domingo, 12 de marzo de 2017

La mujer de dos corazones



Awake.


Shake dreams from your hair
My pretty child, my sweet one.
Choose the day and choose the sign of your day
The day's divinity
First thing you see.

Jim Morrison (The Doors)

I



Un atardecer moribundo se despedía de los últimos minutos de vida que le quedaban, mientras que al norte se acercaban unas nubes pesadas y el cándido y puro cielo se iba ennegreciendo.
—Ya no nos queda mucho tiempo, abrázame. Me despediré de las niñas.
—Ven con nosotros Ema, ¡te matarán!.
—No llores mi querida, no puedo, ellos me quieren a mí, pero no permitiré que pongan sus manos en mis bebés… cuídalas por mí.
—¡Mami!—una dulce niña peliroja corrió a sus brazos, y con sus ojos llorosos apenas abiertos se guió por el instinto para llegar hasta a la madre.
—¡Mi Leyna!, ¡mi vida!¡mi retoño!—tomándola de la mano la acompañó junto a las otras dos pequeñas, situadas atrás de una carreta. Las tres se aferraron a la cintura de su ídolo. La mayor tenía doce años, la otra más pequeña, bautizada como Gretchen que estaba a pocos días de cumplir nueve; mientras que Leyna apenas tenía cinco años.
Las tres criaturas se mantenían tercamente pegadas, negándose a desprenderse de su progenitora. A unos metros se oía el tumulto de una turba sedienta de sangre, y el bosque emanaba la luz de sus antorchas como si las puertas del infierno se le abrieran a ella y a sus engendros ruborizados y trémulos. —¡Suban! – alzó a las niñas a la parte trasera de la carreta, mientras que Leyna objetaba de alejarse de su madre, pero sus delicadas manos de infante no fueron lo suficientemente fuertes para cometer su objetivo.-¡Cuídalas, Minerva! Eres la mayor, por favor, cuida a tus hermanas por mí, ahora tú estás a cargo, tú y Ana, deben cuidarlas…
—¡Mamá!— con una señal de cabeza indicó a Ana para que diera rienda a los caballos, mientras el sollozo de las niñas incrementaba en angustia, sólo podían ver como su madre cedía ante el odio de la multitud, cayendo al piso. Pronto ya no se la pudo ver, bloqueada por el gentío que la acechaba. La carreta se alejaba cada vez más y al doblar ya no se tuvo visión de nada, sólo de una pérdida irrecuperable. Los pozos hacían saltar al carro que iba a toda la velocidad que le permitían los caballos. A unos kilómetros la tierra se alisaba y todo pareció cesar. La noche arribó junto con la lluvia, y con una gran cobija Minerva tapó a sus dos hermanas que dormían profundamente, como suele pasar luego de un llanto exhausto, pero Minerva no durmió, sólo recordaba la imagen de su madre cayendo, y sus ojos negándose al impulso de dejar caer lágrimas, presintiendo aquella vez como la última en la que volviera a mostrar otra emoción que no fueran el odio y el resentimiento.


