En la mañana, un hombre despertó y decidió buscarse a sí mismo. Ese día emprendió el viaje.
Se dirigió primero a los caminos de tierra y recorrió los pasajes de su entorno cercano. Pronto pasó a las propiedades vecinas hasta llegar a las comunidades aledañas. Siguió así hasta chocar con lo que antes era el horizonte. Caminó por los prados y las llanuras, y en el espeso bosque se enredó entre las telarañas de su pensamiento, perseguido por su depredador la conciencia. Al zafarse, empezó a nadar por los ríos y lagos, entre peces y patos. No tardó en llegar al mar, donde nadó y se sumergió harto hasta tocar las profundidades. Pasando el océano se vio empujado por las corrientes de su inseguridad. Con cada brazada se enfrentó a tormentas de incertidumbre que no parecían tener fin. Llegó a otros continentes. Merodeó en los caminos de otras civilizaciones, de otros hombres como él, sus huellas aún permanecían frescas. Fue saltando hasta la punta de los Alpes y se deslizó por el Himalaya. Nadó nuevamente hasta llegar a su continente y jugó a ser trapecista en las cordilleras de los Andes de una punta a otra, y viceversa. El frío de la soledad congelaba. Desde allí se tiró al océano pacífico, se sumergió y volvió a emerger en el índico, tuvo que tomar mucho aire para semejante hazaña. Se paseó por las antiguas y las más recientes rutas de la seda, y tomó todos los caminos que llevan a Roma, y se le antojó entonces tomar el sol de los desiertos y nadó de espaldas por el mar negro para ahorrar camino. De los desiertos de arena pasó a los de hielo, pero el cambio de temperatura no le sentó del todo bien. Se dirigió una vez más a las praderas y adhesas y así comprobar si se había olvidado de revisar algún rincón. Indagó cada hueco, cada caverna y cavidad subterránea, se esparció entre las malezas y la espesa hierba, metió su cabeza en huecos de tarántulas, y troncos ahuecados, revisó las entrañas de todos los animales habidos y por haber. Se introdujo en el hocico de un cerdo hasta llegar a su estómago.En los ríos, mares y océanos ya recorridos una veintena de veces, descendió lo más que pudo a las profundidades hasta que la presión de la angustia empezaba a aplastarlo. En las playas y desiertos levantó cada grano de arena, hasta que su desesperación llegó a tal grado que empezó a manosear las caderas de los átomos. Cansado de buscar en la tierra y el agua, en lo más alto de la cordillera amputó las alas de un cóndor andino y se las puso para sí. Circuló todo los cielos, hasta que las nubes del mundo se evaporaron y las alas del cóndor se desplumaron. Estrelló en el amazonas, y desde el piso contempló el universo, empecinado a continuar allí su búsqueda, pero su cuerpo lo aferraba a la gravedad de este planeta, y como si se tratase de un cáscara de banana, desgarró su cuerpo, lo partió en varios tirones, y se soltó al espacio.
Cansado ya de divagar en círculos por el sistema solar, descendió hasta su maltrecho recipiente, y sólo bastó con atarse unas cuerdas para quedar casi como nuevo. Exhausto ya de tanta búsqueda volvió a su hogar, pero antes de entrar palpó infructuosamente los bolsillos de su ropa, con la esperanza de encontrarse algo ahí, pero todo resultó en vano. Cuando entró a su casa cayó en la cuenta de que ya se había perdido, justo en el momento en que dio el primer paso para iniciar el viaje.