lunes, 12 de diciembre de 2016
El experimento del espejo
En una habitación se encuentran dos personas, una está golpeando a la otra. La habitación es compacta, de unos pocos metros, no hay ningún detalle ni decorado, sólo un foco que alumbra lo suficiente la escena. Pero hay una tercera persona que es testigo de lo que ocurre a través de una ventana, sólo que las otras dos personas creen que se trata de un espejo. La tercera persona ve cómodamente en un sillón, como se le propina la golpiza a la víctima. Atrás de esta tercera persona hay una cuarta que aparece, y empieza un diálogo con el tercer individuo:
-¿Disfruta el espectáculo? – pregunta la cuarta persona.
-Sí- responde el del sillón.
-¿Quién va ganando?
- El que está encima del otro – responde señalando al que arroja los golpes.
-¿Cómo llegaron ahí?
-No sé, ya estaban cuando yo llegué.
-¿Y usted de dónde salió?
-De aquella puerta – señala una puerta que está a la derecha de un vidrio grande que ocupa así toda la pared de atrás de ambos sujetos.
-¿Y por qué se queda mirando?
El tercer sujeto interrogado se encoje de hombros y hace un puchero con los labios, como intentando expresar impotencia.
-¿Pero lo disfruta?
-Ajá…
-¿Y qué tal si ahora pudiera ayudar?, ¿Lo haría?
-Seguro…
-¿Sí?
Ambos se miraban fijo, como planteándose una nueva inquietud. De súbito la primera persona se arroja a la ventana. Lleno de sangre mira fijamente al del sillón. El que está detrás de la ventana bañado en color rojo, suspira fuerte, llora. ‘’¡Ayuda!’’, le suplica, implora que lo salven de la brutal embestida de golpes y fierrazos ‘’¡No sé por qué me hacen esto!’’
-¿Y ahora? – pregunta la cuarta persona que está parada, mirando a la tercera persona, sentada, suscitando un semblante de pánico en sus gestos.
Una puerta aparece repentinamente al costado de la ventana, que da entrada al salón donde ocurre el sanguinario espectáculo.
-¿No piensa ayudar?
El otro no contesta, sólo su cuerpo arroja respuestas de nerviosismo.
-Bien – dice la cuarta persona con parsimonia.
En el otro cuarto, la masacre parece haber terminado. Se distingue un pedazo de carne en el piso que aparenta ser un cuerpo, aunque molido a golpes y palos.
El cuarto sujeto de pie, poniendo una mano en el hombro del tercero, lo mira a los ojos, y luego mira el espejo que se halla detrás de ambos, como señalándolo con la mirada.
-Ahora nos toca a nosotros- dice mientras se le dibuja una leve sonrisa.
martes, 30 de agosto de 2016
Déjà vu
El hombre se pone de pie al oír sonar el despertador, ajustado a la misma hora todos los días de la semana. Son las cuatro de la mañana, y el hombre casi no durmió en esas seis horas de reposo, despertando con el cansado deseo de querer quedarse en esos rincones oníricos del inconsciente.
Hoy es lunes pero no irá a trabajar. Introduce sus pies coagulados en las sandalias, y se mete en una bata blanca que alguna vez fue de color celeste. Camina hacia el baño arrastrando los pies a un paso flemático, y encorvado por el peso de los años, como un Atlas jubilado. Acaricia su cutis con hoja de afeitar recién afilada, mientras que la otra mano estira las arrugas para cederle el paso al filo, y luego la piel se vuelve a plegar como un pergamino viejo. Ni bien se quita la espuma con agua tibia, se mira en el espejo empañado, un poco cansado, cuyas bolsas en los ojos son lo que más resaltan -viejo...- sólo eso pronunció al mirar su semblante pálido en el reflejo. Prosigue a lavarse los dientes, con la misma velocidad con la que suele proceder al hacer sus actividades de rutina.
