martes, 30 de agosto de 2016

Déjà vu

El hombre se pone de pie al oír sonar el despertador, ajustado a la misma hora todos los días de la semana. Son las cuatro de la mañana, y el hombre casi no durmió en esas seis horas de reposo, despertando con el cansado deseo de querer quedarse en esos rincones oníricos del inconsciente.
Hoy es lunes pero no irá a trabajar. Introduce sus pies coagulados en las sandalias, y se mete en una bata blanca que alguna vez fue de color celeste. Camina hacia el baño arrastrando los pies a un paso flemático, y encorvado por el peso de los años, como un Atlas jubilado. Acaricia su cutis con hoja de afeitar recién afilada, mientras que la otra mano estira las arrugas para cederle el paso al filo, y luego la piel se vuelve a plegar como un pergamino viejo. Ni bien se quita la espuma con agua tibia, se mira en el espejo empañado, un poco cansado, cuyas bolsas en los ojos son lo que más resaltan -viejo...- sólo eso pronunció al mirar su semblante pálido en el reflejo. Prosigue a lavarse los dientes, con la misma velocidad con la que suele proceder al hacer sus actividades de rutina.
Mira el reloj, ya son las cinco. Revisa en su antiguo armario, casi tan viejo como él, de una madera pesada color caoba aunque ya algo rajada. Y entre el par de camisas blancas que suele usar y que tan característico es en él, pues entre amigos, congéneres y familiares, las camisas de color blanco siempre les resultaron las mejores. Toma una de las nuevas, la más elegante y refinada, la que le había regalado su nietita de apenas nueve años, al conocer su tan apasionada afinidad por las camisas y el color blanco. Ulteriormente se hace con un saco negro, el mismo que usó en su boda a los 21 años, y luego en el funeral que hizo oficial su condición de viudo.
se introduce al interior de la cocina, saca la yerba, y la deposita en el mate. Ni bien oyó chiflar la pava, se hizo con ella. se sienta en la mesa a libar la bombilla de su recipiente, pensando,  presagiando lo que pasaría en las últimas horas. Ya son las siete cuando oye tocar la puerta.
-Pase, está abierto -apenas dice, con una voz ronca.
-Ya es hora- aquel extraño sujeto, cuya entrada se embiste de un indescifrable aire lacónico, se limpia los zapatos en la alfombra y cierra la puerta, que luego la asegura con cerrojo.
-Déjeme que abra un poco la ventana, me gusta el aire de invierno por las mañanas.
-Como usted guste- le responde el invitado.
El aire invernal de aquél día, extendiéndose por toda la pequeña morada, hasta que sólo puede respirarse aire puro, y en los pulmones de aquel adulto mayor, se puede sentir la paz y quietud, un momento de altivez, como si volase, como si el peso de su cuerpo desapareciese por un instante, y el alma de su cuerpo se liberara, confundiéndose con el oxígeno de la habitación.
-¿Quiere un matecito? - le invita cortezmente al hombre circunspecto, que con un gesto, un movimiento oscilante de su cabeza, rechaza la oferta.
-Bueno, ya estoy listo- se oye el estruendo, el ruido impertinente, sorpresivo,  que rompe con la armonía de un lunes por la mañana, el disparo repentino de las manecillas del despertador delatando la llegada de la luz del alba, más el hombre no durmió en toda la noche, habiendo deseado que su último deseo fuese poder concebir una noche más que lo dejara recorrer los rincones oníricos de su imaginación, más en su cabeza, al sentarse sobre el colchón de su cama, mientras introduce sus pies congelados en la pantufla y sus hombros en la bata de color celeste gastada, siente que en su cabeza, por una milésima de segundo, una palpitación lo deja abstraído, mirando fijo hacia ningún lado, como si volviera de un no tan remoto futuro, de apenas unas horas después, como si él mismo se enviara señales de un futuro próximo que tendría que vivir; o tal vez no, tal vez había vivido toda su vida para llegar a este momento,donde su yo anterior había quedado congelado, y él tomando de nuevo el punto de partida que antes quedó inconcluso.
Quedó abstraído unos minutos pensando en lo que podía significar. Ni bien cobró el sentido de nuevo, toma el teléfono que se hallaba al lado del despertador, marca un número desconocido anotado en un papel:
-Mejor otro día- fue lo único que profirió.
El sujeto, quien quiera que sea el que se hallaba al otro lado de la llamada, respondió con un suspiro, que argumentó seguidamente con un breve silencio. Nada más se dijo, sólo el sonido blanco de una extraña conversación telefónica conclusa.
Entonces el hombre se levanta, se pone de pie para empezar su rutina, y prepararse para ir trabajar.

