; imagínense que yo mismo siento pudor de mi propio cuerpo al mirarme, y ahora estar siendo penetrado por las miradas inquisidoras de aquellos desconocidos que casi me llevan al desvanecimiento; pero no en balde supe contenerme, aunque con exagerada repugnancia intenté permanecer tranquilo en los embates que me ultrajaban. Todos me miran, todos, o soy yo el que se lo está imaginando. Me miran, pero cuando les devuelvo la mirada retiran el rostro como si nada hubiese pasado. Eso no les servirá de nada, porque sé que están escrutando cada parte de mí, cada parte de mi pellejo. Malditos, pensé. ¡Hijos de puta!, dejen de mirarme de esa manera.

Por detrás mío pasaba la distribuidora de coca cola, aquel lugar donde los sueños se envasan. Siempre que venía con mis padres de viaje, cuando niño, miraba con emoción el logo de The Coca-Cola Company: El lugar de donde salía ese veneno negro pero tan deleitable que solíamos tomar todos los días durante el almuerzo.

Esa vez apenas pude percibir dónde estaba, todo empezó a adquirir un duplicado, a moverse hipnóticamente, creí que caería, esta vez de manera inevitable. Entonces me di cuenta, de que de entre todos los espectadores que se mofaban de mi fragilidad física, ennegreciendo sus rostros hasta convertirse en sombras aisladas, pude percibir a alguien, ¿Alguien? La náusea desapareció, pero no sin antes chantajearme, vendiéndome como un esclavo al sudor frío. Mi piel se heló. Lo supe, esta vez estaba seguro de que ese alguien me vigilaba, y no sólo eso. Me leía por dentro. -Sé que estás ahí- me dije a mi mismo en mis interiores, pero no para mí mismo. Pero como si hablase con un mudo, no recibí contestación, ni siquiera indicios: -¿quién sos?, ¿Dónde te ocultas?, dejate de juegos, esta vez no me vas a engañar- respiré hondo. Tal vez me equivoqué, y todo aquello no fue más que un efecto del calor apocalíptico, que apropósito, me engendraron ganas de comer helado. Si mal no recuerdo habían abierto un Grido por la Avenida Nestor Kirschner, que en realidad era la misma que estaba cerca de casa, pero transfiriendose justo al frente del Estadio Cincuentenario, donde sin duda es mejor posición para comerciar. Oí rumores que los helados Grido contienen mucha grasa de gallina, y por eso daban tanta sed. Con grasa de pollo o no, qué más da; ya nos acostumbramos a las vísceras curtidas en plástico, al cartílago y los huesos triturados de animales, convertidos en polvo; a óvulos de gallina no fecundadas, y leche con larva fermentada (que por cierto es deliciosa). Un poco de grasa de pollo no es nada ya en esta gastronomía occidental, que nada tiene de que envidiar a los insalubres pero apetitosos platillos orientales.

Pero mis intentos no cesaron. Con desesperación disimulada, analicé los matices de los últimos que habían subido. Alguno tenía que ser, alguno de esos que subieron frente a Villa.Mo. No podía tratarse de nadie más, porque de otra manera no se explicaría la fiebre pasajera de hace un momento. Todo esto lo deducía mientras seguía observando. ¡Seré idiota!, solo a mí se me ocurren estas sandeces de niño fantasioso. Cuándo vas a madurar, imbécil.

Me propuse abandonar aquel proyecto absurdo, dedicarme a pensar en aquellos asuntos sin importancia en los que suelo perderme. Primero llego a casa, luego me quito esta ropa podrida, me baño, me acuesto, tal vez agarro un libro o tal vez no, tal vez me pongo a desperdiciar el valioso tiempo en las distracciones de mi Stupidphone, y sentirme estúpido para olvidar las penas profundas que uno recibe cuando profundiza demasiado en asuntos contradictorios, como la dualidad humana.

Qué difícil es concentrarse en otras cosas en este momento, mi brazo derecho está temblando como si se estuviera por desprender en cualquier momento. No paraba, los tendones se me tensaban más, y empezaba a recibir señales de dolor. Pensé en la tendiditis, pero no podía ser eso, era muy genérico, como si mi brazo estuviera cubriendose de una fibra necrótica, y los espasmos se debieran a un pre-rigor mortis. Con impresión no dejaba de observar mi brazo, y `por un momento oí de nuevo el ruido de aquella música (si asi se le puede llamar) digna del más vil y lascivo depredador sexual. Por las ventanas veía ese barcito cuyo nombre me parecía siempre curioso: Mbarea’,

Mi brazo parecía haberse detenido un momento. suspiré y miré hacia mi derecha. La gente moviéndose a modo de péndulo por el intrincado viaje, haciendo una suerte de relojes dispares, y entre esos péndulos, vi algo que me heló la sangre. Me di cuenta de inmediato, !Ah!. Casi vomité de miedo, ¿o de emoción? (serán las dos cosas para mi).

Cómo no aterrarse con algo así, y evitar fascinarse al mismo tiempo. Era aquella criatura, lo supe por la forma en la que el movimiento se detuvo, de cómo su silueta quedó recta, mientras la del resto cobraba una línea diagonal, numerosas manecillas de reloj descompuestas.

