lunes, 22 de agosto de 2016
La niña de los calzones rotos
Fue un viernes por la noche, en la que yo musitaba dormido,
Arremetido, por el embriagador sabor de una botella de vino,
Mientras la luz del aparador a mis ojos caía,
como mortíferos tridentes de luz divina,
implacables lanzas de Zeus
que mi a cráneo perforaban.
Intenté pararme en mi patetismo etílico,
un payaso perdido o abandonado por el circo,
por los goces arremetido, sometido a sus tentaciones,
Como un perro famélico
Que se acerca a tomar agua de una cloaca sucia.
¡Contemplad la decadencia del vicioso hombre!
Tan necesitado, en su desgracia que nadie lo socorre,
Esta alma sucia y pobre
del embeleso no espera, algún ángel que me encomiende.
¡O al menos eso pensaba! Reclinado en la roja butaca
Aquel tan descuidado aspecto, ¡no del sucio!
Sino como si se tratase de un Dios al que no le importase nada.
Y entre tanto bullicio
Y en aquel espejismo contemplado, mientras el filo de mil estacas
Me atravesaban en picada.
Un olor peculiar invadió todo el salón
Era alta y muy delgada,
su escencia para mi deleite, aún permanecía vedada..
Vino a mi mente una anhelada epifanía,
De aquella figura rústica y dilatada.
Se trataba de algo místico,
Pues aquella poción
era el olor del dentífrico,
indeleble y barato, que yo suelo usar
por las mañanas.
Aquella semejante estatura
Un caminar chueco delataba,
Una cara de rojas comisuras
Como el mismísimo fuego del infierno,
y que por alguna razón tenía el anhelo de sentirlas.
Entonces me envolvía en una calentura,
Un bochorno que parecía eterno,
Que me impulsaban a unas ganas de embestirla
Y cogérmela hasta el alba.
Llevaba un vestido con dibujos de flor
Y algo raro en ese cabello largo, y enmarañado.
Su piel de raro color,
Y sus ojos de pescado.
Pronto me hipnotizaron y supuse que aquel sentimiento,
Era ese mismo que había reducido Troya,
a un viejo fantasma de recuerdos y cenizas.
Amor hecho y derecho,
Con el que pronto mi embriaguez había desaparecido
Pues fue tal el efecto del hechizo
Que no tardé en enfocarme en aquellos pechos
Tan planos y torcidos,
Me imaginaba haciéndole el amor como un salvaje,
Cuando prontamente el olor a pasta dental fue acercándose
Y pude ver mejor aquel pelaje.
Oyose risas creciendo proporcionalmente en el bar,
¡Pobres cerdos vulgares que no saben apreciar
La belleza de una criatura singular!
Llevaba tacones y medias transparentes
Y en mis pantalones, latente
Permanecía un bulto, que se excitaba aún más
Con cada paso que ella daba.
Pero al parecer, lo único que buscaba era el baño de damas.
El padre tiempo me golpeaba la sien,
La impaciencia derretía mi piel
y la convertía en sudor.
El tiempo, interminable me parecía
Y cada segundo que pasaba era dolor,
Sufrimiento y discordia que padecía.
Hasta que por fin, aquella reina salida de su trono,
en cuya punta del tacón, pegado a un mojado papel de baño
que sin despojo me arrojé al suelo para quitarlo.
Pero sin hacerme daño,
Pues yo era capaz de incluso besar aquellas uñas llenas de barro.
Quedé tirado en el piso a merced de aquella dama
Y en la polvorienta madera usada como cama,
Apreciaba sus calzones de tela de lana
Con bordados rojos y color crema.
Y en el calzón se advertía un agujero a la izquierda de su nalga
Y yo sin saber a qué Dios agradecer tan ingente ofrenda
Reposaba ya contemplando el panorama
Más precioso que el mismo río Sena.
¡Oh! ¡Qué deleite para mi vista!
Gracias a esa experiencia, a la vida había vuelto,
Mis ojos coagulados por las venas del espectáculo,
Más aquel culo,
dictaba un oneroso precio
Ya que desde aquel día he quedado tuerto.
Las puntas de aquellos tacones penetraron en mis pupilas,
Pero no siento para nada a ese viejo al que llaman remordimiento
Y en mi memoria quedó grabada,
Aquella tanga tan altiva,
Nalgas flácidas que prometen
Noches interminables de lascivia.
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