Mira el reloj, ya son las cinco. Revisa en su antiguo armario, casi tan viejo como él, de una madera pesada color caoba aunque ya algo rajada. Y entre el par de camisas blancas que suele usar y que tan característico es en él, pues entre amigos, congéneres y familiares, las camisas de color blanco siempre les resultaron las mejores. Toma una de las nuevas, la más elegante y refinada, la que le había regalado su nietita de apenas nueve años, al conocer su tan apasionada afinidad por las camisas y el color blanco. Ulteriormente se hace con un saco negro, el mismo que usó en su boda a los 21 años, y luego en el funeral que hizo oficial su condición de viudo.
se introduce al interior de la cocina, saca la yerba, y la deposita en el mate. Ni bien oyó chiflar la pava, se hizo con ella. se sienta en la mesa a libar la bombilla de su recipiente, pensando, presagiando lo que pasaría en las últimas horas. Ya son las siete cuando oye tocar la puerta.
-Pase, está abierto -apenas dice, con una voz ronca.
-Ya es hora- aquel extraño sujeto, cuya entrada se embiste de un indescifrable aire lacónico, se limpia los zapatos en la alfombra y cierra la puerta, que luego la asegura con cerrojo.
-Déjeme que abra un poco la ventana, me gusta el aire de invierno por las mañanas.
-Como usted guste- le responde el invitado.
El aire invernal de aquél día, extendiéndose por toda la pequeña morada, hasta que sólo puede respirarse aire puro, y en los pulmones de aquel adulto mayor, se puede sentir la paz y quietud, un momento de altivez, como si volase, como si el peso de su cuerpo desapareciese por un instante, y el alma de su cuerpo se liberara, confundiéndose con el oxígeno de la habitación.
-¿Quiere un matecito? - le invita cortezmente al hombre circunspecto, que con un gesto, un movimiento oscilante de su cabeza, rechaza la oferta.
-Bueno, ya estoy listo- se oye el estruendo, el ruido impertinente, sorpresivo, que rompe con la armonía de un lunes por la mañana, el disparo repentino de las manecillas del despertador delatando la llegada de la luz del alba, más el hombre no durmió en toda la noche, habiendo deseado que su último deseo fuese poder concebir una noche más que lo dejara recorrer los rincones oníricos de su imaginación, más en su cabeza, al sentarse sobre el colchón de su cama, mientras introduce sus pies congelados en la pantufla y sus hombros en la bata de color celeste gastada, siente que en su cabeza, por una milésima de segundo, una palpitación lo deja abstraído, mirando fijo hacia ningún lado, como si volviera de un no tan remoto futuro, de apenas unas horas después, como si él mismo se enviara señales de un futuro próximo que tendría que vivir; o tal vez no, tal vez había vivido toda su vida para llegar a este momento,donde su yo anterior había quedado congelado, y él tomando de nuevo el punto de partida que antes quedó inconcluso.
Quedó abstraído unos minutos pensando en lo que podía significar. Ni bien cobró el sentido de nuevo, toma el teléfono que se hallaba al lado del despertador, marca un número desconocido anotado en un papel:
-Mejor otro día- fue lo único que profirió.
El sujeto, quien quiera que sea el que se hallaba al otro lado de la llamada, respondió con un suspiro, que argumentó seguidamente con un breve silencio. Nada más se dijo, sólo el sonido blanco de una extraña conversación telefónica conclusa.
Entonces el hombre se levanta, se pone de pie para empezar su rutina, y prepararse para ir trabajar.
Hoy es lunes pero no irá a trabajar. Introduce sus pies coagulados en las sandalias, y se mete en una bata blanca que alguna vez fue de color celeste. Camina hacia el baño arrastrando los pies a un paso flemático, y encorvado por el peso de los años, como un Atlas jubilado. Acaricia su cutis con hoja de afeitar recién afilada, mientras que la otra mano estira las arrugas para cederle el paso al filo, y luego la piel se vuelve a plegar como un pergamino viejo. Ni bien se quita la espuma con agua tibia, se mira en el espejo empañado, un poco cansado, cuyas bolsas en los ojos son lo que más resaltan -viejo...- sólo eso pronunció al mirar su semblante pálido en el reflejo. Prosigue a lavarse los dientes, con la misma velocidad con la que suele proceder al hacer sus actividades de rutina.