¿Pero qué era? No podía tratarse de una persona, o al menos no de una persona ordinaria, ¿Sólo ella existía, o habian más de su clase? ¿Es de este mundo? ¿Como hago para que me cuentes tus secretos? ¡Espera! No se que estoy haciendo… he sido un imprudente, ¡No!, ¡imbécil! me he condenado yo solo. Dime por favor, que no le contarás esto a nadie, te prometo que yo no lo haré, dame un indicio, algo…. Dame una muestra de que todo esto es verídico, de que no son puros delirios de un insensato. Tal vez me mates, de seguro no debía haber sabido nada de esto, pero por otra parte he podido y otros no… ¡yo se! Y no se lo he contado a nadie, porque me tomarían por loco, sé que lo harían, no me entenderían, ni siquiera los conspiranoicos más desequilibrados…. De seguro ya sabes mi nombre, ¡Pero no! Que cosas digo, no sabes, pues eso no está justamente dentro de tus facultades ¿o si? ¡Por favor mirame!, no lo haces, o acaso estás disimulando, acaso sabes que soy un peligro para vos y tu especie, pero no, eso es absurdo, yo no puedo ser un peligro para alguien así, es simplemente ilógico pensar una sandez como esa. ¡No me fije donde estaba!, por favor, antes de que el recorrido termine, dame una pista, una pequeña demostración de que realmente sos lo que pienso que soy, y no otro falso simulacro… ¡¿No ves que ya nos queda poco tiempo?!, ¡Mirame, mueve algo por lo menos! Contaré del 1 al 100, y me dirás la respuesta.Toca la silla con tus dedos para que me saques de esta duda tortuosa… - y así, nuevamente no fui correspondido, qué error habre cometido esta vez, pensaba. Debí haberme descontrolado mucho, la náusea reinició sus ataques y me dieron arcadas. Del vómito no salio nada más que aire y ruidos estertóreos. -¿Esta bien mijito?.

-Sí señora, gracias - deje de mirarme así, no soy su nieto. De nuevo el centro de atención. Sin embargo, no te he robado ni un soslayo-. Intenté calmarme.

En cuestión de minutos todo volvió a la normalidad, los niños peleando y jugando en los asientos, el bebé que no cesa con su llanto, y las caderas de las mujeres otrora esbeltas (o no) ahora oprimidas por la fuerza de gravedad que parece atraerlas más hacia el suelo conforme pasan los años, lo que explicaría la exuberancia de sus partes inferiores, hasta esculpirlas como auténticas Venus de Willendorf. El autobús iba despoblando y me hice con un asiento. Mirando las tiendas, los escaparates, y letreros “Hay Pollo”, “ Polleria el Gordo Mateo”, “Peluquería de la Sandrita y compañia”, “ bendo carbon, ay milanesa y torta parrilla 2x1”.

Doblando por fin por la Bogado, fui a posarme al lado de la puerta, y pasé sobre ese espectro sin siquiera fijarme en sus detalles. No pensé más, estaba agobiado por el viaje y el pegoteo de la tela en mi piel. Mi mente permaneció en el limbo. Hasta que una cuadra antes de mi parada, se cruzó y en sus labios vi un movimiento, no percibí a escuchar nada, pero cada músculo que usó, puedo revivirlo con una magistralidad hipermnésica: sin duda reconocí una oclusiva apico-dental, casi conectada a un diptongo -ue-, lo cual fue fácil de reconocer por la naturaleza redondeada de la u, y finalmente otra oclusiva bilabial. La respuesta fue contundente, !diecinueve!

Sé muy bien que solo fue una respuesta mimética, se que la probabilidad de que haya pronunciado otra palabra es muy alta, y de que mis desquicios me han llevado a la locura, pero daría mi alma por aquella respuesta y su fidedignidad, de la cual no pongo en duda ni un momento, ¡Que me quemen vivo si es que quieren! Pero aquella persona pudo leer todos mis pensamientos. De qué otra forma si no, hubiera ocurrido todo, ¿por qué justo cuando se aseguró de que podría verlo y no me animaría a seguir para interrogarlo, dió su muestra de recepción? ¿por qué murmuró aquellas mudas palabras que justamente también tienen cuatro sílabas?. Sé que estas pruebas para muchos no serán concluyentes, sé que no estoy chillando en vano, y de que aquello fue real, de que hubo alguien capaz de ver mis demonios internos, atados con cadenas endebles a punto de ceder. Tengo que creer, no puedo permitirme no creer, y si no fuese real aquello, y si todo fue una manipulación para poder buscar aquello anhelado, ¡No puedo permitir que mi lado escéptico gane esta vez!, por una vez deja que el mito triunfe, que lo fabuloso no sea despojado de sus más ilustres investiduras.




III


Día que pasa, otro día de calor, donde me evaporo como otro charco de agua más, las bestias de mi interior no reciben el consuelo de un amo indulgente. Hoy debo tomar el 95, ¿Que fue aquello de la otra vez en la que creí haber encontrado un lector de mis escándalos internos?, la realidad ya es muy decepcionante, pero la fantasía no se libra de cometer las mismas fatalidades. Me parece que este colectivo me resulta familiar, pero no se del porqué en particular, me siento en la sexta fila, asiento 19, contando de izquierda a derecha, en el asiento de adelante, en el respaldo, me pongo a leer aquellas inscripciones de jóvenes que quieren inmortalizarse por medio de un corrector y una superficie que ahora tal vez no se comparen a un muro de las pirámides egipcias, pero cuando todo se extinga, serán los nuevos jeroglíficos de aquella civilización que nos precederá: Ana Y Ramiro, amigos por siempre, enmarcado por un corazón. Al lado escribieron 2do E hasta la muerte, abajo: Macri gato. Y más abajo en la esquina derecha, con letra pequeña dice, los helados son más ricos con grasa de pollo.

domingo, 12 de marzo de 2017

La mujer de dos corazones



Awake.