II

Una mujer entró despacio a un cuarto semi oscuro, donde suena con levedad una tranquila rola ochentera. Se dirige a la ventana y abre las cortinas con delicadeza, y la muchacha en la cama aprieta los ojos e intenta taparse.
-Pam, levántate hay que prepararnos.
-Ya me levanto.
-Te dejé preparado el desayuno, tu ropa la puse ahí arriba. Hay que ir a consolar a la tía, no te tardes.
La canción deja de sonar.
Al bajar encuentra el pan y el té. Ya duchada y vestida se sienta a desayunar inconsciente debido al sueño que aún perdura. Recuerda ese sueño donde un tumulto iracundo la perseguía y ella escapaba en el carruaje con unas niñas que no conocía, pero por alguna razón en el sueño podía vivir en carne propia el dolor del abandono, y que sin duda la dejó conmocionada incluso en la vigilia.
La madre preparaba algunas cosas en un taper. Aperitivos para el velorio.
-Mamá…
-¿Si? - responde sin darse vuelta, con ese tono de interés que una madre no puede desapegar de su pronunciación y sin embargo el aire sombrío se sentía en todo su semblante.
-Hoy tengo un concierto… es el aniversario de…
-No Pamela, hoy no - la interrumpe.
-¡Pero es importante!
-¡El funeral de tu tío también es importante!
Ambas quedan calladas, como resentidas de su exaltación innecesaria.
-Mira, haz lo que quieras… nosotros ya nos vamos.
-Pero …
-Te dije que te despertaras a las ocho para prepararte, ya tenemos que irnos, luego nos alcanzas…
Al salir de casa se pone los auriculares, revisa su lista de reproducción. De entre todos los álbumes elige Morrison Hotel, que si bien adoraba cada una de las canciones y discos, este era su predilecto sin lugar a dudas. La casa de la tía Nélida está a unas diez cuadras, sin embargo no quiere apurarse, no si al final sólo tenía que llegar a esa deprimente ceremonia.
-En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo… que Dios lo tenga en la gloria, por los siglos de los siglos- el requiem del sacerdote, con su voz gruesa y penetrante se alargaba en una letanía monótona y soporífera. El tío Raúl se sobaba el lomo, sin consuelo, del dolor de haber tenido que cargar el cajón. Mamá seguía recibiendo en brazos a la destruida tía, y ella cada tanto también soltaba una lágrima, quizás dejándose llevar por el momento, aprovechando para desintoxicarse un poco.  Los niños jugaban a las escondidas entre los mausoleos. La prima Su (de Susana) se entretenía leyendo algunos epitafios y Pamela la acompañaba para distanciarse un poco del penoso evento. Vio la hora, y tenía que irse, no te olvides de despedirte de la tía dijo mamá.
Salió corriendo. Corrió las diez cuadras sin detenerse, casi derribó la puerta y subió presurosa las escaleras, donde sólo quitándose la camisa y reemplazándola por una con la Cara de Jim Morrison su transformación quedaba hecha, sólo despeinarse un poco, y una mochila donde meter el agua (hidratarse en los conciertos es de vital importancia). Tomó su bici roja y se lanzó a la calle. Tenía que ir hasta el estadio, pasando por la avenida pero sin llegar al centro. Hoy tocaban varias bandas, pero a ella le interesaba sobre todo Awake, que haría tributo hoy, 3 de Julio. Ya había ido a verlos un par de veces, por lo que no era ninguna novedad, pero el rumor de que un nuevo vocalista había entrado a la banda se hizo conocer en toda la ciudad. Y no sería algo de importancia de no ser porque los que lo vieron decían que se trataba de la reencarnación del mismísimo Lizard King. Tanto su aspecto como su voz, estremecían a todos los fanáticos de The Doors, quienes quedaban pasmados, a veces aterrados de la similitud sobrenatural que tenía con Jim.
Ella estaba sumamente emocionada. Dirigiéndose al estadio, con los auriculares puestos, pensando en cómo sería aquél sujeto, ¿Sería como conocer al mismísimo dios que ella adoraba? En su cabeza se sumaban sus fantasías, todas aquellas que habían nacido escuchando people are strange, unhappy girl, o The end. Aquel mago que la hacía olvidar de la total existencia del mundo, excepto de la música y las estrellas.
En eso pensaba mientras pedaleaba en estado de trance, cuando de aquellas imágenes surgió una totalmente desconocida. Pudo ver un fuego enorme, y la sombra de una persona atada en el poste en medio de ese infierno, el rock se sustituyó por llantos y alaridos desgarradores de dolor. Vio otros flashbacks, un barco, vestidos de encaje, llantos, gente bailando alrededor de una fogata, saltando con movimientos convulsivos y cantando guturales en una lengua desconocida.
Se descarriló justo en un cruce, y hubiera sido atropellada de no ser porque su cuerpo quedó tendido en la acera peatonal luego de chocar con  el poste de semáforo.
La gente se le acercó para ayudarla. Ella  contemplaba el cielo que parecía empezar a cargarse de nubes pesadas. Su vista se difuminaba hasta que logró enfocarse y recobrar el equilibrio.
-¡Casi te chocan! Tenei que prestar más atención jovencita…
-¿Está bien? ¡Decime que está bien! No me pueden multar justo ahora.
Para su fortuna parecía haber caído justo frente a una farmacia. -Creo que se desvaneció en medio de la calle- dijo el farmacéutico que evidenció todo por la vitrina.
Ella se levanta sin dilación…
-!Eh! !Espera!, no tienes que levantarte de golpe… Deja te traigo algo para que te sientas mejor.
-No… no- repetía ella con confusión, mientras volvía a montarse en la bici…
-Eh, ¡Tienes que esperar a la policía! - decía el farmacéutico
-¡No, weon! - exclamaba trémulo el conductor, que casi la pasó por encima -deja que se vaya, ¿No vei que está bien?