lunes, 22 de agosto de 2016

La niña de los calzones rotos


Fue un viernes por la noche, en la que yo musitaba dormido,
Arremetido, por el embriagador sabor de una botella de vino,
Mientras la luz del aparador a mis ojos caía,
como mortíferos tridentes de luz divina,
implacables lanzas de Zeus
 que mi a cráneo perforaban.

Intenté pararme en mi patetismo etílico,
un payaso perdido o abandonado por el circo,
por los goces arremetido, sometido a sus tentaciones,
Como un perro famélico
Que se acerca a tomar agua de una cloaca sucia.

¡Contemplad la decadencia del vicioso hombre!
Tan necesitado, en su desgracia  que nadie lo socorre,
Esta alma sucia y pobre
del embeleso no espera, algún ángel que me encomiende.

¡O al menos eso pensaba! Reclinado en la roja butaca
Aquel tan descuidado aspecto, ¡no del sucio!
Sino como si se tratase de un Dios al que no le importase nada.
Y entre tanto bullicio
Y en aquel espejismo contemplado, mientras el filo de mil estacas
Me atravesaban en picada.

Un olor peculiar invadió todo el salón
Era alta y muy delgada,
su escencia para mi deleite, aún permanecía vedada..

Vino a mi mente una anhelada epifanía,
De aquella figura rústica y dilatada.
Se trataba de algo místico,
Pues aquella poción
era el olor del dentífrico,
indeleble y barato, que yo suelo usar
por las mañanas.


Aquella semejante estatura
Un caminar chueco  delataba,
Una cara de rojas comisuras
Como el mismísimo fuego del infierno,
y que por alguna razón tenía el anhelo de sentirlas.
Entonces me envolvía en una calentura,
Un bochorno que parecía eterno,
Que me impulsaban a unas ganas de embestirla
Y cogérmela hasta el alba.

Llevaba un vestido con dibujos de flor
Y algo raro en ese cabello largo, y enmarañado.
Su piel de raro color,
Y sus ojos de pescado.
Pronto me hipnotizaron y supuse que aquel sentimiento,
Era ese mismo que había reducido Troya,
a un viejo fantasma de recuerdos y cenizas.



Amor hecho y derecho,
Con el que pronto mi embriaguez había desaparecido
Pues fue tal el efecto del hechizo
Que no tardé en enfocarme en aquellos pechos
Tan planos y torcidos,

Me imaginaba haciéndole el amor como un salvaje,
Cuando prontamente el olor a pasta dental fue acercándose
Y pude ver mejor aquel pelaje.

Oyose risas creciendo proporcionalmente en el bar,
¡Pobres cerdos vulgares que no saben apreciar
La belleza de una criatura singular!

Llevaba tacones y medias transparentes
Y en mis pantalones, latente
Permanecía un bulto, que se excitaba aún más
Con cada paso que ella daba.
Pero al parecer, lo único que buscaba era el baño de damas.

El padre tiempo me golpeaba la sien,
La impaciencia derretía mi piel
 y la convertía en sudor.
El tiempo, interminable me parecía
Y cada segundo que pasaba era dolor,
Sufrimiento y discordia que padecía.