Shake dreams from your hair
My pretty child, my sweet one.
Choose the day and choose the sign of your day
The day's divinity
First thing you see.

Jim Morrison (The Doors)

I



Un atardecer moribundo se despedía de los últimos minutos de vida que le quedaban, mientras que al norte se acercaban unas nubes pesadas y el cándido y puro cielo se iba ennegreciendo.
—Ya no nos queda mucho tiempo, abrázame. Me despediré de las niñas.
—Ven con nosotros Ema, ¡te matarán!.
—No llores mi querida, no puedo, ellos me quieren a mí, pero no permitiré que pongan sus manos en mis bebés… cuídalas por mí.
—¡Mami!—una dulce niña peliroja corrió a sus brazos, y con sus ojos llorosos apenas abiertos se guió por el instinto para llegar hasta a la madre.
—¡Mi Leyna!, ¡mi vida!¡mi retoño!—tomándola de la mano la acompañó junto a las otras dos pequeñas, situadas atrás de una carreta. Las tres se aferraron a la cintura de su ídolo. La mayor tenía doce años, la otra más pequeña, bautizada como Gretchen que estaba a pocos días de cumplir nueve; mientras que Leyna apenas tenía cinco años.
Las tres criaturas se mantenían tercamente pegadas, negándose a desprenderse de su progenitora. A unos metros se oía el tumulto de una turba sedienta de sangre, y el bosque emanaba la luz de sus antorchas como si las puertas del infierno se le abrieran a ella y a sus engendros ruborizados y trémulos. —¡Suban! – alzó a las niñas a la parte trasera de la carreta, mientras que Leyna objetaba de alejarse de su madre, pero sus delicadas manos de infante no fueron lo suficientemente fuertes para cometer su objetivo.-¡Cuídalas, Minerva! Eres la mayor, por favor, cuida a tus hermanas por mí, ahora tú estás a cargo, tú y Ana, deben cuidarlas…
—¡Mamá!— con una señal de cabeza indicó a Ana para que diera rienda a los caballos, mientras el sollozo de las niñas incrementaba en angustia, sólo podían ver como su madre cedía ante el odio de la multitud, cayendo al piso. Pronto ya no se la pudo ver, bloqueada por el gentío que la acechaba. La carreta se alejaba cada vez más y al doblar ya no se tuvo visión de nada, sólo de una pérdida irrecuperable. Los pozos hacían saltar al carro que iba a toda la velocidad que le permitían los caballos. A unos kilómetros la tierra se alisaba y todo pareció cesar. La noche arribó junto con la lluvia, y con una gran cobija Minerva tapó a sus dos hermanas que dormían profundamente, como suele pasar luego de un llanto exhausto, pero Minerva no durmió, sólo recordaba la imagen de su madre cayendo, y sus ojos negándose al impulso de dejar caer lágrimas, presintiendo aquella vez como la última en la que volviera a mostrar otra emoción que no fueran el odio y el resentimiento.


