I
Hay pocas cosas que odie más que el calor formoseño, como empezar a contar una historia con descripciones del clima, por ejemplo. Retórica que no me lo permitiría de no ser porque este calor del que hablo ahora no se trata de un pequeño regocijo estival de verano, sino del sofocante grito de un planeta convaleciente (¿se me permite usar palabras tan rebuscadas cuando solamente estoy hablando conmigo mismo?), que da sus primeros síntomas de una enfermedad pervertida como la que somos nosotros. Este bochorno, que tanto odio me despierta, capaz de exaltar al peor demonio que tenemos muy en el fondo pero comprometido a nuestro ser, yace al acecho del desequilibrio para poder tomar las riendas, como decía ese poema de Baudelaire sobre los ángeles.
Así me siento yo, todos los días de verano en las que por tal o cual situación tengo que salir de casa, con mi demonio interior a punto de reverberar, hostigado en este calor enfermizo, húmedo y hectoplásmico. Si tan solo alguien pudiera escuchar a mis demonios...
Ese día no fue excepción en la parada del Dean Funes, esperando el 95, a la hora en la que la chipa ya se empieza a vender fría.
Estuve esperando entre cuarenta y cinco minutos y una hora. El ansiado bondi se hacía esperar, y ahora me pregunto ¿y yo como ayudo al medio ambiente si decido usar tal o cual adjetivo, o no? ¿El colectivo va a dejar de contaminar menos si le llamo colectivo o un ansioso bondi? La ansiedad se me trepa por una pierna igual que yo al dar un primer paso adentro del colectivo; igual que la sube que tengo que pasar por una máquina que me saluda todos los días diciéndome "saldo negativo". Con pasos lentos pero llenos de ansiedad (ansiedad por quitarme esa remera chorreada en sudor, ansiedad por desprenderme de esta ropa pegada a mi cuerpo, y poder darme un baño para purgarme de tanta cosa que se le pega a uno al exponerse al etéreo aire urbano) y la viejita, un pie, luego el bastón, luego el otro pie, luego el mismo ejercicio en el siguiente peldaño, y el colectivo arranca conmigo apenas subido con medio cuerpo afuera y la señora que se balancea y casi cae encima mío, y la cara de orto del chofer que nos dice implícitamente que nosotros tenemos la culpa por ser tan lentos; y luego la manada de señoras con sus crías pegadas a manos, pies, tobillos, cadera, como monitos carayás aferrados a las tetas su madre. Así se siente viajar en la capital de nuestra hermosa Formosa.
No era una sorpresa aquel tumulto compactado en hileras deshechas y caóticas de gente sudada sino más bien cosa de todos los días. Al meter nuevamente la sube en su respectivo bolsillo empiezo mi ritual de tocarme los bolsillos para el cheking automático: las llaves, si; la tarjeta, si; la billetera, si;… y el celular, ¡¿El celular?! Está en el otro bolsillo, pero el parón en el corazón de dos nanosegundos, como de costumbre, a veces resulta difícil de reprimir. Mi smartphone estaba en el bolsillo de la derecha. Smarthphone, qué sucios suenan los neologismos hoy en día. ¿Pero por qué? Cómo es que Verne pudo hablar de submarinos, televisores, satélites (hasta internet), y sus páginas se llenaban de esa magia con las que fantaseaban científicos y amantes de la literatura por igual; y ahora, al mencionar Smartphone, ipad, wifi, todo suena tan sucio, tan manoseado… ¿será porque estos artilugios ya se vaciaron de la magia visionaria de los soñadores del siglo diecinueve? ¿Será posible mencionar Smartphone sin que se asocie directamente con la imbecilidad humana? ¿y si mejor les llamáramos stupidphone, o idiotphone, o iDIOT?
Entonces me sumergí en aquel gentío para cobijarme en el lugar que más me convenía. Son más de cinco kilómetros del centro a casa, cinco kilómetros de pura prueba física y mental. Observo los cuadros de la belleza postmoderna, la fragancia del sudor de un obrero con problemas de glándulas, y el perfume añejo de la duquesa sentada al frente con su Stupidphone en el oído derecho, y el dedo a modo de corcho antiruido en el izquierdo, mientras todos los químicos se combinan en el aire creando una mezcla macabra que produce mareos. En esos momentos miro a mi alrededor, y veo a la humanidad reflejada en unas pocas personas confinadas en un túpper con ruedas, al mismo tiempo que el colectivo da sus primeras marchas, aferrándome todo lo que a mis transpiradas manos les es posible. Qué retrato... Cuánto pagaría Goya por estar en mi lugar, aunque algo esté desacomodado en todo esto, y no hablo de la grotesca pluralidad que sólo la estrechez de los espacios públicos pueden ofrecer. Por alguna razón me siento mas incómodo de lo habitual. Ha habido días peores, suelo pensar. Días en los que ni siquiera se me permite respirar, aunque sea una fragancia impura de vahídos estremecedores y aflojadores de intestinos.