Hasta que por fin, aquella reina salida de su trono,
en cuya punta del tacón, pegado a un mojado papel de baño
que sin despojo me arrojé al suelo para quitarlo.
Pero sin hacerme daño,
Pues yo era capaz de incluso besar aquellas uñas llenas de barro.



Quedé tirado en el piso a merced de aquella dama
Y en la polvorienta madera usada como cama,
 Apreciaba sus  calzones de tela de lana
Con bordados rojos y color crema.
Y en el calzón se advertía un agujero a la izquierda de su nalga
Y yo sin saber a qué Dios agradecer tan ingente ofrenda
Reposaba ya contemplando el  panorama
Más precioso que el  mismo río Sena.



¡Oh! ¡Qué deleite para mi vista!
Gracias a esa experiencia, a la vida había vuelto,
Mis ojos coagulados por las venas del espectáculo,
Más aquel culo,
dictaba un oneroso precio
Ya que desde aquel día he quedado tuerto.

Las puntas de aquellos tacones penetraron en mis pupilas,
Pero no siento para nada a ese viejo al que llaman remordimiento
Y en mi memoria quedó grabada,
Aquella tanga tan altiva,
Nalgas flácidas que prometen
Noches interminables de lascivia.

Letanía a un Dios ausente.


Oh Dios todo poderoso apiádate de mi vasta miseria, tú que todo lo ves y que todo lo ignoras, tú, Dios impotente que no haces nada, más que mofarte de tus hijos no deseados, apiádate de nosotros.
Tú que creaste este cruel mundo y dotaste a la mayor de tus creaciones de tus más viles defectos, ten piedad de nosotros.
Tú, que atribuyes la culpa a tus hijos de los errores que cometiste, y nos castigas por tus propias equivocaciones, perdónanos señor.
Envía a tus borregos a juzgarnos y condenarnos al infierno por la blasfemia de ser libre, mándalos a profesar el odio que tú tanto les enseñaste, odio a los diferentes, a los que aman de forma diferente. Encomiéndalos a esta misión tan nefasta como hiciste ya tan incontables veces, a castigar al que adopta la doctrina de amar con libertad.
Tú, Dios del capricho y de los celos, a la espera de que un día te perdonemos por todos tus pecados, el mayor de los pecadores.
No besaré tus pies, Dios de los esclavos, tú que todo lo ves con esos ojos miopes, y que todo lo escuchas con esa sordera divina.
Mientras que tus pupilos esperan tu próximo milagro, la próxima plaga, o la próxima gran inundación, o el envió de otros de tus hijos a ser torturado y asesinado brutalmente en vano.
Esperamos tu próximo milagro, oh señor, sigue esparciendo el cáncer, tu tan afable prueba, o de los tantos tumores malignos que tienes bajo la manga. Sigue promoviendo tu mensaje de odio a la humanidad, pues nos has hecho demasiado tontos para ver tu verdadero propósito.

viernes, 5 de agosto de 2016

El brillo de la oscuridad (cierra los ojos y salta a lo profundo)

¿Alguna vez viste brillar a la oscuridad? Es hermosa, ¿no es así? Quizás por eso no lo entiendas, porque no puedes ver ese brillo. Me temo que es algo demasiado complicado para que una mente como la tuya pueda entenderlo... ¿Qué dices? ¿Que me creo superior a los demás? Puede ser, o puede ser que no... Puede ser que tu seas superior a mí, y yo no esté a tu nivel. Que me encuentre en el fondo de un acantilado. Es por eso que no podemos entendernos, tu eres superior, te encuentras en la superficie, eres "superficial"... Yo en cambio soy inferior, estoy en la profundidad, soy "profundo", y es por eso que puedo ver el brillo de la oscuridad.