II

Una mujer entró despacio a un cuarto semi oscuro, donde suena con levedad una tranquila rola ochentera. Se dirige a la ventana y abre las cortinas con delicadeza, y la muchacha en la cama aprieta los ojos e intenta taparse.
-Pam, levántate hay que prepararnos.
-Ya me levanto.
-Te dejé preparado el desayuno, tu ropa la puse ahí arriba. Hay que ir a consolar a la tía, no te tardes.
La canción deja de sonar.
Al bajar encuentra el pan y el té. Ya duchada y vestida se sienta a desayunar inconsciente debido al sueño que aún perdura. Recuerda ese sueño donde un tumulto iracundo la perseguía y ella escapaba en el carruaje con unas niñas que no conocía, pero por alguna razón en el sueño podía vivir en carne propia el dolor del abandono, y que sin duda la dejó conmocionada incluso en la vigilia.
La madre preparaba algunas cosas en un taper. Aperitivos para el velorio.
-Mamá…
-¿Si? - responde sin darse vuelta, con ese tono de interés que una madre no puede desapegar de su pronunciación y sin embargo el aire sombrío se sentía en todo su semblante.
-Hoy tengo un concierto… es el aniversario de…
-No Pamela, hoy no - la interrumpe.
-¡Pero es importante!
-¡El funeral de tu tío también es importante!
Ambas quedan calladas, como resentidas de su exaltación innecesaria.
-Mira, haz lo que quieras… nosotros ya nos vamos.
-Pero …
-Te dije que te despertaras a las ocho para prepararte, ya tenemos que irnos, luego nos alcanzas…
Al salir de casa se pone los auriculares, revisa su lista de reproducción. De entre todos los álbumes elige Morrison Hotel, que si bien adoraba cada una de las canciones y discos, este era su predilecto sin lugar a dudas. La casa de la tía Nélida está a unas diez cuadras, sin embargo no quiere apurarse, no si al final sólo tenía que llegar a esa deprimente ceremonia.
-En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo… que Dios lo tenga en la gloria, por los siglos de los siglos- el requiem del sacerdote, con su voz gruesa y penetrante se alargaba en una letanía monótona y soporífera. El tío Raúl se sobaba el lomo, sin consuelo, del dolor de haber tenido que cargar el cajón. Mamá seguía recibiendo en brazos a la destruida tía, y ella cada tanto también soltaba una lágrima, quizás dejándose llevar por el momento, aprovechando para desintoxicarse un poco.  Los niños jugaban a las escondidas entre los mausoleos. La prima Su (de Susana) se entretenía leyendo algunos epitafios y Pamela la acompañaba para distanciarse un poco del penoso evento. Vio la hora, y tenía que irse, no te olvides de despedirte de la tía dijo mamá.
Salió corriendo. Corrió las diez cuadras sin detenerse, casi derribó la puerta y subió presurosa las escaleras, donde sólo quitándose la camisa y reemplazándola por una con la Cara de Jim Morrison su transformación quedaba hecha, sólo despeinarse un poco, y una mochila donde meter el agua (hidratarse en los conciertos es de vital importancia). Tomó su bici roja y se lanzó a la calle. Tenía que ir hasta el estadio, pasando por la avenida pero sin llegar al centro. Hoy tocaban varias bandas, pero a ella le interesaba sobre todo Awake, que haría tributo hoy, 3 de Julio. Ya había ido a verlos un par de veces, por lo que no era ninguna novedad, pero el rumor de que un nuevo vocalista había entrado a la banda se hizo conocer en toda la ciudad. Y no sería algo de importancia de no ser porque los que lo vieron decían que se trataba de la reencarnación del mismísimo Lizard King. Tanto su aspecto como su voz, estremecían a todos los fanáticos de The Doors, quienes quedaban pasmados, a veces aterrados de la similitud sobrenatural que tenía con Jim.
Ella estaba sumamente emocionada. Dirigiéndose al estadio, con los auriculares puestos, pensando en cómo sería aquél sujeto, ¿Sería como conocer al mismísimo dios que ella adoraba? En su cabeza se sumaban sus fantasías, todas aquellas que habían nacido escuchando people are strange, unhappy girl, o The end. Aquel mago que la hacía olvidar de la total existencia del mundo, excepto de la música y las estrellas.
En eso pensaba mientras pedaleaba en estado de trance, cuando de aquellas imágenes surgió una totalmente desconocida. Pudo ver un fuego enorme, y la sombra de una persona atada en el poste en medio de ese infierno, el rock se sustituyó por llantos y alaridos desgarradores de dolor. Vio otros flashbacks, un barco, vestidos de encaje, llantos, gente bailando alrededor de una fogata, saltando con movimientos convulsivos y cantando guturales en una lengua desconocida.
Se descarriló justo en un cruce, y hubiera sido atropellada de no ser porque su cuerpo quedó tendido en la acera peatonal luego de chocar con  el poste de semáforo.
La gente se le acercó para ayudarla. Ella  contemplaba el cielo que parecía empezar a cargarse de nubes pesadas. Su vista se difuminaba hasta que logró enfocarse y recobrar el equilibrio.
-¡Casi te chocan! Tenei que prestar más atención jovencita…
-¿Está bien? ¡Decime que está bien! No me pueden multar justo ahora.
Para su fortuna parecía haber caído justo frente a una farmacia. -Creo que se desvaneció en medio de la calle- dijo el farmacéutico que evidenció todo por la vitrina.
Ella se levanta sin dilación…
-!Eh! !Espera!, no tienes que levantarte de golpe… Deja te traigo algo para que te sientas mejor.
-No… no- repetía ella con confusión, mientras volvía a montarse en la bici…
-Eh, ¡Tienes que esperar a la policía! - decía el farmacéutico
-¡No, weon! - exclamaba trémulo el conductor, que casi la pasó por encima -deja que se vaya, ¿No vei que está bien?