III

Gretchen, Minerva, y Leyna se habían establecido junto con su tía, en una colonia de Chile, poco antes de que Fernando VII cayera bajo el yugo del ejército napoleónico. Todas disfrutaban de una felicidad relativa, excepto Leyna, siempre taciturna y alejada de sus hermanas. La tía Ana, que se había logrado encontrar con una amiga cercana de Ema, que emigró hacía ya tiempo, las recibió como si se tratase de su propia familia. Era una familia de comerciantes españoles muy respetados que abrieron un departamento y una sastrería. Allí las dejaban quedarse a cambio de ayudar con las labores domésticas y en la urdimbre de encajes. La vida parecía haber recobrado sus atributos positivos, con pequeñas reminiscencias de la desgracia vivida en el ahora ya viejo continente.
Gretchen, siempre cuidaba de Leyna, mientras que Minerva se la pasaba en la sastrería ayudando a su tía, pero con su ley del silencio ya establecida desde hacía largo rato. De vez en cuando solían pasear por las sierras aledañas, adentrarse en los bosques donde un pequeño arroyo corría y desembocaba en el mar. Era el único momento donde Minerva parecía despejarse de su sufrimiento, a la par que Gretchen y Leyna correteaban.
—!Niñas! ¡no se alejen demasiado! — gritaba la tía en vano.
Fue en una de esas ocasiones, cuando las dos hermanas menores se encontraban en sus habituales correteos, a Gretchen le pareció oir una voz que la llamaba y la guiaba hacia el arroyo. Leyna  ignoró  aquello, pues para ella sólo se escuchaba el rumor de los pájaros entre la vegetación, y siguió corriendo sin tener noción de que su hermana había quedado absorta en otro asunto libre de las despreocupaciones de la tierna edad juvenil. Asustada y con los pasos más sigilosos que sus pequeños pies le permitían, se acercó al agua y miró en su reflejo. Sólo pudo escuchar el sonido de la naturaleza, hasta que miró más en lo profundo y empezó a escuchar una melodía extraña, como si viniera de otro mundo (o de otra época), y logró distinguir a una chica pelirroja, dando vueltas, saltando, al ritmo de esa melodía, cantando y sonriendo, y por alguna razón se sintió familiarizada con la misteriosa mujer.
Pasaron los años, y entre revoluciones, guerras y cambios sociales, las tres hermanas se desarrollaron y llegaron a la adolescencia. Pero la tía Ana había caído enferma hace un par de meses, en una guerra contra la neumonía que, aunque su tenacidad y amor por la vida —y sobretodo el miedo a dejar a las niñas desamparadas una vez más— parecían mantenerla entre los vivos. Pese a ello, el resultado de la batalla parecía estar ya dictaminado.
Un día, mientras Leyna y Gretchen miraban por los postigos el pasar de los carruajes y la gente, Minerva apareció en el salón, su mirada era fría y opaca, luego de la habitación salió la tía. Las tres quedaron viéndola, estupefactas de que se haya levantado en tales condiciones.