Yo estuve mucho tiempo en la superficie, hasta que tanta luz me derritió los ojos, y empecé a ver con claridad. Ahora vivo en la profundidad, sólo aquí puedo encontrar los secretos que la luminosidad me ofreció... Sacrifiqué un sentido para usar los otros cuatro, pero sigo viendo: veo con mis manos, con mi olfato, mi paladar, mis oídos. Lo que no me ofreció la vista, me lo ofrecen mis otros sentidos, y las piezas del rompecabezas van ubicándose en sus respectivas piezas con morosidad metódica. Salta al precipicio o deja que la verdad de la luz te ofusque, para ver la oscura verdad, y cuando te acostumbres verás como esa verdad tan oscura empieza a tener un tenue brillo...

viernes, 29 de julio de 2016

El títere sin cuerdas


Fue aquel día, cuando aún no existían los días, ya que tampoco existía lo que hoy conocemos como tiempo; en ese infinito espacio, en la nada misma, fue cuando aquella fuerza que ni siquiera él entendía qué, o quién era, decidió luego de unos pocos segundos, cuando el espacio vacío ya se hallaba poblado por una cantidad incontable de estrellas, luces y astros magníficos, danzando por todo el escenario que hace apenas segundos atrás era un espejo negro, nace una pequeña criatura, que al darse cuenta ya se encontraba rodeada de otras miles de millones de alimañas que lo acompañarían a lo largo de esos segundos tan patéticos.
Aquella fuerza, ser vivo o no, consciente o inconscientemente, acumula unos pedazos de carne y vísceras y los mezcla, convirtiéndolas en masa ininteligible. No tarda mucho, tal vez una millonésima parte de aquel segundo, para que esa masa de carne deforme empiece a tomar consistencia y presente indicios de movimiento. De él empiezan a desprenderse fragmentos, como gusanos que intentan independizarse de esa bola de materias reutilizadas, entonces los brazos y piernas comienzan a discernirse, junto con el cráneo. De su efímero letargo, de esa cabeza amorfa se construyen dos globos que hacen una especie de acto reflejo involuntario.
Durante uno de esos acto reflejos, el ser que otrora amorfo, se dirige, y continúa parpadeando, y ve cómo la densidad de la atmósfera cambia, y mira a su alrededor, mira hacia arriba y se quema las retinas recién nacidas, se resigna y vuelve a mirar la tierra, que cada vez parece achicarse más. Sigue hacia adelante, ahora, ser bípedo, al camino siempre, adelante… hasta que se detiene por completo, como si fuera detenido por muros invisibles, pero no es eso, sino que cae en la cuenta de que algo, en todo este tiempo que ha estado marchando firme, raudo hacia al frente, sospecha de algo y vuelve a mirar hacia arriba, y aterrorizado se da cuenta de que de él se desprenden cuerdas casi inadvertibles, y que a causa de los rayos de la estrella solar que como camuflajes han sido aprovechados, se delatan por el mortecino cielo ahora rojo y naranja. Cuerdas brillantes que se deslizan por las palabras del aire, se enredan, se devanan, y el pedazo de carne mal concebido, ahora llamado hombre, boquiabierto mira la coreografía de esos hilos que se hayan incrustados en todo su cuerpo.
Dubitativo, continúa su sendero sinuoso, lleno de peligros y misterios. El hombre tropieza, y es levantado por esos hilos, se topa con fieras letales, y el brillo de sus sedosos desprendimientos ciegan sus miradas anhelantes de presa fácil, y continúa… continúa, aquella magia, él sostén y protección de la famélica especie humana.

Cada vez brotan de su piel más cuerdas, y líneas. Entonces aquel huésped empieza a preguntarse de dónde proceden, cómo nacen, e insatisfecho no encuentra las respuestas, pero complacido de que sigan allí y cada vez nazcan más, las cuáles pueden sostener su peso inerte, y así, él poder descansar durante breves periodos de cientos de años.

Sus brazos, piernas, vientre, cabeza, cada parte de su anatomía se convierte en campo fértil, y las cuerdas nacen y crecen hasta que los ojos ya no las pueden divisar y se confunden con el cielo y las nubes. Entonces, en ese último segundo durante la noche, el hombre despierta en su cama de hilos y siente un cosquilleo en su hombro derecho. Nota como un hilo negro, de metal oxidado se encuentra clavada en su carne con un gancho de carnicero.