III

Gretchen, Minerva, y Leyna se habían establecido junto con su tía, en una colonia de Chile, poco antes de que Fernando VII cayera bajo el yugo del ejército napoleónico. Todas disfrutaban de una felicidad relativa, excepto Leyna, siempre taciturna y alejada de sus hermanas. La tía Ana, que se había logrado encontrar con una amiga cercana de Ema, que emigró hacía ya tiempo, las recibió como si se tratase de su propia familia. Era una familia de comerciantes españoles muy respetados que abrieron un departamento y una sastrería. Allí las dejaban quedarse a cambio de ayudar con las labores domésticas y en la urdimbre de encajes. La vida parecía haber recobrado sus atributos positivos, con pequeñas reminiscencias de la desgracia vivida en el ahora ya viejo continente.
Gretchen, siempre cuidaba de Leyna, mientras que Minerva se la pasaba en la sastrería ayudando a su tía, pero con su ley del silencio ya establecida desde hacía largo rato. De vez en cuando solían pasear por las sierras aledañas, adentrarse en los bosques donde un pequeño arroyo corría y desembocaba en el mar. Era el único momento donde Minerva parecía despejarse de su sufrimiento, a la par que Gretchen y Leyna correteaban.
—!Niñas! ¡no se alejen demasiado! — gritaba la tía en vano.
Fue en una de esas ocasiones, cuando las dos hermanas menores se encontraban en sus habituales correteos, a Gretchen le pareció oir una voz que la llamaba y la guiaba hacia el arroyo. Leyna  ignoró  aquello, pues para ella sólo se escuchaba el rumor de los pájaros entre la vegetación, y siguió corriendo sin tener noción de que su hermana había quedado absorta en otro asunto libre de las despreocupaciones de la tierna edad juvenil. Asustada y con los pasos más sigilosos que sus pequeños pies le permitían, se acercó al agua y miró en su reflejo. Sólo pudo escuchar el sonido de la naturaleza, hasta que miró más en lo profundo y empezó a escuchar una melodía extraña, como si viniera de otro mundo (o de otra época), y logró distinguir a una chica pelirroja, dando vueltas, saltando, al ritmo de esa melodía, cantando y sonriendo, y por alguna razón se sintió familiarizada con la misteriosa mujer.
Pasaron los años, y entre revoluciones, guerras y cambios sociales, las tres hermanas se desarrollaron y llegaron a la adolescencia. Pero la tía Ana había caído enferma hace un par de meses, en una guerra contra la neumonía que, aunque su tenacidad y amor por la vida —y sobretodo el miedo a dejar a las niñas desamparadas una vez más— parecían mantenerla entre los vivos. Pese a ello, el resultado de la batalla parecía estar ya dictaminado.
Un día, mientras Leyna y Gretchen miraban por los postigos el pasar de los carruajes y la gente, Minerva apareció en el salón, su mirada era fría y opaca, luego de la habitación salió la tía. Las tres quedaron viéndola, estupefactas de que se haya levantado en tales condiciones.
—Tía… —musito Leyna.
—Vengan niñas, vamos a dar un paseo.
Volvieron a aquel refugio de la naturaleza. Nydia, la mujer que las había acogido desde que llegaron, decidió acompañarlas esta vez dada las condiciones de Ana.
Esta vez ya no había juegos ni correteos, todas estaban sentadas rodeando a su convaleciente tutora, incluso Minerva no quedó indiferente ante el deplorable estado de su tía.
Era de tarde, el sol empezaba a descender. Ella se puso de pie, caminó un par de pasos hacia adelante, empezó a toser y se desplomó inexorablemente.
Todas se arrojaron a ella lo más rápido que el pánico les permitió actuar. Nydia les dio la orden a Gretchen y Minerva de que fueran a buscar ayuda, mientras que ella se quedaba con Leyna para cuidarla.
Ambas hermanas salieron corriendo, se dirigieron al camino de tierra y corrieron sin resolución, sin siquiera saber a quién buscar, o de si alguien milagrosamente aparecería para ayudarlas.
Corrieron hasta que ya no les quedó aire en sus pulmones.
Gretchen tomó del brazo a Minerva —¡Hay que seguir!
Minerva se soltó y la miró con desdén. —¡¿Para qué?! ¿No ves que ya se murió? Hace meses ya que la perdimos... ahora es muy tarde.
El cielo cobraba su distintivo color rojizo agonizante. Ambas hermanas se miraron. Minerva pretendía soltar una serie de improperios hacia su hermana, cuando se empezaron a oír cantos y tambores. Ambas volvieron a dirigirse la mirada, esta vez con sorpresa.
Gretchen se lanzó hacia donde provenían aquellos cánticos.
—¡Espera! — no le quedó más opción que seguirla y detenerla antes si es que le era posible.
Ambas llegaron, de entre arboles, espinas y cúmulos de tierra, pasando por una inestable superficie, y más ramas afiladas, donde luego en un pequeño baldío vieron a un grupo de mujeres desnudas, únicamente tapadas con un trozo rústico de tela en sus partes genitales, y el resto con pinturas corpóreas que las convertía en seres míticos abstractos sin dar cabida a sus anteriores cualidades  mortales. Hacían ademanes, como dirigiéndose a unos dioses antiguos, y luego tirándose a tierra, revolcándose con euforia, hasta postrarse y tocar el fuego con las manos y luego con los pechos.
Las niñas quedaron aterradas, Gretchen no pudo evitar el grito, por lo que todas centraron su atención en la espantada niña.
Minerva la tomó del brazo y la arrastró de vuelta al camino.
Cuando salieron casi fueron aplastadas por un caballo que tiraba de la carreta deteniendose a tiempo. Allí estaban Leyna, Nydia, y para sorpresa el cuerpo de Ana cuyo pecho parecía inflarse con dificultad, pero mantener una respiración, aunque sea con mucho esfuerzo. Aunque no por mucho tiempo. Al amanecer del día siguiente fallecería, tras un último combate por mantenerse viva y reclamar otros escasos aunque preciados días de vida.

IV

Solo faltaban un par de cuadras, el sonido de las guitarras distorsionadas ya se podían sentir en la piel.
Tocaron algunas bandas tributo a Led zeppelin, Deep purple, King Krimson, y finalmente The Doors.
El aire se sentía denso y húmedo, el petricor ya extasiaba el espíritu, incluso antes de que las gotas tocaran el césped.
Se oian los gritos, y cuando la guitarra empezó a sonar acompañada del bajo, se oyó aquella voz angelical

You're lost little girl,
You're lost
Tell me who
Are you?

Se quedó mirándolo, absorta, pues no podía creer la escena producida, la lluvia caía como un fresco rocío que relajaba en aquellos últimos días cálidos, antes de que el invierno se instalara.


Think that you know what to do,
Impossible? yes, but it's true.
I think that you know what to do, yeah
Sure that you know what to do.

You're lost little girl,
You're lost.