—Tía… —musito Leyna.
—Vengan niñas, vamos a dar un paseo.
Volvieron a aquel refugio de la naturaleza. Nydia, la mujer que las había acogido desde que llegaron, decidió acompañarlas esta vez dada las condiciones de Ana.
Esta vez ya no había juegos ni correteos, todas estaban sentadas rodeando a su convaleciente tutora, incluso Minerva no quedó indiferente ante el deplorable estado de su tía.
Era de tarde, el sol empezaba a descender. Ella se puso de pie, caminó un par de pasos hacia adelante, empezó a toser y se desplomó inexorablemente.
Todas se arrojaron a ella lo más rápido que el pánico les permitió actuar. Nydia les dio la orden a Gretchen y Minerva de que fueran a buscar ayuda, mientras que ella se quedaba con Leyna para cuidarla.
Ambas hermanas salieron corriendo, se dirigieron al camino de tierra y corrieron sin resolución, sin siquiera saber a quién buscar, o de si alguien milagrosamente aparecería para ayudarlas.
Corrieron hasta que ya no les quedó aire en sus pulmones.
Gretchen tomó del brazo a Minerva —¡Hay que seguir!
Minerva se soltó y la miró con desdén. —¡¿Para qué?! ¿No ves que ya se murió? Hace meses ya que la perdimos... ahora es muy tarde.
El cielo cobraba su distintivo color rojizo agonizante. Ambas hermanas se miraron. Minerva pretendía soltar una serie de improperios hacia su hermana, cuando se empezaron a oír cantos y tambores. Ambas volvieron a dirigirse la mirada, esta vez con sorpresa.
Gretchen se lanzó hacia donde provenían aquellos cánticos.
—¡Espera! — no le quedó más opción que seguirla y detenerla antes si es que le era posible.
Ambas llegaron, de entre arboles, espinas y cúmulos de tierra, pasando por una inestable superficie, y más ramas afiladas, donde luego en un pequeño baldío vieron a un grupo de mujeres desnudas, únicamente tapadas con un trozo rústico de tela en sus partes genitales, y el resto con pinturas corpóreas que las convertía en seres míticos abstractos sin dar cabida a sus anteriores cualidades  mortales. Hacían ademanes, como dirigiéndose a unos dioses antiguos, y luego tirándose a tierra, revolcándose con euforia, hasta postrarse y tocar el fuego con las manos y luego con los pechos.
Las niñas quedaron aterradas, Gretchen no pudo evitar el grito, por lo que todas centraron su atención en la espantada niña.
Minerva la tomó del brazo y la arrastró de vuelta al camino.
Cuando salieron casi fueron aplastadas por un caballo que tiraba de la carreta deteniendose a tiempo. Allí estaban Leyna, Nydia, y para sorpresa el cuerpo de Ana cuyo pecho parecía inflarse con dificultad, pero mantener una respiración, aunque sea con mucho esfuerzo. Aunque no por mucho tiempo. Al amanecer del día siguiente fallecería, tras un último combate por mantenerse viva y reclamar otros escasos aunque preciados días de vida.