Su mirada, guiada por el prurito de sangre, marca un nombre gravado en el anzuelo que dice ‘’economía’’. Pero pronto el ardor se propaga por todo el cuerpo, aparecen otros hilos negros con olor a hierro añejo, se prenden a toda la fisonomía del hombre-títere, que en todo ese insignificante fragmento de la historia del universo, su metamorfosis lo ha guiado a tal final oneroso. Más ganchos se adhieren a sus tejidos ya condenados a servir como soporte, de aquella hamaca, que en tiempos pretéritos fue un pedazo de carne, ora en cuatro patas, ora en dos, concluyendo como una cama que mira al cielo, y aprecia como esos hilos tan brillantes, ahora lluvia de hojas negras, virutas del metal condenatorio, derraman en su cara hasta formarlo en un manto congelado.

‘’Economía’’, ‘’religión’’, ‘’Ciencia’’, ‘’Sociedad’’, hilos cuyo grosor aumenta cada vez más convirtiéndolos ya en gruesas cadenas herméticas, casi irrompibles.

Allí marchan, contra tiempo, algunos que se acostumbran al dolor de los ganchos que se aferran, otros intentando librarse del yugo. Ahora las cadenas metálicas avanzan llevando a sus pacientes en reposo, acostados ya sin usar sus piernas, hacia un destino indeterminado, y aquellos que luchan, y cortan su propia piel encarnada para desligarse de los brazos que una vez fueron los que guiaron, ahora imponen el rumbo.

De entre millones, unos pocos hacen el esfuerzo por pelear con sus tentáculos infernales, pero la batalla no cesa, interrumpida a la mitad, por el sonido del reloj, del último grano de arena cayendo a coexistir con el resto de sus iguales. Y aquél segundo, aquél ínfimo e insignificante segundo queda concluido y de ese cuerpo de entre los infinitos planetas fundidos por el que nadie conoce su nombre ni su aspecto, se enfría, se oprime y desaparece.




viernes, 8 de julio de 2016

De la razón del porqué me gusta leer y escribir literatura

Hace unos días me puse a pensar en el sinnúmero de actividades y disciplinas en las que soy un mediocre, pensamiento que no es fuera de lo habitual, sólo que esa vez con un planteamiento inusual, ¿También soy mediocre escribiendo? La respuesta no tardó en llegar: sí lo soy.
Pero la pregunta correcta, o siendo más claro, la pregunta ideal es ¿por qué me sigue gustando la escritura sabiendo que mi prosa no tiene nada de especial?
Me he sentido frustrado en muchas ocasiones, en mis intentos de ser medianamente bueno en algo, y siempre he fallado. Irónicamente es en eso en lo que soy bueno, en fallar, cometer errores.
Tal vez de todo esto que esté escribiendo pueda sacar dos o tres cosas buenas de mi, ya tenemos una: cometer errores.
Discúlpame esta abrupta interrupción, pero todo esto que leerás esta cargado de subjetividad y sentimentalismo barato e inútil, así que si no quieres perder tu tiempo lo aconsejable es que leas algo más productivo, una vez hecha esta advertencia, me atrevo a proseguir.