Aquello no era simple rock, era una armonía que invitaba a un balls, a hacer el amor. El estupor y el éxtasis, las chicas gritando, y los hombres agitando las melenas e imitando el movimiento de una pua en la guitarra. El equilibrio se encontraba allí, la armonía y el caos hermanados, antes en un estado de antagonismo perpetuo, ahora consolidados. Pero el equilibrio se rompió y la balanza se dispuso a abandonar la equidad de los pesos.
En el charco formado por la lluvia, bajo sus pies, vio el reflejo de una niña pelirroja que la miraba con curiosidad y timidez que inducía a creer que padecía de un terror interno. Tanto ella como la niña se miraron incrédulas. Hasta que Pamela se desmayó.
Su corazón se había detenido.

V

Luego de la muerte de la tía, todas quedaron afligidas, pero ahora Nydia quedaba a cargo de las niñas. Pese al delicado cuidado que les proporcionaba su nueva tutora, cargar con las penas de una nueva pérdida parecía destruir a las pobres. En las semanas seguidas a la tragedia, Gretchen  empezó a notar raros comportamientos en Minerva, incluso más raros de los ya habituales. Dormía hasta muy tarde, se despertaba cansada y no comía más que unas cuantas migajas de pan. En vano la obligaban a tragarse sus alimentos.
Una de esas noches Gretchen escuchó ruidos que venían del pasillo. Intentó despertar a Minerva, y se dio cuenta que el cuerpo de su hermana había sido sustituido por una pila de almohadas y ropa que simulaban la silueta de la ausentada hermana.
Con cautela, pero también con una gran agitación interna, se aproximó al pasillo y logró notar que el postigo no estaba del todo cerrado. No quiso seguir las pesquisas, se sintió intimidada por llevar una expedición de tal magnitud, pero sus deberes de hermana eran más fuertes. Descalza caminó por las calles oscuras de un pueblo colonial que empezaba a renegar de sus supuestos señores. La noche parecía estar movida por diversas sombras que se agrupaban entre ellas. La mitad de los habitantes había hecho el pacto de un insomnio generalizado, además de la amalgama de borrachos y rameras, hombres de talante sospechoso circulaban con discreción. Un ebrio agarró del brazo a Minerva, confundiéndola con una prostituta. La joven, que guardaba una pequeña daga, logró hacerle un tazo en la palma de la mano —!Sucia callejera! — al hombre sólo le dio tiempo a arrojarle el manto que le cubría el cabello, cuando ya había logrado safarse del malhechor. Gretchen, horrorizada corrió tras su hermana.
La persiguió hasta el mismo monte donde se toparon con las mujeres de cuerpos desnudos y pintados. Esta vez se adentraron más hasta llegar a la entrada de una cavidad subterranea, allí se veían las siluetas de las arpías, riendo y comiendo carne cruda, quien sabe de qué animal —o de algún desgraciado español—.
Minerva entró y todas parecieron conmocionarse, se arrojaron a ella, la llenaron de afectos extraños, la descalzaron y le lamieron los pies, le estiraban de los pelos, y la olisqueaban de cuerpo completo. Ella de un bolso, sacó un libro voluminoso, se quitó el vestido y empezó a comer la misma de la misma carne, haciendo chorrear la sangre por su mentón y sus pechos que aún en desarrollo.
Gretchen vio aquello y cayendo al piso, perdió la conciencia.
Al día siguiente despertó en su cama, el sol apenas estaba saliendo. Creyó que todo aquello se trató de una infausta pesadilla. Miró a la izquierda a la cama de Minerva, y allí estaba. Para asegurarse, corrió un poco las sabanas, para ver si realmente se trataba de su hermana; y en efecto era ella. Pudo respirar tranquila. Entonces al dirigirse al baño sintió que algo le pinchaba las plantas de los pies. Era un pedazo grande de espina. Pudo advertir que sus pies estaban cubiertos de tierra y barro seco.


VI

Esa misma mañana las tres hermanas tenían que acompañar a Nydia a hacer las compras,. Leyna la agarró de de la mano y le mostró un curioso puesto donde vendían esculturas de madera.
Gretchen miraba cómo un carnicero estaba intentando degollar a una cabra. Su cuerpo tuvo la intención de precipitarse hacia el suelo con los chillidos del animal, que pronto empezó a volverse un sonido ahogado por la sangre que empezaba a correr por el tajo de la garganta.
Entonces se escuchó la voz de Minerva.
-No vuelvas a seguirme.
Gretchen se mantuvo firme.
-¿Qué hacías en ese lugar? ¿En qué andas metida?
-No es asunto tuyo.
-¡¿Que no es asunto mio?! Mamá dijo…
-¡Mamá ya murió hace seis años!
Gretchen se dio vuelta. Percibía el acto reflejo de su mano, presurosa en dirección a la mejilla de su hermana mayor. Pero solo fue una impresión, un impulso reprimido de querer hacerlo, de querer cobrar la amargura que padeció todos estos años, y de la podrida actitud de Minerva que sólo pensaba en sí misma. Se alejó corriendo, procurando no romper en llantos, y entró a una calle donde se paseaban un centenar de personas, y creyó perderse en ese mar de comerciantes, guerrilleros y mujeres de mala vida. Toda esa colectividad la empujó hacia una carpa, y  adentro encontró a una anciana de ropas rústicas y demacrada presencia.
La mujer agrandó sus ojos y Gretchen quedó absorta como si se hubiera muerto en vida. La dama de rasgos milenarios la tomó de la mano y la apretó entre las suyas, temblorosas y arrugadas.
-¡Te estuve esperando! ¡Tanto tiempo, tanto tiempo! - pronunciaba en un difícil español.
Gretchen retiró su mano. Su corazón casi se le detuvo..
-La joven, tú… ¡ven mozuela!- la guió hasta una vasija de extraños dibujos-¡eres tú, eres tú!
La joven no veía más que una serie de rayas y manchas cubiertas ya por el polvo el tiempo. Con angustia se dirigió a la puerta, hasta que la anciana volvió a hablar.
-T u hermana está en peligro… mi tribu tiene la culpa. Ha caído en la maldición de las brujas malas, las brujas de piel blanca y cabello largo, ojos claros como el cielo y fríos como el la nieve que cae.
Gretchen sintió un temblor deslplazándose en los conductos sanguineos de su cuerpo.
-Necesito que me veas aquí- la chamana le dio instrucciones de la mejor manera que pudo, para que se encontrasen a las afueras del pueblo. Para eso, le hizo un encargo especial a Nydia, acordando que Gretchen le llevara un tipo especial de tela con la mayor frecuencia posible.