Mira el reloj, ya son las cinco. Revisa en su antiguo armario, casi tan viejo como él, de una madera pesada color caoba aunque ya algo rajada. Y entre el par de camisas blancas que suele usar y que tan característico es en él, pues entre amigos, congéneres y familiares, las camisas de color blanco siempre les resultaron las mejores. Toma una de las nuevas, la más elegante y refinada, la que le había regalado su nietita de apenas nueve años, al conocer su tan apasionada afinidad por las camisas y el color blanco. Ulteriormente se hace con un saco negro, el mismo que usó en su boda a los 21 años, y luego en el funeral que hizo oficial su condición de viudo.
se introduce al interior de la cocina, saca la yerba, y la deposita en el mate. Ni bien oyó chiflar la pava, se hizo con ella. se sienta en la mesa a libar la bombilla de su recipiente, pensando, presagiando lo que pasaría en las últimas horas. Ya son las siete cuando oye tocar la puerta.
-Pase, está abierto -apenas dice, con una voz ronca.
-Ya es hora- aquel extraño sujeto, cuya entrada se embiste de un indescifrable aire lacónico, se limpia los zapatos en la alfombra y cierra la puerta, que luego la asegura con cerrojo.
-Déjeme que abra un poco la ventana, me gusta el aire de invierno por las mañanas.
-Como usted guste- le responde el invitado.
El aire invernal de aquél día, extendiéndose por toda la pequeña morada, hasta que sólo puede respirarse aire puro, y en los pulmones de aquel adulto mayor, se puede sentir la paz y quietud, un momento de altivez, como si volase, como si el peso de su cuerpo desapareciese por un instante, y el alma de su cuerpo se liberara, confundiéndose con el oxígeno de la habitación.
-¿Quiere un matecito? - le invita cortezmente al hombre circunspecto, que con un gesto, un movimiento oscilante de su cabeza, rechaza la oferta.
-Bueno, ya estoy listo- se oye el estruendo, el ruido impertinente, sorpresivo, que rompe con la armonía de un lunes por la mañana, el disparo repentino de las manecillas del despertador delatando la llegada de la luz del alba, más el hombre no durmió en toda la noche, habiendo deseado que su último deseo fuese poder concebir una noche más que lo dejara recorrer los rincones oníricos de su imaginación, más en su cabeza, al sentarse sobre el colchón de su cama, mientras introduce sus pies congelados en la pantufla y sus hombros en la bata de color celeste gastada, siente que en su cabeza, por una milésima de segundo, una palpitación lo deja abstraído, mirando fijo hacia ningún lado, como si volviera de un no tan remoto futuro, de apenas unas horas después, como si él mismo se enviara señales de un futuro próximo que tendría que vivir; o tal vez no, tal vez había vivido toda su vida para llegar a este momento,donde su yo anterior había quedado congelado, y él tomando de nuevo el punto de partida que antes quedó inconcluso.
Quedó abstraído unos minutos pensando en lo que podía significar. Ni bien cobró el sentido de nuevo, toma el teléfono que se hallaba al lado del despertador, marca un número desconocido anotado en un papel:
-Mejor otro día- fue lo único que profirió.
El sujeto, quien quiera que sea el que se hallaba al otro lado de la llamada, respondió con un suspiro, que argumentó seguidamente con un breve silencio. Nada más se dijo, sólo el sonido blanco de una extraña conversación telefónica conclusa.
Entonces el hombre se levanta, se pone de pie para empezar su rutina, y prepararse para ir trabajar.
lunes, 22 de agosto de 2016
La niña de los calzones rotos
Fue un viernes por la noche, en la que yo musitaba dormido,
Arremetido, por el embriagador sabor de una botella de vino,
Mientras la luz del aparador a mis ojos caía,
como mortíferos tridentes de luz divina,
implacables lanzas de Zeus
que mi a cráneo perforaban.
Intenté pararme en mi patetismo etílico,
un payaso perdido o abandonado por el circo,
por los goces arremetido, sometido a sus tentaciones,
Como un perro famélico
Que se acerca a tomar agua de una cloaca sucia.
¡Contemplad la decadencia del vicioso hombre!
Tan necesitado, en su desgracia que nadie lo socorre,
Esta alma sucia y pobre
del embeleso no espera, algún ángel que me encomiende.
¡O al menos eso pensaba! Reclinado en la roja butaca
Aquel tan descuidado aspecto, ¡no del sucio!