Ya doblamos por la Lelong. Dentro de mí se reproduce una melodía de Chopin (¿o es de un sountrack de Thomas Newman?) inútilmente, peleándose en vano para acallar las repetitivas bases del perreo intens. El pobre y anticuado Chopin (¿o será Liszt?) muere en mi cabeza, y el tun tun tun turun me destroza los nervios. Me encuentro en la parte de atrás, parado en la fila seis, mientras que un hombre se propone incordiar al mundo con ese chistido salido de su boca, como una sinfonía del infierno. Cada chistido con en el que intenta quitarse un pedazo de chipa incrustado entre sus dientes es como si me cortaran la médula espinal con un serrucho. ¿Cómo hago para demostrarle desagrado? ¿Lo miro fijo con cara de mala leche? ¿o empiezo a imitar su chistido de forma más ruidosa?. No, nunca pude manifestar molestia a los demás, al menos no estando cuerdo.
¿Qué era aquello que me daba nauseas?, no era el perfume de la colonia de la gente mezclado con el hedor de la cabeza sucia de los chicos que salían de la escuela, con la mugre húmeda de las calles, pero no… No se trataba de una cuestión de olfato, sino de un sentido más agudo y desconocido. Una intuición inquietante de aquello que no podemos definir con palabras, de lo que sabemos es inminente pero que aún así nos resistimos a que llegue. De pronto me sentí como desnudo y el vértigo me atacó.
II
Permítanme sosegarme un momento, es esa estúpida ansiedad que me ataca, sólo recordar aquella experiencia, hace que mi ritmo cardíaco aumente con monstruosidad. Aún no he aprendido a respirar, parece algo tan fácil, pero en momentos así a mi se me complica.
Discúlpenme estas digresiones, ahora prosigo.
El vértigo se apoderó de mí al momento en que las puertas del colectivo se abrieron y volvió a entrar una manada; no se le puede decir grupo a aquel gentío, pues se asimilaba más a un ganado de vacas tratando de entrar al corral. Pero la sensación no parecía ofuscarse, sino al contrario. ¿Qué era aquello que tanto me incomodaba? Mi ropa parecía haberse desintegrado por completo; imagínense que yo mismo siento pudor de mi propio cuerpo al mirarme, y ahora estar siendo penetrado por las miradas inquisidoras de aquellos desconocidos que casi me llevan al desvanecimiento; pero no en balde supe contenerme, aunque con exagerada repugnancia intenté permanecer tranquilo en los embates que me ultrajaban. Todos me miran, todos, o soy yo el que se lo está imaginando. Me miran, pero cuando les devuelvo la mirada retiran el rostro como si nada hubiese pasado. Eso no les servirá de nada, porque sé que están escrutando cada parte de mí, cada parte de mi pellejo. Malditos, pensé. ¡Hijos de puta!, dejen de mirarme de esa manera.
Por detrás mío pasaba la distribuidora de coca cola, aquel lugar donde los sueños se envasan. Siempre que venía con mis padres de viaje, cuando niño, miraba con emoción el logo de The Coca-Cola Company: El lugar de donde salía ese veneno negro pero tan deleitable que solíamos tomar todos los días durante el almuerzo.
Esa vez apenas pude percibir dónde estaba, todo empezó a adquirir un duplicado, a moverse hipnóticamente, creí que caería, esta vez de manera inevitable. Entonces me di cuenta, de que de entre todos los espectadores que se mofaban de mi fragilidad física, ennegreciendo sus rostros hasta convertirse en sombras aisladas, pude percibir a alguien, ¿Alguien? La náusea desapareció, pero no sin antes chantajearme, vendiéndome como un esclavo al sudor frío. Mi piel se heló. Lo supe, esta vez estaba seguro de que ese alguien me vigilaba, y no sólo eso. Me leía por dentro. -Sé que estás ahí- me dije a mi mismo en mis interiores, pero no para mí mismo. Pero como si hablase con un mudo, no recibí contestación, ni siquiera indicios: -¿quién sos?, ¿Dónde te ocultas?, dejate de juegos, esta vez no me vas a engañar- respiré hondo. Tal vez me equivoqué, y todo aquello no fue más que un efecto del calor apocalíptico, que apropósito, me engendraron ganas de comer helado. Si mal no recuerdo habían abierto un Grido por la Avenida Nestor Kirschner, que en realidad era la misma que estaba cerca de casa, pero transfiriendose justo al frente del Estadio Cincuentenario, donde sin duda es mejor posición para comerciar. Oí rumores que los helados Grido contienen mucha grasa de gallina, y por eso daban tanta sed. Con grasa de pollo o no, qué más da; ya nos acostumbramos a las vísceras curtidas en plástico, al cartílago y los huesos triturados de animales, convertidos en polvo; a óvulos de gallina no fecundadas, y leche con larva fermentada (que por cierto es deliciosa). Un poco de grasa de pollo no es nada ya en esta gastronomía occidental, que nada tiene de que envidiar a los insalubres pero apetitosos platillos orientales.