Me engaño a mí mismo, o mejor dicho nos engañamos al creer que no nos vemos afectados por lo que podrán pensar los demás, pero la verdad inexorable es que no hay forma definitiva de bloquear las magnitudes de pensamiento y opinión de gente externa a nuestra existencia interna.
Nuestra disposición a ignorar voces que se exhalan de un pulmón lleno de envidia y sed, que no hacen más que ocultar su tan triste impotencia y resentimiento, convierte a nuestro inconsciente en un mendigo que escarba en un contenedor de basura para poder extraer un pequeño pedazo de pan rancio pero comestible.
Lo que trato de decir es, que de todo lo que se dice, por más podrido que sea el contenido, nuestra conducta cambia, aunque a un grado ínfimo, casi insignificante, pero cambia.
A lo largo del transcurso de mis tan precoces años, me he visto impulsado por esas voces de repudio y desaprobación. Me ha ganado siempre, salvo en esta, que es la razón por la cuál estoy expresándome.
No soy un buen escritor, tal vez nunca lo seré, no importa cuantas sean las indulgentes opiniones que reciba de aquellos quienes nublan su juicio dictado por su mente prejuiciosa. si bien no me considero un escritor con porvenir que pueda vivir de lo que escribe, si considero que tengo una capacidad particular que tal vez sea la razón del porque aparento tener una escritura aceptable: mi sinceridad.
No conozco muchas formas de manifestarme, escribir de vez en cuando es el único medio, el único recipiente donde puedo vomitar sin ensuciar otras superficies.
Cuando escribo no sólo estoy siendo sincero con otras personas, también lo hago conmigo. A veces el pensamiento no es suficiente y necesito materializarlo, formatearlo a algo discernible. Por el momento no conozco otro secreto que no sea ese. Proyectarme en una hoja, en un patético poema, o en un cuento poco original y mal redactado, o directamente en un sinceramiento suicida, como en este caso.
Tal vez algún día alcance, con mucha suerte, la décima parte del potencial de mis adalides, que para mí se figuran como los semi-dioses de la mitología homérica, o los simbólicos personajes de la tragedia de sófocles; cuando eso suceda (si es que llega a suceder, algo improbable) me sentiré satisfecho conmigo mismo.
Incluso los mismos filósofos y algunos teóricos se han atrevido a considerar a las artes literarias y filosóficas, (en algunos casos más extremos, todas las ciencias blandas), como materias inútiles. En ese caso esto es lo ideal para mí, y aunque no crea en el destino, es como si mi razón de ser se justificara, ya que después de todo soy un inútil por naturaleza.
Cuando sienta que en un momento leer y escribir ya no me complete, va a ser el día en el que dejaré de  inmiscuirme entre hojas y palabras. Como cierre, para mi deleite personal, dejo una breve frase de Goethe, que quizás pueda aplicarse a todo lo que dije anteriormente:

''Es un gran error creerse más de lo que uno es, o menos de lo que uno vale''.