IV

Solo faltaban un par de cuadras, el sonido de las guitarras distorsionadas ya se podían sentir en la piel.
Tocaron algunas bandas tributo a Led zeppelin, Deep purple, King Krimson, y finalmente The Doors.
El aire se sentía denso y húmedo, el petricor ya extasiaba el espíritu, incluso antes de que las gotas tocaran el césped.
Se oian los gritos, y cuando la guitarra empezó a sonar acompañada del bajo, se oyó aquella voz angelical

You're lost little girl,
You're lost
Tell me who
Are you?

Se quedó mirándolo, absorta, pues no podía creer la escena producida, la lluvia caía como un fresco rocío que relajaba en aquellos últimos días cálidos, antes de que el invierno se instalara.


Think that you know what to do,
Impossible? yes, but it's true.
I think that you know what to do, yeah
Sure that you know what to do.

You're lost little girl,
You're lost.

Aquello no era simple rock, era una armonía que invitaba a un balls, a hacer el amor. El estupor y el éxtasis, las chicas gritando, y los hombres agitando las melenas e imitando el movimiento de una pua en la guitarra. El equilibrio se encontraba allí, la armonía y el caos hermanados, antes en un estado de antagonismo perpetuo, ahora consolidados. Pero el equilibrio se rompió y la balanza se dispuso a abandonar la equidad de los pesos.
En el charco formado por la lluvia, bajo sus pies, vio el reflejo de una niña pelirroja que la miraba con curiosidad y timidez que inducía a creer que padecía de un terror interno. Tanto ella como la niña se miraron incrédulas. Hasta que Pamela se desmayó.
Su corazón se había detenido.

V

Luego de la muerte de la tía, todas quedaron afligidas, pero ahora Nydia quedaba a cargo de las niñas. Pese al delicado cuidado que les proporcionaba su nueva tutora, cargar con las penas de una nueva pérdida parecía destruir a las pobres. En las semanas seguidas a la tragedia, Gretchen  empezó a notar raros comportamientos en Minerva, incluso más raros de los ya habituales. Dormía hasta muy tarde, se despertaba cansada y no comía más que unas cuantas migajas de pan. En vano la obligaban a tragarse sus alimentos.
Una de esas noches Gretchen escuchó ruidos que venían del pasillo. Intentó despertar a Minerva, y se dio cuenta que el cuerpo de su hermana había sido sustituido por una pila de almohadas y ropa que simulaban la silueta de la ausentada hermana.
Con cautela, pero también con una gran agitación interna, se aproximó al pasillo y logró notar que el postigo no estaba del todo cerrado. No quiso seguir las pesquisas, se sintió intimidada por llevar una expedición de tal magnitud, pero sus deberes de hermana eran más fuertes. Descalza caminó por las calles oscuras de un pueblo colonial que empezaba a renegar de sus supuestos señores. La noche parecía estar movida por diversas sombras que se agrupaban entre ellas. La mitad de los habitantes había hecho el pacto de un insomnio generalizado, además de la amalgama de borrachos y rameras, hombres de talante sospechoso circulaban con discreción. Un ebrio agarró del brazo a Minerva, confundiéndola con una prostituta. La joven, que guardaba una pequeña daga, logró hacerle un tazo en la palma de la mano —!Sucia callejera! — al hombre sólo le dio tiempo a arrojarle el manto que le cubría el cabello, cuando ya había logrado safarse del malhechor. Gretchen, horrorizada corrió tras su hermana.
La persiguió hasta el mismo monte donde se toparon con las mujeres de cuerpos desnudos y pintados. Esta vez se adentraron más hasta llegar a la entrada de una cavidad subterranea, allí se veían las siluetas de las arpías, riendo y comiendo carne cruda, quien sabe de qué animal —o de algún desgraciado español—.
Minerva entró y todas parecieron conmocionarse, se arrojaron a ella, la llenaron de afectos extraños, la descalzaron y le lamieron los pies, le estiraban de los pelos, y la olisqueaban de cuerpo completo. Ella de un bolso, sacó un libro voluminoso, se quitó el vestido y empezó a comer la misma de la misma carne, haciendo chorrear la sangre por su mentón y sus pechos que aún en desarrollo.
Gretchen vio aquello y cayendo al piso, perdió la conciencia.
Al día siguiente despertó en su cama, el sol apenas estaba saliendo. Creyó que todo aquello se trató de una infausta pesadilla. Miró a la izquierda a la cama de Minerva, y allí estaba. Para asegurarse, corrió un poco las sabanas, para ver si realmente se trataba de su hermana; y en efecto era ella. Pudo respirar tranquila. Entonces al dirigirse al baño sintió que algo le pinchaba las plantas de los pies. Era un pedazo grande de espina. Pudo advertir que sus pies estaban cubiertos de tierra y barro seco.