VII

La chamana —que en su lengua original se las conocen como ''Machi''— enseñó a Gretchen el vasto mundo de la cultura  de su pueblo, que estaba siendo arrasada desde la llegada de los hombres blancos. Le enseñó acerca de las propiedades medicinales de las plantas, el arte de la botánica, y las fabricaciones textiles particulares que solía comerciar con Nydia. Pero lo que más le gustaba a Gretchen eran las historias que le contaba la sabia anciana. De entre el centenar de relatos que Gretchen escuchaba, eran las leyendas del Ñuke Mapu, y los Ngen, las que más atraían a su imaginación. Le había explicado del porqué en la naturaleza a veces nos sentimos tan reconfortados, causa directa provocada por la presencia de los Ngen que protegen tanto a la naturaleza como al hombre que es amable con sus iguales, árboles, animales, incluso insectos. Esta sabia mujer se llamaba Inara, y lo sorprendente era, que además de ser una sabia en su cultura, también aprendió a hablar español, francés, inglés y alemán, y conocer un poco de las culturas clásicas europeas.
Una de las historias que más le encantaba escuchar a Gretchen era sobre la concepción de espacio y tiempo de los mapuches, donde el futuro no es adelante, y el pasado atrás. El futuro y el pasado, así como el presente son uno mismo, como todo en el universo, el Pu-am. De repente se acordó de su madre, y que ella solía decirle casi lo mismo, pero con otras palabras.
Pasaron meses, desde que Gretchen empezó a visitar a Inara, y a convertirse en su aprendiz. Inara le contó que Minerva, y toda su familia peligraban.
Al mismo tiempo que ella estaba siendo preparada para ser aceptada por el Pu-am, su hermana recorría el camino opuesto para representar el mal, el Weküfe en la tierra. Su tribu, corrompida por las prácticas ocultistas de las brujas venidas del otro continente, empezaron a influenciar en muchas hechiceras mapuches, quienes degollaron a varios de su propia tribu y sangre, masacrando a hombres, niños, incluso animales. Todas menos Inara y un grupo más de mujeres que se rehusaron a seguir ese camino tomando la resolución del escape. Por desgracia, fue la única que quedó viva luego de varios intentos por combatir los espíritus corrompidos de sus hermanas.
 Antes de perder el alma de Minerva y vivenciar la muerte de los pocos seres queridos que le quedaban, Gretchen tenía que prepararse para ser aceptada por el Ñuke Mapu.