jueves, 31 de diciembre de 2015

Una boda en otoño



Las gotas se desataban desde las sombrías nubes grises, mientras el embate violento de la naturaleza se imponía ante todo el dominio del hombre petulante que cree tener el control del mundo. Las luces de las calles se iluminan tenuemente a las siete de la tarde, anunciando el otoño, mientras una ola de hojas tapan la vista del sendero a Luís, quien venía de la biblioteca en busca de unos libros. La indómita lluvia se desata, impele al sujeto a cubrirse los ojos por el agua que le impide la visión. Aquel inesperado cambio climático lo impulsó a acelerar el paso, mientras el frio viento le cubre los pulmones impidiendo que pueda respirar tranquilamente.
Y es ahí cuando se cruzan dos sujetos que sometidos a la impiedad de la tormenta, chocan el uno con el otro, y caen en un revuelto de hojas y agua. El golpe del rocío fuerte e inclinado no cesaba. Ambos sin tener noción alguna de que se dirigían hacía el mismo escondite, se topan nuevamente debajo de una parada de colectivos en busca de un lugar seco y cálido.
La ropa empapada y húmeda se sentía pesada, la respiración agitada por la adrenalina expuesta al clima, que iba empeorando a cada rato y que parece no escampar dentro de varias horas, donde dos personas desconocidas sin divisar de lo cerca que están, al caer en la cuenta de que están semiabrazados, se escucha un unísono de voces que suplican disculpas por tal impertinencia. La respiración acelerada no parece sucumbir al igual que la lluvia, entonces para pasar el tiempo dos frívolas criaturas entablan una conversación cualquiera, sabiendo que nunca más se volverán a encontrar, o no al menos en una situación así.
Una vez pasada la exaltación provocada por las vicisitudes de la atmósfera, Luís cae en la cuenta de con quién está varado en aquella odisea tan peculiar, se trataba de una joven de inconmensurable belleza «Era tan hermosa, que  era de una concepción inconcebible, que ni el mismo Miguel Ángel podría esculpir una belleza tal que pueda compararse a ella, que ni la misma Afrodita es digna de estar al lado, y que ni toda la mitología griega en su expansión, podría imaginar a una criatura de tal semblante» Luís quedó anonadado.
No obstante no dejó intimidarse por la magnitud pura y altiva de aquellas facciones tan únicas. Ella lentamente como si se tratara de inercia, intentó apoyarse sobre él, con el pretexto de que tenía frío, y como efecto  de un acto reflejo, como si fuera un impulso provocado por un primitivo instinto indomable, Luís se lanzó hacia ella en busca de un beso, el cual fue correspondido.
La lluvia parecía escampar, ambos individuos se despiden con la vana promesa de que se volverán a encontrar.
Luís se dirige complacido, al igual que en un ensueño, danzando en el espacio sideral junto a los astros que pasan a la velocidad de la luz, y que si el lector se  imagina tal escena, resultará que es de lo más cursi. Pero así se sentía él, estando en el cielo, en el espacio, sin despertar, en coma, en un viaje cósmico provocado por el encuentro más bello que ha tenido en toda su superflua existencia de hombre solitario, y que estaría seguro de que en esta ocasión encontró a su verdadero amor.
Sin dejar de danzar, a un compás melifluo de éxtasis, sin prestar atención a todo lo que le rodea, causando varias ocasiones en las que casi sufrió accidentes por parte de los autos, pero sin darle importancia alguna, hasta que llega a su departamento.
Ahí lo estaba esperando su fiel amigo, el Lauta, quién lo había acompañado desde la secundaria y ahora vivían juntos, aunque el modus vivendi  de aquel no resultaba muy aséptico y pulcro. Aun así Luís lo toleraba bastante bien.
El departamento era pequeño, algo precario. La cocina era una torre de platos sin lavar, como si fueran varias torres de Pisa, una seguida de otra, que parecían desvanecer en un instante por la excesiva suciedad. El living era simple, pero cómodo, de no ser por  la ropa tirada que se hallaba alrededor de toda la casa, y en la mesa una pipa de agua propiedad del Lauta, cuyo compañero ya le había advertido varias veces de fumar en el departamento.
Si bien esta imagen cliché de departamento era un basurero en todo su esplendor, no dejaba de ser acogedor para sus inquilinos. El Lauta era frívolo y jovial, de una personalidad carismática, aunque algo descuidada. De todas formas, tenía la reputación de ser mujeriego, así que uno ya manifestará en su cabeza la clase de personaje de qué se trata.
Aparte de la cotidiana vida de Luís, en el amor se había consolidado en aquel otoño. Aquellas vanas promesas se plasmaron a una realidad verosímil, digerida por ambos, donde el romance proliferaba al por mayor, de aquella ninfa de belleza irreal, y de Luís, que no tenía nada de especial, sólo era Luís.