VI

Esa misma mañana las tres hermanas tenían que acompañar a Nydia a hacer las compras,. Leyna la agarró de de la mano y le mostró un curioso puesto donde vendían esculturas de madera.
Gretchen miraba cómo un carnicero estaba intentando degollar a una cabra. Su cuerpo tuvo la intención de precipitarse hacia el suelo con los chillidos del animal, que pronto empezó a volverse un sonido ahogado por la sangre que empezaba a correr por el tajo de la garganta.
Entonces se escuchó la voz de Minerva.
-No vuelvas a seguirme.
Gretchen se mantuvo firme.
-¿Qué hacías en ese lugar? ¿En qué andas metida?
-No es asunto tuyo.
-¡¿Que no es asunto mio?! Mamá dijo…
-¡Mamá ya murió hace seis años!
Gretchen se dio vuelta. Percibía el acto reflejo de su mano, presurosa en dirección a la mejilla de su hermana mayor. Pero solo fue una impresión, un impulso reprimido de querer hacerlo, de querer cobrar la amargura que padeció todos estos años, y de la podrida actitud de Minerva que sólo pensaba en sí misma. Se alejó corriendo, procurando no romper en llantos, y entró a una calle donde se paseaban un centenar de personas, y creyó perderse en ese mar de comerciantes, guerrilleros y mujeres de mala vida. Toda esa colectividad la empujó hacia una carpa, y  adentro encontró a una anciana de ropas rústicas y demacrada presencia.
La mujer agrandó sus ojos y Gretchen quedó absorta como si se hubiera muerto en vida. La dama de rasgos milenarios la tomó de la mano y la apretó entre las suyas, temblorosas y arrugadas.
-¡Te estuve esperando! ¡Tanto tiempo, tanto tiempo! - pronunciaba en un difícil español.
Gretchen retiró su mano. Su corazón casi se le detuvo..
-La joven, tú… ¡ven mozuela!- la guió hasta una vasija de extraños dibujos-¡eres tú, eres tú!
La joven no veía más que una serie de rayas y manchas cubiertas ya por el polvo el tiempo. Con angustia se dirigió a la puerta, hasta que la anciana volvió a hablar.
-T u hermana está en peligro… mi tribu tiene la culpa. Ha caído en la maldición de las brujas malas, las brujas de piel blanca y cabello largo, ojos claros como el cielo y fríos como el la nieve que cae.
Gretchen sintió un temblor deslplazándose en los conductos sanguineos de su cuerpo.
-Necesito que me veas aquí- la chamana le dio instrucciones de la mejor manera que pudo, para que se encontrasen a las afueras del pueblo. Para eso, le hizo un encargo especial a Nydia, acordando que Gretchen le llevara un tipo especial de tela con la mayor frecuencia posible.

VII

La chamana —que en su lengua original se las conocen como ''Machi''— enseñó a Gretchen el vasto mundo de la cultura  de su pueblo, que estaba siendo arrasada desde la llegada de los hombres blancos. Le enseñó acerca de las propiedades medicinales de las plantas, el arte de la botánica, y las fabricaciones textiles particulares que solía comerciar con Nydia. Pero lo que más le gustaba a Gretchen eran las historias que le contaba la sabia anciana. De entre el centenar de relatos que Gretchen escuchaba, eran las leyendas del Ñuke Mapu, y los Ngen, las que más atraían a su imaginación. Le había explicado del porqué en la naturaleza a veces nos sentimos tan reconfortados, causa directa provocada por la presencia de los Ngen que protegen tanto a la naturaleza como al hombre que es amable con sus iguales, árboles, animales, incluso insectos. Esta sabia mujer se llamaba Inara, y lo sorprendente era, que además de ser una sabia en su cultura, también aprendió a hablar español, francés, inglés y alemán, y conocer un poco de las culturas clásicas europeas.
Una de las historias que más le encantaba escuchar a Gretchen era sobre la concepción de espacio y tiempo de los mapuches, donde el futuro no es adelante, y el pasado atrás. El futuro y el pasado, así como el presente son uno mismo, como todo en el universo, el Pu-am. De repente se acordó de su madre, y que ella solía decirle casi lo mismo, pero con otras palabras.
Pasaron meses, desde que Gretchen empezó a visitar a Inara, y a convertirse en su aprendiz. Inara le contó que Minerva, y toda su familia peligraban.
Al mismo tiempo que ella estaba siendo preparada para ser aceptada por el Pu-am, su hermana recorría el camino opuesto para representar el mal, el Weküfe en la tierra. Su tribu, corrompida por las prácticas ocultistas de las brujas venidas del otro continente, empezaron a influenciar en muchas hechiceras mapuches, quienes degollaron a varios de su propia tribu y sangre, masacrando a hombres, niños, incluso animales. Todas menos Inara y un grupo más de mujeres que se rehusaron a seguir ese camino tomando la resolución del escape. Por desgracia, fue la única que quedó viva luego de varios intentos por combatir los espíritus corrompidos de sus hermanas.
 Antes de perder el alma de Minerva y vivenciar la muerte de los pocos seres queridos que le quedaban, Gretchen tenía que prepararse para ser aceptada por el Ñuke Mapu.