Sino como si se tratase de un Dios al que no le importase nada.
Y entre tanto bullicio
Y en aquel espejismo contemplado, mientras el filo de mil estacas
Me atravesaban en picada.
Un olor peculiar invadió todo el salón
Era alta y muy delgada,
su escencia para mi deleite, aún permanecía vedada..
Vino a mi mente una anhelada epifanía,
De aquella figura rústica y dilatada.
Se trataba de algo místico,
Pues aquella poción
era el olor del dentífrico,
indeleble y barato, que yo suelo usar
por las mañanas.
Aquella semejante estatura
Un caminar chueco delataba,
Una cara de rojas comisuras
Como el mismísimo fuego del infierno,
y que por alguna razón tenía el anhelo de sentirlas.
Entonces me envolvía en una calentura,
Un bochorno que parecía eterno,
Que me impulsaban a unas ganas de embestirla
Y cogérmela hasta el alba.
Llevaba un vestido con dibujos de flor
Y algo raro en ese cabello largo, y enmarañado.
Su piel de raro color,
Y sus ojos de pescado.
Pronto me hipnotizaron y supuse que aquel sentimiento,
Era ese mismo que había reducido Troya,
a un viejo fantasma de recuerdos y cenizas.
Amor hecho y derecho,
Con el que pronto mi embriaguez había desaparecido
Pues fue tal el efecto del hechizo
Que no tardé en enfocarme en aquellos pechos
Tan planos y torcidos,
Me imaginaba haciéndole el amor como un salvaje,
Cuando prontamente el olor a pasta dental fue acercándose
Y pude ver mejor aquel pelaje.
Oyose risas creciendo proporcionalmente en el bar,
¡Pobres cerdos vulgares que no saben apreciar
La belleza de una criatura singular!
Llevaba tacones y medias transparentes
Y en mis pantalones, latente
Permanecía un bulto, que se excitaba aún más
Con cada paso que ella daba.
Pero al parecer, lo único que buscaba era el baño de damas.
El padre tiempo me golpeaba la sien,
La impaciencia derretía mi piel
y la convertía en sudor.
El tiempo, interminable me parecía
Y cada segundo que pasaba era dolor,
Sufrimiento y discordia que padecía.
Hasta que por fin, aquella reina salida de su trono,
en cuya punta del tacón, pegado a un mojado papel de baño
que sin despojo me arrojé al suelo para quitarlo.
Pero sin hacerme daño,
Pues yo era capaz de incluso besar aquellas uñas llenas de barro.
Quedé tirado en el piso a merced de aquella dama
Y en la polvorienta madera usada como cama,
Apreciaba sus calzones de tela de lana
Con bordados rojos y color crema.
Y en el calzón se advertía un agujero a la izquierda de su nalga
Y yo sin saber a qué Dios agradecer tan ingente ofrenda
Reposaba ya contemplando el panorama
Más precioso que el mismo río Sena.
¡Oh! ¡Qué deleite para mi vista!
Gracias a esa experiencia, a la vida había vuelto,
Mis ojos coagulados por las venas del espectáculo,
Más aquel culo,
dictaba un oneroso precio
Ya que desde aquel día he quedado tuerto.
Las puntas de aquellos tacones penetraron en mis pupilas,
Pero no siento para nada a ese viejo al que llaman remordimiento
Y en mi memoria quedó grabada,
Aquella tanga tan altiva,
Nalgas flácidas que prometen
Noches interminables de lascivia.
Letanía a un Dios ausente.
Oh Dios todo poderoso apiádate de mi vasta miseria, tú que todo lo ves y que todo lo ignoras, tú, Dios impotente que no haces nada, más que mofarte de tus hijos no deseados, apiádate de nosotros.
Tú que creaste este cruel mundo y dotaste a la mayor de tus creaciones de tus más viles defectos, ten piedad de nosotros.
Tú, que atribuyes la culpa a tus hijos de los errores que cometiste, y nos castigas por tus propias equivocaciones, perdónanos señor.