Pero mis intentos no cesaron. Con desesperación disimulada, analicé los matices de los últimos que habían subido. Alguno tenía que ser, alguno de esos que subieron frente a Villa.Mo. No podía tratarse de nadie más, porque de otra manera no se explicaría la fiebre pasajera de hace un momento. Todo esto lo deducía mientras seguía observando. ¡Seré idiota!, solo a mí se me ocurren estas sandeces de niño fantasioso. Cuándo vas a madurar, imbécil.
Me propuse abandonar aquel proyecto absurdo, dedicarme a pensar en aquellos asuntos sin importancia en los que suelo perderme. Primero llego a casa, luego me quito esta ropa podrida, me baño, me acuesto, tal vez agarro un libro o tal vez no, tal vez me pongo a desperdiciar el valioso tiempo en las distracciones de mi Stupidphone, y sentirme estúpido para olvidar las penas profundas que uno recibe cuando profundiza demasiado en asuntos contradictorios, como la dualidad humana.
Qué difícil es concentrarse en otras cosas en este momento, mi brazo derecho está temblando como si se estuviera por desprender en cualquier momento. No paraba, los tendones se me tensaban más, y empezaba a recibir señales de dolor. Pensé en la tendiditis, pero no podía ser eso, era muy genérico, como si mi brazo estuviera cubriendose de una fibra necrótica, y los espasmos se debieran a un pre-rigor mortis. Con impresión no dejaba de observar mi brazo, y `por un momento oí de nuevo el ruido de aquella música (si asi se le puede llamar) digna del más vil y lascivo depredador sexual. Por las ventanas veía ese barcito cuyo nombre me parecía siempre curioso: Mbarea’,
Mi brazo parecía haberse detenido un momento. suspiré y miré hacia mi derecha. La gente moviéndose a modo de péndulo por el intrincado viaje, haciendo una suerte de relojes dispares, y entre esos péndulos, vi algo que me heló la sangre. Me di cuenta de inmediato, !Ah!. Casi vomité de miedo, ¿o de emoción? (serán las dos cosas para mi).
Cómo no aterrarse con algo así, y evitar fascinarse al mismo tiempo. Era aquella criatura, lo supe por la forma en la que el movimiento se detuvo, de cómo su silueta quedó recta, mientras la del resto cobraba una línea diagonal, numerosas manecillas de reloj descompuestas.
¿Pero qué era? No podía tratarse de una persona, o al menos no de una persona ordinaria, ¿Sólo ella existía, o habian más de su clase? ¿Es de este mundo? ¿Como hago para que me cuentes tus secretos? ¡Espera! No se que estoy haciendo… he sido un imprudente, ¡No!, ¡imbécil! me he condenado yo solo. Dime por favor, que no le contarás esto a nadie, te prometo que yo no lo haré, dame un indicio, algo…. Dame una muestra de que todo esto es verídico, de que no son puros delirios de un insensato. Tal vez me mates, de seguro no debía haber sabido nada de esto, pero por otra parte he podido y otros no… ¡yo se! Y no se lo he contado a nadie, porque me tomarían por loco, sé que lo harían, no me entenderían, ni siquiera los conspiranoicos más desequilibrados…. De seguro ya sabes mi nombre, ¡Pero no! Que cosas digo, no sabes, pues eso no está justamente dentro de tus facultades ¿o si? ¡Por favor mirame!, no lo haces, o acaso estás disimulando, acaso sabes que soy un peligro para vos y tu especie, pero no, eso es absurdo, yo no puedo ser un peligro para alguien así, es simplemente ilógico pensar una sandez como esa. ¡No me fije donde estaba!, por favor, antes de que el recorrido termine, dame una pista, una pequeña demostración de que realmente sos lo que pienso que soy, y no otro falso simulacro… ¡¿No ves que ya nos queda poco tiempo?!, ¡Mirame, mueve algo por lo menos! Contaré del 1 al 100, y me dirás la respuesta.Toca la silla con tus dedos para que me saques de esta duda tortuosa… - y así, nuevamente no fui correspondido, qué error habre cometido esta vez, pensaba. Debí haberme descontrolado mucho, la náusea reinició sus ataques y me dieron arcadas. Del vómito no salio nada más que aire y ruidos estertóreos. -¿Esta bien mijito?.
