Oh Dios todo poderoso apiádate de mi vasta miseria, tú que todo lo ves y que todo lo ignoras, tú, Dios impotente que no haces nada, más que mofarte de tus hijos no deseados, apiádate de nosotros.
Tú que creaste este cruel mundo y dotaste a la mayor de tus creaciones de tus más viles defectos, ten piedad de nosotros.
Tú, que atribuyes la culpa a tus hijos de los errores que cometiste, y nos castigas por tus propias equivocaciones, perdónanos señor.
Envía a tus borregos a juzgarnos y condenarnos al infierno por la blasfemia de ser libre, mándalos a profesar el odio que tú tanto les enseñaste, odio a los diferentes, a los que aman de forma diferente. Encomiéndalos a esta misión tan nefasta como hiciste ya tan incontables veces, a castigar al que adopta la doctrina de amar con libertad.
Tú, Dios del capricho y de los celos, a la espera de que un día te perdonemos por todos tus pecados, el mayor de los pecadores.
No besaré tus pies, Dios de los esclavos, tú que todo lo ves con esos ojos miopes, y que todo lo escuchas con esa sordera divina.
Mientras que tus pupilos esperan tu próximo milagro, la próxima plaga, o la próxima gran inundación, o el envió de otros de tus hijos a ser torturado y asesinado brutalmente en vano.
Esperamos tu próximo milagro, oh señor, sigue esparciendo el cáncer, tu tan afable prueba, o de los tantos tumores malignos que tienes bajo la manga. Sigue promoviendo tu mensaje de odio a la humanidad, pues nos has hecho demasiado tontos para ver tu verdadero propósito.

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