Envía a tus borregos a juzgarnos y condenarnos al infierno por la blasfemia de ser libre, mándalos a profesar el odio que tú tanto les enseñaste, odio a los diferentes, a los que aman de forma diferente. Encomiéndalos a esta misión tan nefasta como hiciste ya tan incontables veces, a castigar al que adopta la doctrina de amar con libertad.
Tú, Dios del capricho y de los celos, a la espera de que un día te perdonemos por todos tus pecados, el mayor de los pecadores.
No besaré tus pies, Dios de los esclavos, tú que todo lo ves con esos ojos miopes, y que todo lo escuchas con esa sordera divina.
Mientras que tus pupilos esperan tu próximo milagro, la próxima plaga, o la próxima gran inundación, o el envió de otros de tus hijos a ser torturado y asesinado brutalmente en vano.
Esperamos tu próximo milagro, oh señor, sigue esparciendo el cáncer, tu tan afable prueba, o de los tantos tumores malignos que tienes bajo la manga. Sigue promoviendo tu mensaje de odio a la humanidad, pues nos has hecho demasiado tontos para ver tu verdadero propósito.
viernes, 5 de agosto de 2016
El brillo de la oscuridad (cierra los ojos y salta a lo profundo)
¿Alguna vez viste brillar a la oscuridad? Es hermosa, ¿no es así? Quizás por eso no lo entiendas, porque no puedes ver ese brillo. Me temo que es algo demasiado complicado para que una mente como la tuya pueda entenderlo... ¿Qué dices? ¿Que me creo superior a los demás? Puede ser, o puede ser que no... Puede ser que tu seas superior a mí, y yo no esté a tu nivel. Que me encuentre en el fondo de un acantilado. Es por eso que no podemos entendernos, tu eres superior, te encuentras en la superficie, eres "superficial"... Yo en cambio soy inferior, estoy en la profundidad, soy "profundo", y es por eso que puedo ver el brillo de la oscuridad.
Yo estuve mucho tiempo en la superficie, hasta que tanta luz me derritió los ojos, y empecé a ver con claridad. Ahora vivo en la profundidad, sólo aquí puedo encontrar los secretos que la luminosidad me ofreció... Sacrifiqué un sentido para usar los otros cuatro, pero sigo viendo: veo con mis manos, con mi olfato, mi paladar, mis oídos. Lo que no me ofreció la vista, me lo ofrecen mis otros sentidos, y las piezas del rompecabezas van ubicándose en sus respectivas piezas con morosidad metódica. Salta al precipicio o deja que la verdad de la luz te ofusque, para ver la oscura verdad, y cuando te acostumbres verás como esa verdad tan oscura empieza a tener un tenue brillo...
viernes, 29 de julio de 2016
El títere sin cuerdas
Fue aquel día, cuando aún no existían los días, ya que
tampoco existía lo que hoy conocemos como tiempo; en ese infinito espacio, en
la nada misma, fue cuando aquella fuerza que ni siquiera él entendía qué, o
quién era, decidió luego de unos pocos segundos, cuando el espacio vacío ya se hallaba
poblado por una cantidad incontable de estrellas, luces y astros magníficos,
danzando por todo el escenario que hace apenas segundos atrás era un espejo negro,
nace una pequeña criatura, que al darse cuenta ya se encontraba rodeada de
otras miles de millones de alimañas que lo acompañarían a lo largo de esos
segundos tan patéticos.
Aquella fuerza, ser vivo o no, consciente o
inconscientemente, acumula unos pedazos de carne y vísceras y los mezcla, convirtiéndolas
en masa ininteligible. No tarda mucho, tal vez una millonésima parte de aquel
segundo, para que esa masa de carne deforme empiece a tomar consistencia y
presente indicios de movimiento. De él empiezan a desprenderse fragmentos, como
gusanos que intentan independizarse de esa bola de materias reutilizadas,
entonces los brazos y piernas comienzan a discernirse, junto con el cráneo. De
su efímero letargo, de esa cabeza amorfa se construyen dos globos que hacen una
especie de acto reflejo involuntario.