VIII

Despierta en la camilla de un hospital. Sus padres aún con los trajes de luto puestos, están a su lado, aliviados de que su retoño siguiera viva. Pero el alivio en sus talantes no duró mucho. Los padres se dieron una mirada recíproca y la madre se derrumbó a los hombros del padre, haciéndose las inútiles preguntas de por qué a ellos, por qué justo hoy, por qué Dios los castiga de esa manera.
Más tarde toda esa confusión se aclaró cuando vino el doctor y le confesó a Pamela que sufrió de un paro cardíaco, debido a un tumor que crecía a una velocidad sobrenatural, asegurando nunca antes haber visto tal cosa —encubriéndola, claro está— con las formas profesionales del oficio, sin dejar de lado la obligación moral que implicaba mostrar al menos un poco de lástima (aunque fuese mal actuada).
—Mamá…
—¿Dime, querida? - las palabras resultaban difíciles de articular, los espasmos del llanto no cesaban.
—Una vez me contaste que una tatarabuela era mapuche ¿Recuerdas?
—Si, ¿Que tiene?
—¿Su nombre era Gretchen?
La madre quedó atónita. No, en efecto su bisabuela no se llamaba Gretchen. Su nombre era Minerva.
Pamela reflexionó, mientras su madre la oía confundida de haber pronunciado ese extraño nombre que jamás en su vida había escuchado.
-Má ¿Y mi celular?
—Aquí, pero deberías dormir, mi cielo— Sus ojos iban a explotar de lo hinchados y rojos que estaban, y sin embargo parecía que su aflicción no cesaría nunca.
—Tengo que avisar a mis amigas.
—Esta bien…
—Quisiera hacerlo en privado.
—¿Es necesario?
—Por favor…
“Sú, necesito que vengas a buscarme en tu moto, espérame afuera, por la avenida … del Hospital Central, es urgente, y por favor, no cuestiones nada, es algo que debo hacer y si te lo explico no entenderás. Dejo mi confianza en tus manos. Tu prima, amiga y hermana, siempre”
Esta noche Gretchen debe escabullirse, y ante la luna llena se reconciliará con la madre tierra. Posándose de rodillas sumergiendo la mitad de su cuerpo en el arroyo, cuyo fluyente abanica su cuerpo como una hoja perdida en el cielo, y el brillo de Kuyén fluirá sobre su cuerpo como una cascada translúcida y entonces la esposa de Antu consagra a Gretchen ahora renacida con el nombre de Sayen, que en español significa “Mujer de gran corazón”.
Pamela llega a un monte donde ya las luces de la ciudad no se perciben, y sólo la luna puede guiarla en la oscuridad. Con pasos guiados por la lívida aunque eficaz luz de luna llena, llega hasta un arroyo, y sin saber el porqué de su familiaridad, como si se tratase de un lugar al que había frecuentado cientos de veces, en ese momento y en las mismas circunstancias, sin llegar a provocar lo inquietante de un dejá vù, sino la claridad de una profecía hecha realidad.
Se arrodilla en el pasto, se sobresalta porque oye que alguien se movió detrás de los árboles; es Sú, que se encuentra expectante sin saber en qué delirios se hallaba sumida su querida prima.
En el reflejo del agua aclarada por la luz de la luna, se dibuja el rostro de una joven pelirroja, que de no ser por tener los pechos descubiertos y el pelo largo, juraría que es Pamela, osea ella viendo su reflejo, pero no se trata de un efecto visual.
Atrás de la joven reflejada en el agua, —que no es un reflejo, sino un espejo hacia la otra cara del Ñuke mapu, la Madre Tierra—, aparece Inara con una filosa daga y abre el pecho de Soyén, otrora conocida como Gretchen.