-Sí señora, gracias - deje de mirarme así, no soy su nieto. De nuevo el centro de atención. Sin embargo, no te he robado ni un soslayo-. Intenté calmarme.
En cuestión de minutos todo volvió a la normalidad, los niños peleando y jugando en los asientos, el bebé que no cesa con su llanto, y las caderas de las mujeres otrora esbeltas (o no) ahora oprimidas por la fuerza de gravedad que parece atraerlas más hacia el suelo conforme pasan los años, lo que explicaría la exuberancia de sus partes inferiores, hasta esculpirlas como auténticas Venus de Willendorf. El autobús iba despoblando y me hice con un asiento. Mirando las tiendas, los escaparates, y letreros “Hay Pollo”, “ Polleria el Gordo Mateo”, “Peluquería de la Sandrita y compañia”, “ bendo carbon, ay milanesa y torta parrilla 2x1”.
Doblando por fin por la Bogado, fui a posarme al lado de la puerta, y pasé sobre ese espectro sin siquiera fijarme en sus detalles. No pensé más, estaba agobiado por el viaje y el pegoteo de la tela en mi piel. Mi mente permaneció en el limbo. Hasta que una cuadra antes de mi parada, se cruzó y en sus labios vi un movimiento, no percibí a escuchar nada, pero cada músculo que usó, puedo revivirlo con una magistralidad hipermnésica: sin duda reconocí una oclusiva apico-dental, casi conectada a un diptongo -ue-, lo cual fue fácil de reconocer por la naturaleza redondeada de la u, y finalmente otra oclusiva bilabial. La respuesta fue contundente, !diecinueve!
Sé muy bien que solo fue una respuesta mimética, se que la probabilidad de que haya pronunciado otra palabra es muy alta, y de que mis desquicios me han llevado a la locura, pero daría mi alma por aquella respuesta y su fidedignidad, de la cual no pongo en duda ni un momento, ¡Que me quemen vivo si es que quieren! Pero aquella persona pudo leer todos mis pensamientos. De qué otra forma si no, hubiera ocurrido todo, ¿por qué justo cuando se aseguró de que podría verlo y no me animaría a seguir para interrogarlo, dió su muestra de recepción? ¿por qué murmuró aquellas mudas palabras que justamente también tienen cuatro sílabas?. Sé que estas pruebas para muchos no serán concluyentes, sé que no estoy chillando en vano, y de que aquello fue real, de que hubo alguien capaz de ver mis demonios internos, atados con cadenas endebles a punto de ceder. Tengo que creer, no puedo permitirme no creer, y si no fuese real aquello, y si todo fue una manipulación para poder buscar aquello anhelado, ¡No puedo permitir que mi lado escéptico gane esta vez!, por una vez deja que el mito triunfe, que lo fabuloso no sea despojado de sus más ilustres investiduras.
III
Día que pasa, otro día de calor, donde me evaporo como otro charco de agua más, las bestias de mi interior no reciben el consuelo de un amo indulgente. Hoy debo tomar el 95, ¿Que fue aquello de la otra vez en la que creí haber encontrado un lector de mis escándalos internos?, la realidad ya es muy decepcionante, pero la fantasía no se libra de cometer las mismas fatalidades. Me parece que este colectivo me resulta familiar, pero no se del porqué en particular, me siento en la sexta fila, asiento 19, contando de izquierda a derecha, en el asiento de adelante, en el respaldo, me pongo a leer aquellas inscripciones de jóvenes que quieren inmortalizarse por medio de un corrector y una superficie que ahora tal vez no se comparen a un muro de las pirámides egipcias, pero cuando todo se extinga, serán los nuevos jeroglíficos de aquella civilización que nos precederá: Ana Y Ramiro, amigos por siempre, enmarcado por un corazón. Al lado escribieron 2do E hasta la muerte, abajo: Macri gato. Y más abajo en la esquina derecha, con letra pequeña dice, los helados son más ricos con grasa de pollo.