Durante uno de esos acto reflejos, el ser que otrora amorfo,
se dirige, y continúa parpadeando, y ve cómo la densidad de la atmósfera
cambia, y mira a su alrededor, mira hacia arriba y se quema las retinas recién nacidas, se
resigna y vuelve a mirar la tierra, que cada vez parece achicarse más. Sigue
hacia adelante, ahora, ser bípedo, al camino siempre, adelante… hasta que se
detiene por completo, como si fuera detenido por muros invisibles, pero no es
eso, sino que cae en la cuenta de que algo, en todo este tiempo que ha estado
marchando firme, raudo hacia al frente, sospecha de algo y vuelve a mirar hacia
arriba, y aterrorizado se da cuenta de que de él se desprenden cuerdas casi
inadvertibles, y que a causa de los rayos de la estrella solar que como
camuflajes han sido aprovechados, se delatan por el mortecino cielo ahora rojo
y naranja. Cuerdas brillantes que se deslizan por las palabras del aire, se
enredan, se devanan, y el pedazo de carne mal concebido, ahora llamado hombre,
boquiabierto mira la coreografía de esos hilos que se hayan incrustados en todo
su cuerpo.
Dubitativo, continúa su sendero sinuoso, lleno de peligros y
misterios. El hombre tropieza, y es levantado por esos hilos, se topa con
fieras letales, y el brillo de sus sedosos desprendimientos ciegan sus miradas anhelantes de presa
fácil, y continúa… continúa, aquella magia, él sostén y protección de la
famélica especie humana.
Cada vez brotan de su piel más cuerdas, y líneas. Entonces
aquel huésped empieza a preguntarse de dónde proceden, cómo nacen, e insatisfecho
no encuentra las respuestas, pero complacido de que sigan allí y cada vez
nazcan más, las cuáles pueden sostener su peso inerte, y así, él poder descansar
durante breves periodos de cientos de años.
Sus brazos, piernas, vientre, cabeza, cada parte de su
anatomía se convierte en campo fértil, y las cuerdas nacen y crecen hasta que
los ojos ya no las pueden divisar y se confunden con el cielo y las nubes. Entonces,
en ese último segundo durante la noche, el hombre despierta en su cama de hilos
y siente un cosquilleo en su hombro derecho. Nota como un hilo negro, de metal
oxidado se encuentra clavada en su carne con un gancho de carnicero.
Su mirada, guiada por el prurito de sangre, marca un nombre
gravado en el anzuelo que dice ‘’economía’’. Pero pronto el ardor se propaga
por todo el cuerpo, aparecen otros hilos negros con olor a hierro añejo, se
prenden a toda la fisonomía del hombre-títere, que en todo ese insignificante
fragmento de la historia del universo, su metamorfosis lo ha guiado a tal final
oneroso. Más ganchos se adhieren a sus tejidos ya condenados a servir como
soporte, de aquella hamaca, que en tiempos pretéritos fue un pedazo de carne,
ora en cuatro patas, ora en dos, concluyendo como una cama que mira al cielo, y
aprecia como esos hilos tan brillantes, ahora lluvia de hojas negras, virutas
del metal condenatorio, derraman en su cara hasta formarlo en un manto
congelado.
‘’Economía’’, ‘’religión’’, ‘’Ciencia’’, ‘’Sociedad’’, hilos
cuyo grosor aumenta cada vez más convirtiéndolos ya en gruesas cadenas
herméticas, casi irrompibles.
Allí marchan, contra tiempo, algunos que se acostumbran al
dolor de los ganchos que se aferran, otros intentando librarse del yugo. Ahora
las cadenas metálicas avanzan llevando a sus pacientes en reposo, acostados ya
sin usar sus piernas, hacia un destino indeterminado, y aquellos que luchan, y
cortan su propia piel encarnada para desligarse de los brazos que una vez fueron
los que guiaron, ahora imponen el rumbo.
De entre millones, unos pocos hacen el esfuerzo por pelear
con sus tentáculos infernales, pero la batalla no cesa, interrumpida a la
mitad, por el sonido del reloj, del último grano de arena cayendo a coexistir
con el resto de sus iguales. Y aquél segundo, aquél ínfimo e insignificante
segundo queda concluido y de ese cuerpo de entre los infinitos planetas
fundidos por el que nadie conoce su nombre ni su aspecto, se enfría, se oprime
y desaparece.
viernes, 8 de julio de 2016
De la razón del porqué me gusta leer y escribir literatura
Hace unos días me puse a pensar en el sinnúmero
de actividades y disciplinas en las que soy un mediocre, pensamiento que
no es fuera de lo habitual, sólo que esa vez con un planteamiento inusual, ¿También soy mediocre escribiendo? La
respuesta no tardó en llegar: sí lo soy.