VIII

Despierta en la camilla de un hospital. Sus padres aún con los trajes de luto puestos, están a su lado, aliviados de que su retoño siguiera viva. Pero el alivio en sus talantes no duró mucho. Los padres se dieron una mirada recíproca y la madre se derrumbó a los hombros del padre, haciéndose las inútiles preguntas de por qué a ellos, por qué justo hoy, por qué Dios los castiga de esa manera.
Más tarde toda esa confusión se aclaró cuando vino el doctor y le confesó a Pamela que sufrió de un paro cardíaco, debido a un tumor que crecía a una velocidad sobrenatural, asegurando nunca antes haber visto tal cosa —encubriéndola, claro está— con las formas profesionales del oficio, sin dejar de lado la obligación moral que implicaba mostrar al menos un poco de lástima (aunque fuese mal actuada).
—Mamá…
—¿Dime, querida? - las palabras resultaban difíciles de articular, los espasmos del llanto no cesaban.
—Una vez me contaste que una tatarabuela era mapuche ¿Recuerdas?
—Si, ¿Que tiene?
—¿Su nombre era Gretchen?
La madre quedó atónita. No, en efecto su bisabuela no se llamaba Gretchen. Su nombre era Minerva.
Pamela reflexionó, mientras su madre la oía confundida de haber pronunciado ese extraño nombre que jamás en su vida había escuchado.
-Má ¿Y mi celular?
—Aquí, pero deberías dormir, mi cielo— Sus ojos iban a explotar de lo hinchados y rojos que estaban, y sin embargo parecía que su aflicción no cesaría nunca.
—Tengo que avisar a mis amigas.
—Esta bien…
—Quisiera hacerlo en privado.
—¿Es necesario?
—Por favor…
“Sú, necesito que vengas a buscarme en tu moto, espérame afuera, por la avenida … del Hospital Central, es urgente, y por favor, no cuestiones nada, es algo que debo hacer y si te lo explico no entenderás. Dejo mi confianza en tus manos. Tu prima, amiga y hermana, siempre”
Esta noche Gretchen debe escabullirse, y ante la luna llena se reconciliará con la madre tierra. Posándose de rodillas sumergiendo la mitad de su cuerpo en el arroyo, cuyo fluyente abanica su cuerpo como una hoja perdida en el cielo, y el brillo de Kuyén fluirá sobre su cuerpo como una cascada translúcida y entonces la esposa de Antu consagra a Gretchen ahora renacida con el nombre de Sayen, que en español significa “Mujer de gran corazón”.
Pamela llega a un monte donde ya las luces de la ciudad no se perciben, y sólo la luna puede guiarla en la oscuridad. Con pasos guiados por la lívida aunque eficaz luz de luna llena, llega hasta un arroyo, y sin saber el porqué de su familiaridad, como si se tratase de un lugar al que había frecuentado cientos de veces, en ese momento y en las mismas circunstancias, sin llegar a provocar lo inquietante de un dejá vù, sino la claridad de una profecía hecha realidad.
Se arrodilla en el pasto, se sobresalta porque oye que alguien se movió detrás de los árboles; es Sú, que se encuentra expectante sin saber en qué delirios se hallaba sumida su querida prima.
En el reflejo del agua aclarada por la luz de la luna, se dibuja el rostro de una joven pelirroja, que de no ser por tener los pechos descubiertos y el pelo largo, juraría que es Pamela, osea ella viendo su reflejo, pero no se trata de un efecto visual.
Atrás de la joven reflejada en el agua, —que no es un reflejo, sino un espejo hacia la otra cara del Ñuke mapu, la Madre Tierra—, aparece Inara con una filosa daga y abre el pecho de Soyén, otrora conocida como Gretchen.
La sangre empieza a salpicar como una fuente, Pamela siente como en su pecho se abre una puerta improvisada, se quita la camiseta con la cara de Jim Morrison, y ve en efecto que en la parte de su esternón su piel se divide como un ojo vertical. El dolor es infinito, pero no hay rastro de sangre, en cambio en el río empiezan a brotar burbujas rojas como si el río congelado de la noche hirviera y se mezclara con el agua de la espada.
Sú no queda indiferente y socorre a su amiga.
Sayen ahora debe seguir la segunda parte de lo pactado, sustituir a su hermana en el sacrificio.
Junto con Inara se presentan en la cueva, y se ofrecen a cambio de Minerva, quien se hallaba en una mesa de piedra, rodeada de velas y cadáveres de cabras y otros animales ininteligibles.
Las brujas oscuras presienten que se trata de una artimaña, y desde atrás una de las hechiceras perversas  atraviesa el pecho de Inara con la punta de una lanza . Sin embargo aceptan intercambiar a Minerva por su hermana, ahora renacida. No hay ninguna diferencia sustancial, puesto que ambas tienen la sangre de su madre, aquella maldita traidora que las abandonó, y para maldecir en la eternidad a toda su estirpe y calaña, se necesita de la sangre de uno de sus retoños, pero el hecho de saber que Soyen es más pura e inocente que Minerva, les tienta a creer que el hechizo será mucho más efectivo.
La agarran de las extremidades y la suben a la mesa sin que ofrezca resistencia alguna. Mira por ultima vez a su hermana mayor, en la cual reposó toda la paz y la pureza del alma que penetró en el espíritu de Minerva, purificándola en su anatema.
Las brujas arrancaron el corazón de Soyen —que solía responder antes por el nombre de Gretchen— y se lo devoran entre todas.
 Sus viles cuerpos enfermizos se retorcieron de dolor, intentaron vomitar en vano el propio odio que ellas mismas habían sembrado, y la maldición que con tanto empeño se empecinaron a ejecutar, terminó dentro de sus propias entrañas, hasta marchitarse y volverlas ramas secas que se rompen con el silbido del aire.
Minerva ve como el cuerpo de su hermana se desvanece en la mesa de sacrificio y la materia de su carne y sus huesos adquieren dimensiones etereas. Simultáneamente el polvo restante de las brujas son purificadas por el frescor de la noche, y Minerva por fin encuentra la paz en su interior después de tanto tiempo, desde que su madre había entregado su vida por ellas.

IX

—Pamela, tienes una hora para prepararte, ya vamos a salir. Ya sabes como se pone tu hermano cada vez que salimos de camping.
Pink Floyd se detiene a mitad del concierto.
En el auto, el hermano de Pamela pregunta qué hay de especial hoy, y a qué se debían las razones del picnic.
Entonces la mamá le cuenta de que justo hoy es el aniversario de la muerte de la bisabuela Minerva. El niño, algo curioso, pregunta cómo era la bisabuela, a lo que la madre le contesta que se trataba de una mujer amable y que se preocupaba mucho por su familia, en especial después de un incidente cuya historia se desconoce.
Pamela se pone los auriculares e intenta dormir el resto del camino hasta llegar a aquel arroyo que tantos recuerdos le trae, aunque en parte muchos de los recuerdos relacionados al lugar no eran del todo suyos.

Dedicado a LadydMorrison,
Una de las personas con el corazón más noble
Y generoso que he tenido la suerte de conocer.