La sangre empieza a salpicar como una fuente, Pamela siente como en su pecho se abre una puerta improvisada, se quita la camiseta con la cara de Jim Morrison, y ve en efecto que en la parte de su esternón su piel se divide como un ojo vertical. El dolor es infinito, pero no hay rastro de sangre, en cambio en el río empiezan a brotar burbujas rojas como si el río congelado de la noche hirviera y se mezclara con el agua de la espada.
Sú no queda indiferente y socorre a su amiga.
Sayen ahora debe seguir la segunda parte de lo pactado, sustituir a su hermana en el sacrificio.
Junto con Inara se presentan en la cueva, y se ofrecen a cambio de Minerva, quien se hallaba en una mesa de piedra, rodeada de velas y cadáveres de cabras y otros animales ininteligibles.
Las brujas oscuras presienten que se trata de una artimaña, y desde atrás una de las hechiceras perversas  atraviesa el pecho de Inara con la punta de una lanza . Sin embargo aceptan intercambiar a Minerva por su hermana, ahora renacida. No hay ninguna diferencia sustancial, puesto que ambas tienen la sangre de su madre, aquella maldita traidora que las abandonó, y para maldecir en la eternidad a toda su estirpe y calaña, se necesita de la sangre de uno de sus retoños, pero el hecho de saber que Soyen es más pura e inocente que Minerva, les tienta a creer que el hechizo será mucho más efectivo.
La agarran de las extremidades y la suben a la mesa sin que ofrezca resistencia alguna. Mira por ultima vez a su hermana mayor, en la cual reposó toda la paz y la pureza del alma que penetró en el espíritu de Minerva, purificándola en su anatema.
Las brujas arrancaron el corazón de Soyen —que solía responder antes por el nombre de Gretchen— y se lo devoran entre todas.
 Sus viles cuerpos enfermizos se retorcieron de dolor, intentaron vomitar en vano el propio odio que ellas mismas habían sembrado, y la maldición que con tanto empeño se empecinaron a ejecutar, terminó dentro de sus propias entrañas, hasta marchitarse y volverlas ramas secas que se rompen con el silbido del aire.
Minerva ve como el cuerpo de su hermana se desvanece en la mesa de sacrificio y la materia de su carne y sus huesos adquieren dimensiones etereas. Simultáneamente el polvo restante de las brujas son purificadas por el frescor de la noche, y Minerva por fin encuentra la paz en su interior después de tanto tiempo, desde que su madre había entregado su vida por ellas.

IX

—Pamela, tienes una hora para prepararte, ya vamos a salir. Ya sabes como se pone tu hermano cada vez que salimos de camping.
Pink Floyd se detiene a mitad del concierto.
En el auto, el hermano de Pamela pregunta qué hay de especial hoy, y a qué se debían las razones del picnic.
Entonces la mamá le cuenta de que justo hoy es el aniversario de la muerte de la bisabuela Minerva. El niño, algo curioso, pregunta cómo era la bisabuela, a lo que la madre le contesta que se trataba de una mujer amable y que se preocupaba mucho por su familia, en especial después de un incidente cuya historia se desconoce.
Pamela se pone los auriculares e intenta dormir el resto del camino hasta llegar a aquel arroyo que tantos recuerdos le trae, aunque en parte muchos de los recuerdos relacionados al lugar no eran del todo suyos.

Dedicado a LadydMorrison,
Una de las personas con el corazón más noble
Y generoso que he tenido la suerte de conocer.