Pero la pregunta correcta, o siendo más
claro, la pregunta ideal es ¿por qué me sigue gustando la escritura sabiendo que mi prosa no
tiene nada de especial?
Me he sentido frustrado en muchas ocasiones,
en mis intentos de ser medianamente bueno en algo, y siempre he
fallado. Irónicamente es en eso en lo que soy bueno, en fallar, cometer
errores.
Tal vez de todo esto que esté escribiendo
pueda sacar dos o tres cosas buenas de mi, ya tenemos una: cometer errores.
Discúlpame esta abrupta interrupción, pero
todo esto que leerás esta cargado de subjetividad y sentimentalismo
barato e inútil, así que si no quieres perder tu tiempo lo aconsejable es
que leas algo más productivo, una vez hecha esta advertencia, me atrevo a proseguir.
Me engaño a mí mismo, o mejor dicho nos engañamos
al creer que no nos vemos afectados por lo que podrán pensar los demás,
pero la verdad inexorable es que no hay forma definitiva de bloquear las
magnitudes de pensamiento y opinión
de gente externa a nuestra existencia interna.
Nuestra disposición a ignorar voces que se
exhalan de un pulmón lleno de envidia y sed, que no hacen más
que ocultar su tan triste impotencia y resentimiento, convierte a nuestro
inconsciente en un mendigo que escarba en un contenedor de basura para
poder extraer un pequeño pedazo de pan rancio pero comestible.
Lo que trato de decir es, que de todo lo
que se dice, por más podrido que sea el contenido, nuestra conducta
cambia, aunque a un grado ínfimo, casi insignificante, pero cambia.
A lo largo del transcurso de mis tan
precoces años, me he visto impulsado por esas voces de repudio y desaprobación.
Me ha ganado siempre, salvo en esta, que es la razón por la cuál estoy
expresándome.
No soy un buen escritor, tal vez
nunca lo seré, no importa cuantas sean las indulgentes opiniones que
reciba de aquellos quienes nublan su juicio dictado por su mente
prejuiciosa. si bien no me considero un escritor con porvenir que pueda
vivir de lo que escribe, si considero que tengo una capacidad particular
que tal vez sea la razón del porque aparento tener una escritura
aceptable: mi sinceridad.
No conozco muchas formas de manifestarme, escribir
de vez en cuando es el único medio, el único recipiente donde puedo vomitar sin
ensuciar otras superficies.
Cuando escribo no sólo estoy siendo sincero con
otras personas, también lo hago conmigo. A veces el pensamiento no es suficiente
y necesito materializarlo, formatearlo a algo discernible. Por el momento no
conozco otro secreto que no sea ese. Proyectarme en una hoja, en un
patético poema, o en un cuento poco original y mal redactado, o directamente en
un sinceramiento suicida, como en este caso.
Tal vez algún día alcance, con mucha suerte,
la décima parte del potencial de mis adalides, que para mí se figuran como
los semi-dioses de la mitología homérica, o los simbólicos personajes
de la tragedia de sófocles; cuando eso suceda (si es que llega a suceder,
algo improbable) me sentiré satisfecho conmigo mismo.
Incluso los mismos filósofos y algunos
teóricos se han atrevido a considerar a las artes literarias y filosóficas,
(en algunos casos más extremos, todas las ciencias blandas), como materias
inútiles. En ese caso esto es lo ideal para mí, y aunque no crea en el destino,
es como si mi razón de ser se justificara, ya que después de
todo soy un inútil por naturaleza.
Cuando sienta que en un momento leer
y escribir ya no me complete, va a ser el día en el que dejaré de
inmiscuirme entre hojas y palabras. Como cierre, para mi deleite personal, dejo
una breve frase de Goethe, que quizás pueda aplicarse a todo lo que dije
anteriormente:
''Es un gran error creerse más de lo que
uno es, o menos de lo que uno vale''.
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