Pasaron días y todo parecía estar en una armonía ambiental, que resultaba de lo más siniestra. Los noticieros decían que la lluvia iba a continuar toda la temporada. El idílico entorno saciado de las más dulces caricias, y del sexo diario entre ambos, era lo acostumbrado, aunque Luís tenía trabajo a la tarde, y Sandra se queda a charlar con el Lauta.
Estos dos últimos se llevaban muy bien, y Luís lo notó desde el primer día en que le presentó a su compañero de cuarto. Ambos reían, se tocaban el hombro cada vez que se hacían un chiste recíproco. Claro que todo era inocente.
Luego de una exhaustiva jornada en el trabajo, Luís había salido temprano de sus deberes, y  con la plena convicción de su relación sempiterna, se dirige en un armonioso paso hacia el departamento, donde la esperaba su amada, quien la recibiría con abrazos y besos, y toda clase de muestras afectivas de un amor duradero.
Por fortuna ese día no cayó ni una gota de agua. El sol exultante iluminaba la caminata de Luís, como si todo fuera paz. Aquello le traía un presentimiento de que todo resultaría bien, y de que le esperaba un día más que satisfactorio, porque después de semanas de lluvia, al fin había salido el sol, y eso le brindaba la confianza más inocente de la cual un tipo como él podría poseer, pero sobre todo el de tener a una mujer como Sandra al lado suyo
Cuando abre la puerta se oyen gemidos que provienen de la habitación, transformando todo el ambiente idílico en una eterna pesadilla, donde el amor se desploma como una torre de Babel.  -Debe ser el Lauta de nuevo- pensó riéndose nervioso.  Y en efecto era él. Estaba el Lauta con una chica rubia.
Luís con un sudor frío en la frente, se relaja de haber previsto lo peor, hasta que Sandra sale completamente desnuda del baño y se queda atónita. Después de un largo silencio ella toma la palabra «Estoy enamorada del Lauta».
Semanas después se realizó la boda. Luís, como era de esperarse se mudó a otro departamento, y no volvió a ver a los dos que lo habían traicionado.
Las campanas suenan, había llovido un poco a la mañana, pero el mal clima había pasado. Las palomas en un despegue vuelan por toda la iglesia, mientras el novio, con un aspecto indecente, desprolijo, e indigno de ser considerado un novio respetable, se dirige moroso e indeciso hacia el altar donde Sandra lo espera.
Ella está emocionada de haber encontrado al amor de su vida, de ver tantas cualidades perfectas en un solo hombre, la emoción la hace explotar en lágrimas, salta como una niña tonta y sonríe con una ansiedad fatal.
La ceremonia ya se está llevando a cabo, el sacerdote pronuncia las palabras rituales. La  lluvia se desploma en el techo de la Catedral. Cuando el padre esboza las últimas palabras puede besar a la novia, la amplia puerta del lugar sagrado es irrumpida, y seguido se escucha el zumbido que luego es interrumpido por el grito de la gente, y finalmente culminando con el ensordecedor silencio de un casamiento frustrado. Un relámpago parece caer muy cerca del lugar, y todo vuelve al sonido de la lluvia.
El tinnitus continuo no parece acallarse en la cabeza de los sobrevivientes, todos tirados debajo de las sillas del monasterio, la sangre se mezcla con la de Cristo, compadeciendo la atrocidad que vivencian sus ojos. Eran el novio y la novia, tumbados en el piso con heridas de perdigones de una escopeta, dirigida por un hombre encolerizado. El cuerpo del sacerdote tirado contra la mesa de ceremonias, encima del cuerpo de su salvador.
Y cuando todo parece concluir, aquel hombre lleno de desesperanzas, mojado y de una locura incontrolable, se apunta la cabeza y se dispara. El llanto predomina en toda la iglesia, los suegros y los yernos desperdigados en el piso, ahogados por las laceraciones de las balas.
Aquella boda de pesadilla, vislumbrada por el frío acto de un demente descontrolado, traicionado por lo que más le importaba, había logrado su represalia con la sociedad que tanto lo había desilusionado.
Aquel día de otoño fue trágico para todos, incluso para él, quien se había enterado de la noticia por televisión ese mismo día. Él se encontraba desconsolado ante la tragedia de ver a su mejor amigo, y a su novia, siendo asesinados por un hombre que después de haber perdido su trabajo compró una escopeta, y fue a parar al primer lugar al azar al que se le ocurrió su corrompida cabeza.
 La lluvia ya cesó finalmente, después de un amargo trago, y una dura época del año, cierra la ventana, el viento muestra clemencia, y Luís se prepara